Por desgracia solo “Somos el Orgullo de Madrid”

Ni Gallardón ni Carmena han terminado de entender para qué sirve el Orgullo, o lo entienden del mismo modo.

Hace apenas un mes, el paso del World Pride por nuestra capital me generaba una duda importante. No me interesaban excesivamente convocatorias como el Madrid Summit, o el World Pride Park en el Madrid Río –y parece ser que ni a mí ni a casi nadie resultaron interesantes–. Ni siquiera tenía demasiada curiosidad por saber qué ingenio permitiría que por primera vez una manifestación tuviera vallas en la mitad de su recorrido. Yo quería saber qué habría después de este Orgullo Mundial que iba a cambiarlo todo, y no ha hecho falta esperar demasiado: la conclusión que extraigo de la celebración del World Pride puede resumirse de un plumazo: ha sido útil solo para algunos pocos.

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Es Orgullo LGTB

El Orgullo siempre será un instrumento de visibilidad para erradicar la homofobia, la transfobia y la bifobia.

Hoy saldremos miles de personas a manifestarnos en nuestro Orgullo. Será una convocatoria bastante festiva, porque esa es nuestra forma más propia de manifestarnos, y habrá, como siempre, quien eche de menos un poco más de desfile, y quienes creamos que resulta necesaria un mucho más de reivindicación. Habrá lesbianas, bisexuales, transexuales y, por supuesto, cientos de varones gais, que si bien somos la mayoría de nuestra común minoría sabemos -o deberíamos saber- que el Orgullo no es solo nuestro; que no es el Orgullo Gay, sino el Orgullo -al menos- LGTB.

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¿Puede el Orgullo comprarse en un Tiger?

Me preocupa que el World Pride se nos haya ido de las manos.

Llevo alrededor de una semana tarareando una canción de Marujita Díaz. Esa que dice «banderita, tú eres roja, banderita, tú eres gualda». Porque si has venido a Madrid para celebrar el World Pride habrás percibido que algo extraño ha pasado en nuestra ciudad. Nuestra banderita arcoíris, roja, naranja, amarilla, verde, azul y morada está por todas partes. Y cuando digo que está por todas partes es porque está en algunos sitios donde jamás creerías que podría haber aparecido.

La bandera arcoíris es una bandera importante. Lo es no solo porque representa la reivindicación de los derechos de una de cada diez personas. Lo es porque tiene un curioso efecto, casi mágico: consigue que esa persona sola, cuando la ve, se sienta más tranquila. Lo he comprobado varias veces. Yo llevo siempre un anillo con sus colores y han sido muchas las ocasiones en que un desconocido, al descubrir del arcoíris en mi mano izquierda, relaja la musculatura de la cara, e incluso sonríe. Además, si te has fijado en esta semana de Orgullo, nuestra bandera se ha convertido en una capa mágica. Son cientos los jóvenes y las jóvenas que la llevan anudada al cuello y, si Harry Potter tenía una capa de invisibilidad, esta es nuestra propia capa de visibilidad. La usamos como si sintiéramos que nos ofrece una protección especial: lejos de conformarnos con ser, como de costumbre, posibles víctimas, la bandera arcoíris nos convierte en posibles superhéroes.

 

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Todos los Orgullos

Hay Orgullos mosqueteros y hay Orgullos moqueteros: desde el que grita “una para todas y todas para una” hasta el que mira bien la calidad del insitucional suelo donde descansan sus reivindicativos pies. No sobran Orgullos. Lo que sobra es la homofobia.

Hay Orgullos críticos, hay Orgullos manifestivos. Orgullos minoritarios, Orgullos masificados; Orgullos alternativos o comerciales, pancarteros o carroceros, de musicón o de megáfono, con pregón y recepciones o con faldas y tacones. Hay Orgullos mosqueteros y hay Orgullos moqueteros: desde el que grita “una para todas y todas para una” hasta el que mira bien la calidad del insitucional suelo donde descansan sus reivindicativos pies.

Hay activistas reformistas, radicales o revolucionarios. Hay filósofos de la igualdad o de la diferencia. Pensadoras de la comunidad o de la asimilación. Hay voluntarias que, las pobres, aún no saben dónde se han metido. Hay militantes a pecho descubierto, socios y socias que apoyan en la distancia, usuarias y usuarios que frecuentan nuestras sedes. Hay quien pone un tuit y cambia el mundo; hay quien preside todo esto y aún no se siente a gusto.
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¡Bienvenido, Mr. Pride!

El World Pride supone la culminación de un proceso de colonización sobre nuestro Orgullo.

Madrid ya huele a Orgullo. Tras un año de espera o amenaza ha llegado a nuestras calles el que se supone que será el Orgullo de la panacea, tan mundial, tan europeo también, tan maravilloso que es posible que, después de pasarnos por encima, jamás volvamos a ser quienes fuimos.

¿Notas cómo van cambiando las cosas para lesbianas, gais, bisexuales y transexuales en Madrid gracias al World Pride? Deberías, porque gracias a que celebramos esta suerte de olimpiadas las instituciones parecen haberse visto obligadas a colaborar un poquito más de lo habitual con nuestras reivindicaciones y, como consecuencia, hemos podido organizar cosas que antes eran impensables. Que todo el Palacio de Telecomunicaciones, en Cibeles, esté lleno de exposiciones sobre nuestra Diversidad Sexual y de Género es un buen ejemplo, pero no estoy del todo seguro de que haya muchas más novedades este año. Haberlas, haylas, por supuesto, pero que algo sea nuevo no quiere decir que tenga que ser necesariamente mejor.

 

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El Orgullo del pánico

Nuestra memoria solidaria colectiva parece tener en cuenta solo a las víctimas de las violencias que afectan a la población heterosexual, en tanto que las violencias que soportamos lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, si no son silenciadas intencionadamente, son olvidadas con celeridad pasmosa.

Suele ser en torno a estos días cuando en Madrid empezamos a sonreír viendo cómo nuestra ciudad comienza a prepararse para recibir el Orgullo. Banderas que poco a poco adornan balcones y calles, programaciones que -como es tradición- se cierran a última hora, y actividades culturales que dirigen nuestra mirada hacia la celebración reivindicativa de la libertad sexual.

No os perdáis, por cierto, Subversivas, la exposición de FELGTB sobre historia del Movimiento LGTB, en la cuarta planta del Centro Centro, ni el conjunto de muestras que coordina Fefa Vila bajo el título El porvenir de la revuelta: disfrutad de un Orgullo cultural.

Pero este año en el aire madrileño junto a la proximidad del Orgullo se respira, además de un calor insoportable, una cierta inquietud. El listado de atentados hace pensar a mucha gente que para el fanatismo islámico que los reclama nuestro World Pride puede convertirse en un reclamo importante.

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La libertad de expresión no consiste en el ‘derecho a la homofobia’

La futura Ley LGTB que pretende sacar adelante la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transexuales se enfrenta a un momento crucial en su proceso de aprobación: desde la izquierda se alzan voces críticas contra el texto, poniendo en riesgo no solo un avance fundamental en el reconocimiento de los derechos de las personas no heterosexuales, sino vulnerando todo el discurso que garantiza la protección de las minorías.

Bien es cierto que el desarrollo de esta nueva Ley, que supondrá un hito activista a la altura de la aprobación del Matrimonio Igualitario, ha tenido que superar diferentes escollos; y es algo comprensible, pues el texto legislativo supone un avance de tal calado que requerirá de un gran esfuerzo didáctico por parte del movimiento activista para ser bien entendida su necesidad. Bien es cierto, igualmente, que quizá no sea la estrategia adoptada por la FELGTB la que yo considere más acertada en este punto, y que quizá hubiera sido preferible priorizar una reforma del Código Penal que condenase con vehemencia los delitos de odio, en general, y concretar luego una ley específicamente LGTB. Pero lo que no es permisible es que, como ya resulta demasiado frecuente, se equipare el discurso en defensa de los Derechos Humanos con una mal entendida ‘libertad de expresión’ que consiste única y precisamente en conculcar esos Derechos Humanos. Y eso es lo que está sucediendo ahora con nuestra Ley LGTB.

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