Lo que le debemos al Feminismo

Suele ser habitual que el discurso político que persigue erradicar las violencias motivadas por la orientación sexual, y la expresión e identidad de género de sus víctimas -lo que vulgarmente se conoce hoy como «Movimiento LGTB»- insista en que comparte orígenes y metodología con el Feminismo, e incluso que afirme que gran parte de sus éxitos se deben, precisamente, a los logros alcanzados por el movimiento feminista.

Pero me preocupa observar que rara vez se llega a explicar a qué orígenes, métodos y logros se refiere este movimiento reivindicativo que llamamos nuestro cuando se vincula con el Feminismo. Creo que hoy, 8 de marzo, es el momento adecuado para escribir algunas líneas sobre esta vinculación que, siendo cierta, nunca está suficientemente explicada, reivindicada y, faltaría más, agradecida.

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La “incultura gay”

Cuando llega el 14 de febrero suele venirme a la cabeza la idea de escribir sobre el amor entre hombres. Este año, tras el estreno de Call me by your name, el discurso de Los Javis en los premios Feroz, y tantas reflexiones que se han vertido en redes y columnas de opinión sobre cómo debe o no representarse la afectividad gay en las obras de ficción, me gustaría poder responder con estas líneas a alguna de las importantes preguntas que creo que se encuentran tras esta cuestión.

El debate ha sido encendido: hay quien defiende la temática que hoy llamaríamos LGTB como un argumento abierto sobre el que cualquiera puede aportar su visión, hay quien la entiende como un patrimonio exclusivo de las personas afectadas que solo puede ser tratado por ellas -y que cualquier otra forma de incursión resulta insultante, una «apropiación cultural»-, y hay quienes defendemos el valor de un punto de vista que se alimente de una serie de experiencias personales, que comparta ciertos códigos compartidos dentro de una subcultura, dentro de eso que llamamos “cultura gay”. Sigue leyendo

Auschwitz

«No todo el mundo puede acceder en las mismas condiciones a la máxima dignidad del recuerdo».

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Aunque hayan pasado ya 73 años el recuerdo del Holocausto sigue estando fuertemente entrelazado con nuestra conciencia de la realidad. Leí en algún sitio, hace ya tiempo, que desde la bomba de Hiroshima en todo el planeta es detectable un cierto nivel de radiación.

Del mismo modo, desde que el 27 de enero de 1945 el ejército soviético liberase el campo de concentración de Auschwitz y fuera desvelado todo el horror del nazismo, la memoria del exterminio nos queda a flor de piel, y recordándola en días como hoy tratamos de evitar que vuelva a producirse un hecho terrible como aquel.
El problema es que la memoria se construye de una forma muy particular, si no interesada, y no todo el mundo puede acceder en las mismas condiciones a la máxima dignidad del recuerdo.

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¿Todavía hace falta salir del armario?

Después de tanto tiempo dedicándose «nuestro» movimiento LGTB a la visibilidad, considero que resulta ya apropiado formular una pregunta de calado que necesita de una reflexión tranquila: ¿y si la salida del armario resulta ser también una herramienta de opresión?

Este miércoles 11 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salida del Armario, una iniciativa ya clásica que importamos desde el movimiento LGTB estadounidense. A lo largo del día son muchas las personas que utilizan las redes sociales para insistir en su compromiso de visibilidad, y vuelven a declararse lesbianas, gais, bisexuales y transexuales. Algunas otras emplean las etiquetas identitarias surgidas a partir de la irrupción del discurso queer, y así aparecen hoy pansexuales, personas intergénero, etc. Y siempre encontramos alguna sorpresa: alguien de cuya heterodoxia sexogenérica no teníamos noticia puede emplear este día para confesarnos que, como tantas otras personas, tampoco puede ni quiere ajustarse a las normas hegemónicas del género y el deseo.

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