Auschwitz

«No todo el mundo puede acceder en las mismas condiciones a la máxima dignidad del recuerdo».

Bundesarchiv Bild 146 1993 051 07 Tafel mit KZ Kennzeichen Winkel retouched

Aunque hayan pasado ya 73 años el recuerdo del Holocausto sigue estando fuertemente entrelazado con nuestra conciencia de la realidad. Leí en algún sitio, hace ya tiempo, que desde la bomba de Hiroshima en todo el planeta es detectable un cierto nivel de radiación.

Del mismo modo, desde que el 27 de enero de 1945 el ejército soviético liberase el campo de concentración de Auschwitz y fuera desvelado todo el horror del nazismo, la memoria del exterminio nos queda a flor de piel, y recordándola en días como hoy tratamos de evitar que vuelva a producirse un hecho terrible como aquel.
El problema es que la memoria se construye de una forma muy particular, si no interesada, y no todo el mundo puede acceder en las mismas condiciones a la máxima dignidad del recuerdo.

Estos días, en Madrid, es posible visitar una gran exposición que trata de recoger lo sucedido en los campos de concentración durante el nazismo: Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos, en el Centro de Exposiciones Arte Canal.

Hace unas semanas acudí a verla con un grupo de buenos amigos, y en las dos horas que dura el recorrido no dejaron de sorprenderme algunas cuestiones que creo necesario recoger aquí.

Mi primera sorpresa fue que entre las personas más célebres de religión judía a las que se hacía referencia se encontraba Magnus Hirschfeld, el mayor activista por los derechos de los homosexuales del primer tercio del siglo XX, fundador del Comité Científico-Humanitario, del Instituto para el Estudio de la Sexualidad, y de la Liga Mundial para la Reforma Sexual, y cuya vida estuvo íntegramente dedicada a tratar de despenalizar la homosexualidad en Alemania, perseguida a través del tristemente célebre artículo 175 que fue más tarde recrudecido por los nazis.

Me sorprendió que sobre este personaje de tanta relevancia sólo se mencionara que fue médico. Más tarde pude observar un dibujo de dos chicos jóvenes besándose, creo recordar que la única pieza que servía para exponer el exterminio sistemático de varones homosexuales tras los años de relativa libertad en el periodo de entreguerras; y un rato después encontré un triángulo rosa cosido al pecho de uno de los uniformes para los presos que se mostraban en una vitrina, pero comprobé una y otra vez que en la cartela explicativa no se hacía referencia alguna al significado del color de ese triángulo.

Por último, ya al terminar la exposición, mi sorpresa se transformó en indignación al encontrarme un gran cartel que ofrecía el recuento de los asesinados: 6.000.000 judíos, 5.700.000 civiles soviéticos, 1.800.000 polacos, 312.000 serbios, 250.000 personas con discapacidad, 208.000 gitanos, 70.000 criminales reincidentes y «asociales», y 1.900 testigos de Jehová.

El cartel se cerraba con el número «desconocido» de opositores políticos y, justo antes, en penúltimo lugar, se reservaba una línea para los homosexuales asesinados: «varios miles».

Si bien Guy Hocquenghem reconoce que «nunca ha sido posible saber el número exacto de homosexuales desaparecidos en los campos de concentración hitlerianos», las cifras que más frecuentemente se ofrecen nos indican que al menos fueron 50.000 los homosexuales procesados con el motivo único de su orientación sexual, de los cuales al menos 10.000 fueron asesinados en los campos de concentración.

Pero pudo ser mucho más numeroso el exterminio: Michel Tournier eleva el número de asesinados por ser homosexuales hasta los 800.000, y reconoce que «el nazismo se define esencialmente por el odio hacia el judío y el homosexual», mientras que Pierre Vidal-Naquet nos recuerda que «los homosexuales eran el grupo social más despreciado en los campos».

Creo que entenderás y compartirás mi indignación cuando me encontré que el mayor atentado contra las personas homosexuales perpetrado en el siglo XX se resumía en un vago, simple y casi invisibilizador «varios miles».

La memoria «LGTB» del Holocausto ha sido poco estudiada y, con el pasar del tiempo, se hace cada vez más difícil recuperarla y, como consecuencia, reconocerla. Los supervivientes de los campos de concentración mueren y se llevan con ellos sus recuerdos, dejándonos el espejo de nuestra infamia por no haber sido capaces de reconocerles en vida el valor de su testimonio.

En castellano solo podemos acceder a tres libros que recogen las experiencias de Heinz Heger, Rudolf Brazda y Pierre Seel. Estos últimos días he releído el texto de este último, como un intento de compensar el olvido histórico habitual, y quiero recordar con él qué les sucedió a esos «varios miles» de homosexuales en los campos de concentración.

Es curioso que el judaísmo pueda emplear el concepto Shoá (destrucción) para hablar del Holocausto, y que el pueblo gitano pueda usar también una palabra propia, Porrajmos (devoración) para hablar de lo ocurrido, mientras que, como colectivo que se supone que somos, nunca se nos haya ocurrido un término aplicable a esa forma particular y sistemática de exterminarnos que llevó a cabo el nazismo, cuyas intenciones se advertían ya desde antes de llegar Hitler al poder.

En 1928 el Diario de las SS se afirmaba que «cualquiera que ejerza o incluso piense en el amor homosexual es nuestro enemigo»; en 1937 Himmler declaraba que «el homosexual es un hombre radicalmente enfermo en el plano psíquico. Es débil y se muestra cobarde en los casos decisivos»; ideas que hoy creemos superadas pero que vuelven al discurso público de tarde en tarde, recordándonos que aún mucha gente que creemos honorable sigue vinculando la homosexualidad con la enfermedad. Lo hemos comprobado esta misma semana, al conocer las ideas de María Elósegui, candidata española a convertirse en nueva jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

La obsesión del nazismo con la homosexualidad, evidente a través de las frases que he citado, provocó que un jovencísimo Pierre Seel se sorprendiera de que el agente de las SS que lo interrogaba supiera mucho más que él sobre las costumbres de los homosexuales alemanes.

Poco después, cuando fue trasladado al campo de concentración y empezó a llevar una cinta azul, variante del conocido triángulo rosa, descubrió que, mientras otros prisioneros establecían grupos de ayuda mutua para hacer soportable la cotidianeidad del campo, «yo no formaba parte de ninguno de los grupos de solidaridad». Como citaba antes, el escalafón más bajo en la complicada sociedad de los campos de concentración estaba ocupado por los presos homosexuales, cuya vida diaria nos relata Seel en primera persona:

Arrancados del sueño a las seis de la mañana, ingeríamos una tisana desleída y un cuarto de hogaza de «kommisbrot», una especie de pan negro generalmente duro o mohoso. Después de pasar lista, la mayor parte íbamos al valle a picar piedra en las canteras de los alrededores y a llenar las vagonetas. Los SS llevaban pastores alemanes para disuadirnos de que huyéramos por el espeso bosque. Otros iban a trabajar once horas seguidas a la fábrica Marchal de Wacenbach.

Hacia el mediodía nos servían una sopa clara con una rodaja de salchichón. Luego se reanudaba el trabajo hasta las seis de la tarde. De vuelta al campo éramos registrados concienzudamente. Posteriormente íbamos a nuestros barracones. Dos cacillos de sopa de nabos terminaban nuestra jornada. Después de un último recuento, nuestros barracones se cerraban con doble vuelta y empezaban las rondas nocturnas cuando el día no había aún acabado de declinar tras las montañas.

Dice Seel que «la idea misma del deseo no tenía ningún sentido en aquel espacio. Un fantasma no tiene ni fantasía ni sexualidad», pero recuerda que en ocasiones era posible cierta afinidad entre dos de los prisioneros y, aunque tenían prohibido hablar entre ellos, recuerda a «dos checos, sin duda una antigua pareja, que conseguían de vez en cuando intercambiar unas palabras poniéndose frente a una ventana de nuestro barracón. Se ponían de espaldas a los demás y vigilaban en el reflejo del cristal si alguien les miraba».

El propio Pierre reconoció también en el campo al joven que había sido su pareja más reciente, Jo, pero el encuentro resultó muy diferente:

En el centro del cuadrado que formábamos condujeron, escoltado por dos SS, a un joven. Horrorizado, reconocía a Jo, mi tierno amigo de dieciocho años. 

No lo había visto antes en el campo. ¿Había llegado antes o después que yo? No nos habíamos visto en los días que habían precedido a mi citación por la Gestapo. Me petrifiqué de terror. Había rezado para que escapase a sus redadas, a sus listas, a sus humillaciones. Y estaba allí, ante mis ojos impotentes que se anegaron de lágrimas. Él no había, como yo, llevado cartas peligrosas, arrancado carteles o firmado denuncias. Y, sin embargo, había sido detenido e iba a morir. Así que las listas estaban completas. ¿Qué le había pasado? ¿Qué le reprochaban esos monstruos? En mi dolor, no me enteré en absoluto del contenido de la sentencia de muerte.

Después, los altavoces difundieron una vibrante música clásica mientras que los SS le desnudaban. Luego le colocaron violentamente en la cabeza un cubo de hojalata. Azuzaron hacia él a los feroces perros guardianes del campo, los pastores alemanes, que le mordieron primero en el bajo vientre y en los muslos antes de devorarle ante nuestros ojos. Sus gritos de dolor eran amplificados y distorsionados por el cubo dentro del que seguía su cabeza. Rígido pero vacilante, con los ojos desorbitados por tanto horror y las lágrimas corriendo por mis mejillas, rogué fervientemente que perdiese el conocimiento con rapidez. Desde entonces, me sucede con frecuencia que me despierto gritando por la noche.

Las vivencias de Pierre Seel son absolutamente estremecedoras, y lo fueron incluso más las que nos han llegado a través de las memorias de Heinz Heger y Rudolf Brazda. Pero, junto a los «varios miles» de homosexuales cuyas vidas acabaron en aquellos campos de concentración, junto a tantos millones de personas exterminadas de forma sistemática por su religión, su etnia o sus ideas, hemos de recordar también la discriminación que siguió persiguiendo a los homosexuales que sobrevivieron a la persecución del nazismo.

Gedenktafel Rosa Winkel Nollendorfplatz

En la Francia de De Gaulle la homosexualidad siguió siendo considerada una conducta delictiva durante años, y fueron varios los casos de hombres gais que salieron del campo de concentración para ingresar en la prisión.

Del mismo modo, en la Inglaterra que abanderó la resistencia al nacionalsocialismo la persecución continuó durante décadas, y entre los 50.000 varones procesados por el mismo delito que años antes condenó a Oscar Wilde, la «indecencia grave», es posible destacar la figura de Alan Turing, cuyo trabajo resultó imprescindible para alcanzar la victoria durante la II Guerra Mundial pero que, en lugar de ser reconocido como un héroe, fue condenado a someterse una terapia que acabó provocando su suicidio.

El reconocimiento a las víctimas homosexuales del Holocausto tardaría años en llegar. Seel recuerda diferentes desplantes, insultos y otros incidentes de odio que se produjeron contra los homosexuales incluso en los actos en memoria de las víctimas, cuando ya estaba cercano a su final el siglo XX.

«¡Los maricones al horno! ¡Tenían que volver a abrir los hornos y meterlos dentro!», nos cuenta que se escuchó en Besançon, en 1989. Parece que era habitual que los ramos de flores en memoria de los homosexuales asesinados por el nazismo tuvieran que esperar a ser depositados hasta que finalizara el acto.

En Dachau una placa conmemorativa tuvo que esperar diez años dentro de una iglesia hasta que los homosexuales fueran reconocidos como víctimas y las autoridades que gestionaban el campo accedieran a trasladarla a las instalaciones.

De igual manera fue frecuente, y sigue siéndolo, que los varones que desearon a otros varones y fueron represaliados por ello no pudieran acceder al mismo reconocimiento, social, institucional y económico, de que disfrutaban otras víctimas.

Para compensar este imperdonable olvido poco a poco han ido levantándose monumentos memoriales en algunas ciudades europeas, y en 2002, por fin, el gobierno alemán anulaba las sentencias nazis contra los homosexuales, pero no todas las que siguieron produciéndose después.

Un largo y durísimo periodo de discriminación institucional comenzaba a cerrarse, y aunque triste y tardío ha de servirnos como ejemplo. Porque en España sigue sin reconocerse a las víctimas no heterosexuales que fueron perseguidas por normativas como la Ley de Vagos y Maleantes o la durísima Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social.

La Asociación de Ex-Presos Sociales sigue trabajando para que las lesbianas, gais, bisexuales y transexuales represaliados por la dictadura franquista sean debidamente reconocidas e indemnizadas. Empiezan a aparecer algunos monumentos, pero la ciudad de Madrid sigue sin reconocer a las víctimas de la homofobia, transfobia y bifobia a lo largo de la Historia, aunque han pasado ya dos años y medio desde que en el Pleno de su Ayuntamiento se aprobara, por iniciativa del Grupo Socialista, que debía levantarse un monumento memorial en la plaza de Pedro Zerolo.

Seel cierra sus memorias contádonos que, cuando estaba solo en casa, tenía la costumbre de encender una vela. «Esa llama frágil es mi recuerdo de Jo».

Hoy, en memoria de Seel, de Brazda, de Heger, de Jo, y de tantos y tantos otros que ya casi no podemos recordar, yo también encenderé una vela. Para que sus nombres no se borren de la Historia.

Si quieres saber más, y recordar mejor, puedes leer:

Heger, Heinz, Los hombres del triángulo rosa, Amaranto, 2002.
Seel, Pierre, Le Bitoux, Jean, Pierre Seel. Deportado homosexual, Bellaterra, 2001.
Schwab, Jean-Luc, Rudolf Brazda. Itinerario de un triángulo rosa: el último superviviente deportado por homosexual, Alianza, 2011.

Publicado en Cáscara Amarga el 27 de enero de 2018.

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