¡Qué bien, qué bien: nos perdona la reina Isabel!

Decía Paco Vidarte, en su nunca suficientemente recomendada Ética marica, que el conocido «qué bien, hoy comemos con Isabel» no es una antigua canción sefardí, en un arranque de humor negro sobre el antisemitismo de la que aquí llaman La Católica.

Denunciaba así cómo en muchas ocasiones las personas sometidas a un sistema social de dominación llegan a celebrar los actos de quienes los oprimen simplemente porque se ofrecen presentados de un modo positivo, aun cuando no sean más que una forma de sometimiento debidamente camuflada tras una sonrisa amable.

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¿Homofobia o LGTBIfobia?

Existe un mal en la Tierra que pone en peligro una parte de nuestra libertad. Nuestro derecho a disfrutar del placer, nuestro derecho a amar y nuestro derecho a vivir dentro del género donde con más comodidad nos sentimos se ven seriamente comprometidos por una grave afección social. Sabemos que existe, luchamos contra ella, pero aún no nos hemos puesto de acuerdo sobre como denominarla.

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La ultraderecha cristiana colabora con el movimiento LGTB

Si bien es cierto que desde que en la Comunidad de Madrid entró en vigor la Ley LGTB el pasado 11 de agosto, tan celebrada y necesaria, los ataques han sido constantes, con las habituales cartas de obispos llenas de despropósitoscentros escolares que difunden el discurso de odio contra las personas no heterosexuales y medios de comunicación que condenan insistentemente dicha ley, esto ayuda al movimiento en favor de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales casi tanto como la propia legislación que los protege.

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La banalidad de la homofobia

Desde que hace unas semanas fue detenido el llamado Koji Kabuto, como consecuencia de su ya larga trayectoria difundiendo un clarísimo discurso de odio contra las personas no heterosexuales, no dejo de pensar qué puede llevar a una persona no solo a ofrecer públicamente las muestras de desprecio que hemos observado en sus videos y redes sociales, sino cómo es posible también que esa misma persona no sea consciente -o no quiera serlo- del efecto que acaban provocando sus declaraciones.

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