¿Homofobia o LGTBIfobia?

Existe un mal en la Tierra que pone en peligro una parte de nuestra libertad. Nuestro derecho a disfrutar del placer, nuestro derecho a amar y nuestro derecho a vivir dentro del género donde con más comodidad nos sentimos se ven seriamente comprometidos por una grave afección social. Sabemos que existe, luchamos contra ella, pero aún no nos hemos puesto de acuerdo sobre como denominarla.

Disponemos hoy de dos conceptos fundamentales, la clásica homofobia y la LGTBIfobia, que hoy se emplea como actualización de aquél. El primero cuenta ya con casi cincuenta años de historia, e incluso ha conseguido ser incorporada al diccionario académico. Por su parte, el actual LGTBIfobia empieza a utilizarse de forma constante, con la intención de visibilizar todas las realidades, todas las etiquetas, que se ven perjudicadas por dicha discriminación concreta. Lesbianas, gais, transexuales, bisexuales e intersexuales, cuyos derechos son menoscabados por la lesbofobia, la gaifobia, la transfobia, la bifobia y… creo que aún no se ha creado un término específico para la fobia hacia la intersexualidad. Emplear una u otra palabra tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y resulta un debate habitual dentro del movimiento que también etiquetamos como LGTBI.

Lesbianas, gais, transexuales, bisexuales e intersexuales. Parece que nadie más. Incorporar las cinco iniciales de algunas categorías sobre orientación sexual e identidad de género tiene la evidente ventaja de hacer más visibles las realidades que consideramos de mayor relevancia. Así puede decirse que el movimiento LGTBIlucha para erradicar la LGTBIfobia. Pero siguen apareciendo etiquetas: una nueva generación que trataríamos de encuadrar en nuestro ya no tan cómodo LGTBI se autodesigna con términos nuevos.

Hoy existen personas pansexuales y polisexuales, transgénero e intergénero, y con ellas agénero, bigénero y del tercer género; existen asexuales, demisexuales y grisexuales, hablando sobre diferentes formas de sentir, o no, el deseo. Y también hay heterosexuales y personas cisexuales -antónimo de transexual- que pueden verse afectadas por ese mal del que hablamos, por esa misma discriminación. Porque la intolerancia que nosotros, nosotras, y también nosotres, las otredades de la ortodoxia del sexo y el género, no se fundamenta tanto en lo que somos como en lo que parecemos. Como sucediera con aquella objetivada mujer del César, hay quienes pueden ser “castos” o heterocisexuales, pero la cuestión está en parecerlo.

Decir LGTBIfobia, aunque con la intención de mayor inclusividad, deja fuera muchas realidades: un rosario de decenas de etiquetas posibles cuya visibilización convertiría esa LGTBIfobia en todo un párrafo. Además, este término conlleva un problema de análisis que considero relevante: destruye la categoría crítica de homofobia, que sigue siendo de extremada utilidad. Y lo es porque, según creo, LGTBIfobia y homofobiano son exactamente la misma cosa. Podría decirse que la LGTBIfobia es la discriminación que se aisla a partir de las vivencias particulares de unas determinadas personas que lo sufren, y que se autodesignan mediante una serie limitada de etiquetas identitarias.

Surge de aquí un problema relevante: sucede que en esa forma de exclusión a la que llamamos LGTBIfobia se dan cita diferentes sistemas de discriminación que la convierten en un mal complejo que debe ser analizado diferenciando entre sus integrantes para ser más fácilmente analizable. Así en la lesbofobia que sufre una mujer lesbiana puede encontrarse también el machismo, en la bifobia que padecen las personas bisexuales hallaremos el mandato binarista, y en la transfobia que vulnera los derechos de las personas trans y la “intersexfobia” que atenaza la libertad de las personas intersexuales aparece la intolerancia hacia los incumplimientos del orden del sexo y el género. Junto a ellos se revela ese mal concreto y primigenio que aún no tiene un nombre propio, que cuestiona el deseo hacia personas del mismo sexo y que, para el caso concreto de los varones, dentro de esa LGTBIfobia, deviene en el nuevo gaifobia… que tiempo atrás habríamos denominado homofobia.

Utilizando únicamente este clásico homofobia, como vemos, dejamos olvidadas las etiquetas identitarias, todas ellas, salvo quizá por que la presencia de homo- nos recuerda el caso concreto de la homosexualidad. No obstante, gracias al término es posible aislar de manera precisa una discriminación muy precisa que se refiere a la intolerancia hacia el deseo hacia personas del propio sexo, independientemente del resto de exclusiones de las que pueda ser objeto quien padezca esta homofobia concreta y de que puedan coincidir en mayor o menor medida con ella.

Utilizando únicamente el tan correcto LGTBIfobia visibilizamos tanto a los varones gais como a lesbianas, bisexuales, transexuales e intersexuales, pero relegamos al olvido la categoría analítica que mejor puede servirnos para estudiar la discriminación fundamental que, a través de la percepción de quien discrimina, aúna unas y otras etiquetas, también aquellas que no recoge el constructo LGTBIfobia, pues quien discrimina no se detiene en conocer nuestro etiquetaje antes de emplear su violencia.

Existen más términos para hablar de la cuestión: heterosexismo es, junto a cisexismo, extremadamente útil, si bien no deja de referirse a la misma cuestión que la conocida homofobia, tratando de connotar una discriminación más sistemática. Recientemente, además, se suma a todas las posibilidades el concepto diversofobia, también utilísimo, pero que puede incorporar en su significado cualquier otra intolerancia hacia la diversidad: el racismo, la xenofobia, la aporofobia, etc., permitiendo que se desdibujen las particularidades de cada una de ellas.

Sea como fuere, aunque considero que hemos de preservar la categoría de homofobiaaunque de forma estratégica sea útil emplear construcciones como LGTBIfobia, hemos de considerar de manera principal una cuestión, antes que entrar a debatir tan en profundidad sobre estas cuestiones terminológicas: nuestro trabajo activista es erradicar la intolerancia, como mal social que vulnera nuestros derechos. Si bien el debate terminológico resulta tan apasionante como el referido a las etiquetas sexuales y de género y su casi infinita diversidad, nuestro movimiento social corre el peligro de convertirse en un discurso de autoconsumo que priorice la satisfacción de saber quiénes somos gracias a cientos de adjetivos y sustantivos en lugar de seguir articulándose como un verdadero discurso de reivindicación que nos permita ser, simplemente. Para ello debemos conocer bien el mal al que nos enfrentamos, ser capaces de analizarlo en profundidad, y necesitamos categorías de análisis que nos faciliten la tarea de erradicar esta discriminación. Llámela usted homofobia, LGTBIfobia, heterosexismo o perrería: el caso es que nos quieren morder y tenemos que hacer algo.

Publicado en Cáscara Amarga el 15 de octubre de 2016.

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