La ultraderecha cristiana colabora con el movimiento LGTB

Si bien es cierto que desde que en la Comunidad de Madrid entró en vigor la Ley LGTB el pasado 11 de agosto, tan celebrada y necesaria, los ataques han sido constantes, con las habituales cartas de obispos llenas de despropósitoscentros escolares que difunden el discurso de odio contra las personas no heterosexuales y medios de comunicación que condenan insistentemente dicha ley, esto ayuda al movimiento en favor de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales casi tanto como la propia legislación que los protege.

Voy a explicarme más detenidamente, porque es muy posible que algún lector haya pensado que he perdido el juicio y, de momento, creo, sigo en mis cabales. Esta ultraderecha cristiana, que ha adecuado su mensaje a un nuevo contexto y ha actualizado su homofobia para que resulte más sutil, escondiéndola tras un mensaje de supuesta libertad, está haciendo posible algo en lo que considero que no se han parado a pensar.

Insisten en argumentar que la legislación que protege nuestros derechos ataca directamente el derecho de algunos padres que pretenden inculcar a sus vástagos las supuestas virtudes de la educación cristiana, que ellos entienden de una forma muy particular, pues dentro de ese concepto parecen querer amparar que hay personas que son libres de difundir un mensaje de odio y fomentar con él la discriminación de otras personas, llegando incluso a reivindicar su derecho a aplicar torturas que se disfrazan de “terapias” llevadas a cabo por personas con poca o ninguna instrucción y que persiguen en último término la erradicación de la Diversidad Sexual y de Género.

No entraré a valorar qué entienden estos señores por cristianismo, porque ni es el objetivo que hoy me ocupa ni me interesa, limitándome a esperar una verdadera revolución cristiana que expulse de los templos a los mercaderes del odio que se arrogan la representación única de un mensaje espiritual que han prostituido hasta límites insospechados; solo considero que, si estos señores reivindican estas atrocidades están haciendo posible que lesbianas, gais, bisexuales y transexuales empecemos a demandar “libertades” iguales, y exijamos poder educar a nuestros hijos dentro de un discurso de odio equivalente. Ese odio que nos profieren puede hacer posible que, por ejemplo, dos mujeres lesbianas inculquen a sus descendientes libremente la idea de que el cristianismo es una enfermedad mental, que puede tener curación a través de determinadas terapias, etc. Sería hasta divertido darles las gracias, pero sucede que el modelo social que pretendemos construir las personas verdaderamente comprometidas con los ideales de libertad e igualdad no se fundamenta en una redistribución del odio sino, al contrario, en una democratización de la libertad en que ninguna pueda emplearse para cercenar otras.

Dejando a un lado la broma, es bien cierto que ese mensaje extravagante que escuchamos desde obispados, centros de enseñanza y medios de comunicación ultra es un gran aliado inconsciente para nuestros intereses, precisamente porque su extravagancia, el tono delirante de sus declaraciones, no hace sino afianzar más y más nuestro progreso. Era esperable que aparecieran voces radicalizadas en su homofobia ahora que nuestro derecho a la igualdad empieza a ser compartido por una amplísima mayoría de nuestra sociedad, intentando a la desesperada sostener un sistema de discriminación que se derrumba.

Pero esos argumentarios pobres e insostenibles acaban consiguiendo precisamente lo contrario de lo que se proponen: que cualquier persona que pueda albergar aún dudas decida finalmente que no puede posicionarse del lado del fanatismo. Progresamos en nuestra lucha activista y estos, aunque disfrazados de liberales, con un traje impecable y religiosamente dominical, empiezan a ser los últimos homófobos sobre la tierra. Y ladran, claro, porque cabalgamos.

Publicado en Cáscara Amarga el 8 de octubre de 2016.

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