La banalidad de la homofobia

Desde que hace unas semanas fue detenido el llamado Koji Kabuto, como consecuencia de su ya larga trayectoria difundiendo un clarísimo discurso de odio contra las personas no heterosexuales, no dejo de pensar qué puede llevar a una persona no solo a ofrecer públicamente las muestras de desprecio que hemos observado en sus videos y redes sociales, sino cómo es posible también que esa misma persona no sea consciente -o no quiera serlo- del efecto que acaban provocando sus declaraciones.

Un argumento más que habitual para explicar la homofobia, desde que el propio concepto de homofobia se inventó, consiste en vincularla a una sexualidad poco asumida o desarrollada. La imagen del detenido, que hemos podido observar con un detenimiento casi morboso en sus publicaciones, ha provocado numerosos comentarios en ese sentido: sus cejas, que según la pública opinión han padecido una depilación excesiva, han servido como piedra de toque para revelar una supuesta cualidad del dicho individuo: es homófobo porque es gay y no lo asume.

Nunca me ha gustado esta argumentación. Si toda la homofobia tiene su origen en la homosexualidad no asumida el problema se convertiría en una cuestión interna de las personas no heterosexuales, admitiendo así que quienes cumplen a rajatabla con los mandatos de la ortodoxia sexual, que son también quienes los hacen cumplir a cualquier heterodoxo confirmado o supuesto, están libres de toda posible culpa.

Dejando esto a un lado, pues el origen y fundamentación de la homofobia da para muchas más líneas de las que aquí puedo permitirme, me preocupa también, como digo, que algunas de las formas de homofobia reconocidas traten de hacerse pasar por inocentes, o incluso amparadas por ciertas concepciones no poco retorcidas del concepto de la libertad. Algo hemos debido romper sin querer, aunque otros tanto lo quisieran, en nuestra occidental forma de pensar para que hayamos olvidado el vínculo ineludible entre la libertad de una persona y la libertad de todas las demás.

Ayer mismo lo decía Amelia Varcálcel, maestra entre maestras, en una entrevista en El Mundo: “la libertad tampoco es la volición. No es el yo quiero. La libertad es el territorio común en que las voluntades deben medirse unas con otras“. La libertad de expresión, la libertad religiosa, y tantas y tantas otras libertades no pueden arrasar el derecho colectivo a la misma libertad, y así es preciso indicar en qué momento una supuesta forma de libertad vulnera muchas otras, y defender y valorar la interconexión entre todas ellas.

Pero experimentamos actualmente un interesante -y muy dañino- aislamiento, producto evidente del individualismo rampante al que nuestro Occidente lleva décadas entregado: las acciones de una sola persona, bajo la libertad de su manto, no tienen más consecuencias percibidas que las directas. Parece que hemos olvidado que el discurso de odio funciona como una correa de transmisión, como una cadena en la que cada eslabón hace posible la existencia del siguiente.

Las palabras de un obispo propician el relativismo de cualquier alcalducho, y la posición de éste provoca que un ‘videoblogger’ difunda un determinado mensaje, que a su vez escucharán cientos de personas que creerán lícita la amenaza en redes sociales y que, finalmente, alguien se encargará de concretar en una agresión a cualquiera de aquellas personas que el fanático originario quiso señalar.

Y el problema reside en que, exceptuando los dos últimos eslabones de esta cadena, el resto de elementos del proceso solo con dificultad se interpretan como culpables, porque pretenden acogerse a la ya mencionada libertad de expresión. Son inocentes porque parecen fundamentarse en una inconsciencia de sus consecuencias.

Aunque existe un supuesto principio del debate en redes, la llamada Ley Godwin, que defiende que quien primero recurra al nazismo como argumento termina y pierde la discusión, creo necesario, y muy relevante, poder emplearlo como recurso para la comparación, tanto porque las barbaries del régimen aquel suponen un importante referente del mal absoluto que puede alcanzar la humanidad como porque hacer imposible la referencia me parece una sibilina forma de silenciar aquellos sucesos.

Así, salvando no pocas distancias, estas semanas he recurrido al juicio a Eichmann, uno de los responsables de la Solución final, para tratar de entender mejor el comportamiento de Koji Kabuto y cómo él mismo interpreta las acciones que ha llevado a cabo. Eichmann, que enviaba trenes hacia campos de concentración, se declaró en su juicio «inocente, en el sentido en que se formula la acusación», siendo éste, como indica Hannah Arendt, que hizo lo que hizo «con pleno conocimiento de la naturaleza criminal de sus actos».

Nuestro personaje, tal como ha declarado también se presenta como un inocente. Él no es homófobo: tiene amigos gais, usa ropa de marca gay (?), y un largo etcétera de justificaciones. Koji Kabuto no se considera homófobo porque para él la homofobia no reside en la difusión de su mensaje, aunque al cabo sus vídeos, si seguimos la cadena del odio, provoquen agresiones.

Para él la homofobia se encuentra en la propia agresión, no en las fases previas a que esta se produzca. Su homofobia, la que le hemos reconocido, no le resulta relevante, significativa ni fácilmente aceptable porque, del mismo modo que el mal del que nos hablaba Hannah Arendt al hilo del juicio a Eichmann, es perfectamente banal.

Dice la Academia que banal significa «trivial, común, insustancial», y creo que es precisamente esos rasgos los que mejor definen la homofobia que sabemos propia de nuestro Koji. Su homofobia es trivial porque «carece de toda importancia y novedad», es común porque es «corriente, recibida y admitida de todos o de la mayor parte» y en insustancial porque, aunque la Academia dice que es algo «carente de sustancia o de interés», resulta un comportamiento como falto de concreción, de precisión sobre la realidad.

Se trata así de una homofobia cultural, que todo lo impregna y, por tanto, resulta complicada de aislar como problemática, de igual manera que, al no aplicarse sobre una persona concreta, se ofrece como discurso normalizado sobre el común de las personas a las que estereotipa, estigmatiza y deshumaniza. Es una homofobia irrelevante, porque no tiene como consecuencia directa la bofetada, y como tal, hasta hoy ha venido resultando impune.

Pero con su detención, y esperemos que pronto juicio y condena ejemplarizante, queda fuera de toda discusión que lo que hace Koji Kabuto es homofobia, pues difunde un mensaje de odio.

Avanzamos, porque la única forma de erradicar el problema de las agresiones no es solo condenarlas cuando se producen, sino retroceder en la cadena del odio para eliminar también aquellas manifestaciones de la homofobia que se amparan en una libertad muy mal entendida; esa tan común, tan banal, que se sigue propagando porque el estereotipo que nos resume como personas no heterosexuales sigue estando deshumanizado.

Koji no cree que lo suyo sea homofobia, que sus burdas opiniones online constituyan un atentado contra los derechos humanos porque, en conjunto, como estereotipo, no considera que las personas no heterosexuales seamos, además, humanas. Y lesbianas, gais, bisexuales y transexuales somos seres humanos. Todavía hace falta decirlo.

Publicado en Cáscara Amarga el 25 de septiembre de 2016.

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