La homofobia más tonta del mundo

Ponte unas gafas rosas: gradúate la vista para erradicar la homofobia.

Después de varios años de reivindicación ha sido posible una pequeña victoria sobre la violencia simbólica: en la cabalgata de Reyes de Madrid por fin Baltasar es realmente un varón negro y no un disfraz de betún.

El movimiento en defensa de los derechos de las personas afrodescendientes comprendió muy pronto que la cuestión de la representación, de cómo se construye socialmente la imagen de la persona negra, resulta un punto de atención prioritaria para avanzar hacia la erradicación del racismo.

Nosotras, las personas lesbianas, gais, bisexuales, transexuales y demás, sabemos también que una de las maneras a través de las que se perpetúa la discriminación que sufrimos es la forma con la que se nos representa socialmente.

Y, por si fuera poco tener que soportar ser transformadas habitualmente en estereotipos -tanto odiosamente negativos como incómodamente positivos- sabemos además que nuestra particular “diferencia”, al no resultar tan perceptible como la que “diferencia” a las personas blancas de las que no lo son, puede convertirnos en personas invisibles.

Hemos de reivindicar, por tanto, no solo que se presente nuestra imagen de una forma digna, sino también que no se obvie nuestra realidad, por invisible, dando por sentado que podemos sentirnos integradas en cualquier imagen claramente heterosexual. Lo sabemos perfectamente, pero en ocasiones se nos olvida.

Prueba de ello es lo ocurrido esta semana tras la absurda metedura de pata en redes sociales que ha perpetrado una colaboradora de La Fábrica de la Tele, Eli Martín. Decía en un tuit, junto a una imagen de los emoticonos de WhatsApp que representan el concepto de familia, «¿Es necesario ese exceso de tolerancia? ¿Existe gente que se ofende por no verse representada en un emoticono? Además, ¿Quién los usa? NADIE».

Me interesa reflexionar sobre el hecho de que alguien pueda pensar que la tolerancia puede llegar a ser excesiva, porque esto implica afirmar algo tan increíble como que una cantidad mínima de homofobia es tolerable e incluso necesaria.

Me interesa pensar acerca de que a alguien le resulte sorprendente que haya personas que quieren utilizar un emoticono donde esté claramente representada su familia, y no tener que usar el correspondiente a otra, porque esa sorpresa solo es comprensible si quien la manifiesta no consideró necesario, por ejemplo, poner su nombre en el buzón de su casa, ya que con los nombres de los anteriores inquilinos se sentía debidamente representada… Pero sobre todo me interesa cómo fueron las reacciones tras la afirmación de nuestra interesante «TwitStar».

Porque sucede que Eli Martín no es homófoba: lo ha dicho ella y muchos de sus seguidores. Es un debate realmente interesante, de actualidad desde que el alcalde de Alcorcón amenazó con denunciar a quien lo calificase de homófobo, saber si hay diferencia alguna entre “ser homófobo” o “tener actitudes homófobas”.

Porque si según la inestimable lógica de Forrest Gump “tonto es el que hace tonterías”, cabe preguntarnos si “homófobo es el que hace homofobadas” o no. Quizá se puede tener un comportamiento homófobo y se puede afirmar en un tuit que no es necesaria tanta tolerancia (como quien dice que acepta la existencia de personas no heterosexuales, pero sin pasarse, sin imponer su «ideología de género» reivindicando la igualdad real), pero no ser homófobo.

Supongo que los únicos homófobos son quienes agreden físicamente a lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, pero que el resto de personas, aunque de un modo u otro cuestionen la legitimidad de nuestras realidades para ser visibilizadas y representadas dignamente, no son homófobas, son otra cosa. A saber qué.

Me temo que es un problema de sensibilidad: es preciso ser sensible a los distintos mecanismos a través de los que se perpetúa la discriminación, saber reconocer tanto los planteamientos claramente homófobos como aquellos que de un modo sutil sostienen la diferenciación discriminatoria entre unas y otras personas.

Y me temo también que solventar este problema conlleva una complejidad mayor de la que puede asumir el movimiento en defensa de la Diversidad Sexual y de Género, porque puede que el problema no sea solo saber dónde se esconde la Homofobia, sino ser capaz de reflexionar lo suficiente para encontrarla.

Quizá el problema del tuit ya borrado de Eli Martín no sea solo su contenido sutilmente homófobo; quizá el problema se encuentre en el octavo pecado capital: la ignorancia, acompañada del regodeo en ella y el aplauso y algarabía de un entorno ignorantemente cómplice.

La homofobia más tonta del mundo es aquella que ignoramos, que reproducimos una y otra vez sin percatarnos de su contenido real. Es un tuit que publicamos tratando de hacer una gracieta, pero que sostiene toda una estructura donde se nos discrimina, se nos invisibiliza, se nos estereotipa… Y nos convertimos en cómplices de nuestra propia discriminación cuando nos resistimos a identificar el mensaje que tan sibilinamente nos agrede.

Hay una forma de avanzar: desarrollar nuestra sensibilidad, luchar contra la ignorancia en la que nos ha sumergido a través de una mala educación el mismo sistema cultural que nos convierte en objetos de la injuria y la agresión. Ponte unas gafas rosas: gradúate la vista para erradicar la homofobia.

Publicado en Cáscara Amarga el 7 de enero de 2017.

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