Diferente lo serás tú.

Uno de los debates más apasionantes -y por desgracia más olvidado- dentro del pensamiento en torno al movimiento en defensa de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales es el que se refiere a si nuestras características particulares convierten a este grupo más o menos definido de personas en diferentes o no con respecto a las personas heterosexuales.

Si bien suele ser una reivindicación de consenso que merecemos ser considerados iguales en lo que respecta a los derechos que nos reconoce la ley, a partir de ahí se desarrollan dos posturas fundamentales: nuestra especificidad como personas no heterosexuales no supone una cuestión que nos diferencie de ellas o, por el contrario, las características de nuestra sexualidad tienen la relevancia suficiente para convertirnos en personas significativamente diferentes.

Nuestras etiquetas identitarias, construidas como herramientas reivindicativas a partir de categorizaciones heterónomas levantadas hace más de cien años en un intento de diferenciarnos para hacer más fácil la forma de discriminarnos, han servido en las últimas décadas no solo como estrategias de protesta y demanda de derechos sino que, en una paradoja de las que hacen época -literalmente-, han ido asociándose con hábitos culturales más allá de lo estrictamente referido al género y al deseo, hasta convertirse en identidades que sostienen un posible discurso sobre el derecho a la diferencia, que entiende a lesbianas, gais, bisexuales y transexuales como desiguales mientras reclama la igualdad legal y real.

Además, con la crisis actual de las etiquetas más habituales, resumidas en el célebre LGTB, buena parte del discurso activista sigue aislando posibles distinciones en torno al sexo, al deseo, y al género, y sigue así desarrollándose la cuestión de la diferenciacon la recopilación de un catálogo identitario con aire de taxonomía decimonónica.

Frente a la diferencia que reclama igualdad, es posible un discurso igualitarista, que elimina cualquier consideración diferenciadora con respecto a las cualidades no normativas referidas al sexo, género, y deseo.

Pero pretender que la diferencia entre una persona heterosexual y otra que no lo sea es equivalente a la distinción entre que alguien tenga los ojos azules o marrones resulta, aunque deseable, ciertamente fraudulento: el color de nuestros ojos no nos hace susceptibles de convertirnos en víctimas de la violencia física, verbal o simbólica.

Las diferenciaciones, de este modo, no resultan tan relevantes en sí mismas como atendiendo a sus consecuencias sociales. En una novela de David Levithan recientemente traducida a nuestra lengua, Dos chicos besándose, se recoge la inteligente frase “soñar, amar y hacer el amor.

Eso no son identidades”, y puede ser cierto si bien, aunque valoremos que no son cuestiones sobre las que construir toda una identidad, sí tienen una considerable importancia cuando se apartan de lo normativo y convierten a quienes sueñan, aman y hacen el amor en sujetos suspecibles de padecer la discriminación.

Para no caer en el esencialismo identitario ni en la banalización de cualquier característica diferenciadora existe el discurso presuntamente intermedio de la Diversidad Sexual y de Género. Una óptica aparentemente más amplia hace posible dejar a un lado la cuestión de las etiquetas, y valorar cualquier rasgo referido al sexo, deseo, y género como equivalente, sea normativo o heterodoxo.

Pero en el pensamiento DSG, si bien mucho más útil, substiste un problema que no por ser extremadamente sutil debe dejar de preocuparnos; un problema de índole lingüístico que revela un problema mayor: el prefijo di-Diverso, que se aparta del verso, del mismo modo que diferente se aparta del ferente o deforme se aparta de una determinada forma.

Mucho más claro con este último ejemplo, resulta evidente que la supuesta valoración equivalente no lo es tanto: siempre existe un verso de referencia, y esta no es otra que la heterosexualidad, como sistema normado y programado de comportamiento respecto al sexo, género, y deseo.

Creo que en esa norma y programa heterosexual puede encontrarse una clave para resolver la cuestión sobre la igualdad o diferencia de las personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales. Uno de los popes del liberalismo económico, Friedrich A. Hayek, calificó como camino de servidumbre tanto el sistema fascista como el socialista, por estar sujetos a una planificación definida.

«¿Cabe imaginar mayor tragedia -decía- que esa de nuestro esfuerzo por forjarnos el futuro según nuestra voluntad, de acuerdo con altos ideales, y en realidad provocar con ello involuntariamente todo lo opuesto a lo que nuestro afán pretende?».

Puede que Hayek siga unos planteamientos demasiado liberales para mi gusto en bastantes aspectos pero, en el tema que me ocupa, quizá desplazar de una vez por todas el instrumental de análisis hacia la norma heterosexual nos lleve a comprobar que es ahí donde reside la servidumbre, en un programa de comportamiento que no deja capacidad de agencia suficiente para desarrollar un modo de vida que, en lo referido a la sexualidad, pueda apartarse del matrimonio y la reproducción.

Frente a la capacidad de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, diversos y diversas, más o menos indentitarios, para generar modelos propios de comportamiento -antes de la irrupción del igualador Matrimonio Igualitario- la diferencia hemos de encontrarla en la sospechosa igualdad a que se ven sometidas todas las vidas que se desarrollan de acuerdo a la norma heterosexual. Diferentes son las personas heterosexuales, precisamente porque tienden a ser todas iguales.

Publicado en Cáscara Amarga el 27 de noviembre de 2016.

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