¿Realmente la educación puede erradicar la homofobia?

Empieza el nuevo curso y con él vuelven las campañas de sensibilización sobre Diversidad Sexual y de Género en centros escolares. Esta misma semana Arcópoli, la asociación LGTB de referencia en la Comunidad de Madrid, ha lanzado su campaña contra el acoso escolar homófobo. Y aunque pueda parecer sorprendente, si bien la reivindicación educativa es ya clásica en nuestro movimiento en defensa de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, es necesario preguntarse si realmente es productiva la educación en la lucha contra la intolerancia.

Sólo es necesario observar las noticias para descubrir que nos enfrentamos a un insospechado recrudecimiento en la violencia contra las personas no heterosexuales. Además, según los datos del primer informe del Observatorio Madrileño contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia, la mayor parte de las víctimas y los agresores son, fundamentalmente, menores de treinta años. Quiere esto decir que existe ya hoy una nueva generación de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales más visible, y por tanto más expuesta a ser reconocida por sus potenciales agresores, al mismo tiempo que ha llegado a nuestras calles una nueva hornada de personas violentamente homófobas. Es la misma juventud a cuya educación ha sido posible incorporar la realidad de la Diversidad Sexual y de Género, aunque de forma insuficiente, de manera mucho más decisoria de lo que fue posible hacer con las generaciones anteriores. Son muchas las asociaciones que a lo largo de las últimas dos décadas han colaborado activamente con los centros de enseñanza impartiendo miles de charlas sobre tolerancia, ya hacia toda forma de diversidad, ya hacia la que nos afecta de forma más concreta. Incluso durante algunos años dispusimos de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que el Partido Popular no tardó en erradicar cuando se hizo con el poder.

Me resulta realmente inquietante que esta juventud que ahora ocupa nuestras calles, con una formación en tolerancia y respeto más completa, resulte tan dispar en sus formas de comportarse. Debemos estar orgullosos de haber criado a la primera generación de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales casi totalmente libre, mientras aprobábamos el Matrimonio Igualitario y la primera Ley de Identidad de Género… pero creo necesario tratar de averiguar cómo es posible que, al sacarlos del horno educativo, haya escapado de él una importante caterva de jóvenes intolerantes que no solo parece haber obviado cualquiera de las enseñanzas que pretendíamos transmitirles, sino que hace un uso de la violencia homófoba con una crudeza que no esperábamos y que está agrediendo constantemente a esos mismos jóvenes a quienes teníamos prometida la libertad.

Hemos inculcado el respeto y la tolerancia, grandes valores ilustrados que, cargaditos de Razón, iban a hacer posible un mundo más igualitario. Hemos explicado salud sexual, etiquetas en las que reconocerse, cientos de argumentos que sostienen las libertades que todos y todas debemos poder disfrutar… Pero para un pequeño pero peligroso grupo de personas nuestros impecables razonamientos han acabado siendo ignorados o, peor aún, reforzando la intolerancia en la que ya estaban siendo instruidos. ¿En qué hemos fallado?

Quizá hayamos pecado de excesivamente racionales. Decía Mill en Del sometimiento de la mujer que «mientras una opinión está fuertemente enraizada en los sentimientos, gana estabilidad, en lugar de perderla, cuando tiene una carga preponderante de argumentos en contra de ella». Puede que al intentar desmontar los puntales que sostienen la homofobia con la Razón, olvidando la parte sentimental en la que se apoya, nuestro discurso educativo haya provocado tanta libertad como reacciones negativas frente a ella. Y puede que, realmente, no pudiéramos hacer mucho más, desde nuestra pequeña parcela de influencia, porque el problema al que nos enfrentamos, el que ha provocado este nuevo crecimiento de la homofobia, no depende únicamente de nuestro trabajo activista, sino que requiere de una respuesta global, por parte de toda la ciudadanía y sus instituciones.

Tal vez no resultaran suficientes los argumentos racionales, puede que fuera preciso apelar a lo sentimental. Hablamos a nuestros alumnos de respeto y tolerancia desde la perspectiva de la Razón, pero lo hacemos además dentro de un contexto educativo que no cuida debidamente la educación sentimental de la juventud. Si la homofobia se describe en ocasiones como una forma de “repulsión” hacia nuestra misma existencia, nuestras charlas puntuales en los centros escolares deben hacer frente no solo al pensamiento racional, sino también y fundamentalmente a esa irracionalidad que se mantiene y parece crecer cuanto más la atacamos con toda nuestra Ilustración.

Para conseguir acabar con la homofobia no puede hacer nada el movimiento LGTB en su soledad. Una clase de una hora, por perfecta que resulte, puede conseguir poco dentro de todo un sistema educativo que no ofrece una educación sentimental de calidad, que no consolida la empatía, el “sentimiento de identificación con algo o alguien”, dice la Academia, que es el único instrumento verdadero para acabar con toda forma de discriminación. Si las personas homófobas nos insultan, nos acosan, nos agreden, es, fundamentalmente, porque no nos reconocen como personas tan dignas como lo son ellas.

Para apuntalar nuestra humanidad nuestro sistema educativo debe nutrirse de tanta Razón como lo ha venido haciendo hasta ahora, pero su compromiso con lo humano debe ir más allá de unas pocas asignaturas o algunas charlas puntuales. La devoción por la ciencia exacta, que lleva ya décadas deshumanizando nuestra cultura, debe ser compensada, cuanto antes, por una apuesta firme por las Humanidades, las únicas ciencias que pueden asegurar que junto a todas las emociones que necesitamos se desarrolle adecuadamente nuestra empatía y, con ella, obtengamos la clave para hacer más eficiente nuestro activismo.

La educación puede erradicar la homofobia. Estoy convencido. Pero también estoy seguro de que no será posible si sigue siendo así. El nuevo mundo que queremos construir en este necesita una nueva forma de educar, una forma más humana, humanista y humanitaria de transmitir conocimientos. Sólo con unas Humanidades fuertes, centrales e inspiradoras de nuestro sistema educativo, será posible acabar con la discriminación. Porque con más Humanidades podremos ser más, y mejores, humanos.

Publicado en Cáscara Amarga el 18 de septiembre de 2016.

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