10 claves para detectar la homofobia

Este año la homofobia no se ha ido de vacaciones. Desde la playa, la montaña, o desde nuestros trabajos, hemos ido leyendo una y otra vez noticias sobre agresiones y declaraciones que vulneran los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales.

El verano comenzó con la publicación del primer Informe del Observatorio Madrileño contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia y termina, ya comenzado septiembre, con la detención en Mataró de «Koji Kabuto», un youtuber que viene realizando vertidos homófobos y machistas en diferentes redes y llegó a amenazar con repetir en Barcelona una matanza como la de Orlando.

Pasó por comisaría el pasado sábado y fue rápidamente puesto en libertad, lo que aprovechó para reafirmarse en sus amenazas, que ha elevado hasta comparar al colectivo LGTB de referencia en la Comunidad de Madrid, Arcópoli, con la banda terrorista ETA. Si bien es cierto que el terror sigue muy presente en las calles, sus responsables son en realidad los de siempre: hace unos días conocíamos una nueva agresión homófoba en la Ciudad de Madrid, con la que ya son casi 170 las registradas en la región desde que comenzó el año. La homofobia sigue vigente en nuestra España de los derechos LGTB. Hemos avanzado a un ritmo increíble, somos un referente mundial en este ámbito… pero no debemos olvidar que los incidentes de violencia homófoba siguen aumentando y recrudeciéndose.

No obstante son muchas las personas no heterosexuales que siguen afirmando no haber sido nunca víctimas de la discriminación, del mismo modo en que algunas mujeres dicen lo mismo sobre el machismo.

Cuando hablo sobre el tema me gusta, siguiendo con la comparación, citar a Amelia Valcárcel, que al afrontar la cuestión de la violencia machista defiende con su incisivo sarcasmo que ese lujo que supone haberse librado de la dominación se debe, más que a la increíble suerte de la declarante o a los grandes avances legales conseguidos, a una relativa «insensibilidad» por parte de una persona oprimida que no acierta a reconocer cómo funciona la dominación de la que es víctima. Por eso creo muy conveniente, aprovechando el comienzo de curso, compartir algunas de las claves para reconocer la homofobia y, así, proceder a denunciarla:

1.- Que te maten no es normal. Siguen siendo constantes los asesinatos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales. Aunque nos parezca algo propio de un pasado no tan lejano, de vez en cuando nos llegan noticias sobre personas a las que han asesinado por tener una sexualidad que no encaja con la normativa.

La homofobia mata, de forma institucional en ocho países del planeta, y de manera cotidiana en todas partes. La homofobia mata, y no está de más repetirlo una y otra vez, sobre todo cuando tras hacerse público cualquiera de estos casos es frecuente encontrar intentos de explicar que el asesinato se cometió por un motivo distinto a la orientación sexual o identidad de género de la víctima. Tenemos derecho a la vida: la homofobia está allí donde hay gente que opina que lesbianas, gais, bisexuales y transexuales merecemos morir.

2.- Que te peguen no es normal. Después de que cuatro jóvenes fueran agredidos hasta tres veces por la misma persona en la misma noche en Madrid hemos vuelto a ser conscientes de que toda persona no heterosexual, por el sencillo hecho de visibilizarse como tal, puede ser víctima de la violencia física.

Pasaron los años felices en que celebrábamos la consecución del Matrimonio Igualitario y la primera Ley de Identidad de Género, y por fin el movimiento LGTB parece volver a la denuncia de la violencia que lesbianas, gais, bisexuales y transexuales seguimos sufriendo en público y en privado.

Dado que buena parte de las víctimas generan sentimientos de culpa tras el incidente es preciso recordar que nunca somos culpables de la homofobia que padecemos, y que tenemos derecho a no ser agredidos físicamente: la homofobia está allí donde hay gente que opina que lesbianas, gais, bisexuales y transexuales merecemos ser golpeados.

3.- Que te insulten no es normal. Nadie tiene por qué aguantar que personas desconocidas le cuenten lo que piensan sobre su aspecto, su forma de andar, o acerca de las prácticas sexuales que les gustan o no realizar.

Hace unos meses un joven tuvo que escuchar a dos vigilantes de seguridad insultarlo por su aspecto, y escuchar “bollera”, “maricón”, “vicioso”, o “travelo” suponen una constante para lesbianas, gais, bisexuales y transexuales. Tenemos derecho a no recibir insultos por ser quienes somos: la homofobia está allí donde hay gente que cree que debemos escuchar sus opiniones y descalificaciones por nuestra forma de ser.

4.- Que te amenacen no es normal. No solo a través de la violencia directa la homofobia trata de erradicar la diversidad sexual y de género, también encuentra productiva la amenaza, advertir con futuras posibles muestras de violencia intentando así que nadie se aparte de la normativa sexual y de género establecida.

Esta semana han sido noticia las amenazas de muerte que han recibido la cuenta IgualdadLGBT, la diputada Carla Antonelli y el activista Rubén LodiEs necesario recordar que lesbianas, gais, bisexuales y transexuales tenemos derecho a no vivir con miedo: la homofobia está allí donde hay gente que opina que debemos vivir aterrorizados.

5.- Que alguien pida que te discriminen no es normal. La violencia homófoba puede ejercerse directamente o aparecer como forma de amenaza, pero también es posible la incitación a la violencia, que genera un discurso que anima a otras personas a practicarla.

Las denuncias contra las insistentes declaraciones de algunas personas de la jerarquía de la Iglesia Católica son habituales, y frente a ellas poco puede hacerse de momento -las denuncias suelen ser archivadas constantemente- más allá de afirmar que tenemos derecho a que no ser señalados como posibles víctimas de la discriminación: la homofobia está allí donde hay gente que invita a otras personas a ejercer la violencia contra lesbianas, gais, bisexuales y transexuales.

6.- «¡Maricón el último!» no es una frase popular. La violencia también se manifiesta a través de los símbolos. Todas las palabras representan conceptos y, aunque a veces una misma palabra sirve para hablar de dos cuestiones supuestamente diferentes, es inevitable que aun empleándose para hablar de una recuerden inmediatamente a la otra.

«Maricón», por ejemplo, suele emplearse como insulto hacia varones que desean, aman y practican sexo con otros varones, pero según la Academia también sirve como término para designar a  alguien «marica» porque parece «apocado, falto de coraje, pusilánime o medroso».

Pero cuando se usa con este último significado no deja de referirse al primero, y vincula además uno con otro, presentando una imagen estigmatizada de lo que significa ser un varón no heterosexuales.

Frente al uso supuestamente bien intencionado de palabras despectivas, de símbolos que colaboran con un discurso global que perpetúa nuestra discriminación, hemos de tener claro que tenemos derecho a no ser señalados por nuestra cultura: la homofobia está allí donde hay gente que opina que lesbianas, gais, bisexuales y transexuales merecemos ser ridiculizados.

7.- «Matarile al maricón» también es homofobia. Aunque la incitación a la violencia homófoba en esta frase parece evidente, este verano hemos descubierto que puede llegar a ser justificada.

En las madrileñas fiestas de San Lorenzo un joven de los que allí celebraban agosto, Mario Piedrafita, denunció que la conocida canción de Molotov sonó en la caseta del Ayuntamiento y empezaron a llover interpretaciones que defendían que no se trataba de homofobia.

Recurriendo a lo indicado en el punto anterior, la más habitual argumentaba que cuando se dice «maricón» se emplea el término con el significado que no se refiere a los varones no heterosexuales.

Aunque -supuestamente- no sea intencionada, la homofobia escondida en los símbolos puede aparecer como consecuencia de su uso con otros fines, y lesbianas, gais, bisexuales y transexuales tenemos derecho a que nuestra igualdad no sea vulnerada como daño colateral: la homofobia también está en esa incitación indirecta a la violencia que, aunque puede parecer no dirigida contra nosotros, acaba convirtiéndonos en víctimas.

8.- Sólo eres diferente si tú quieres serlo. Aunque buena parte del movimiento LGTB ha fundamentado su activismo en reclamar el derecho a la diferencia, lesbianas, gais, bisexuales y transexuales podemos demandar nuestro derecho a no ser heterosexuales y cisexuales, pero exigimos un trato igual al que cualquiera pudiera darles.

Cuando la diferenciación tiene un origen ajeno a nosotros y nosotras suele emplearse para discriminarnos: así son muchas las noticias sobre tiendas que se niegan a prestar sus servicios a personas LGTB.

Tenemos derecho a la igualdad: la homofobia está allí donde hay gente que por el mero hecho de que somos lesbianas, gais, bisexuales y transexuales considera que somos distintos y por ello debemos ser tratados de peor forma, es decir, de un modo diferente.

9.- «Ni tú ni nadie puede cambiarte». Hace unas semanas volvimos a enfrentarnos al fraude de las llamadas “terapias reparativas de la homosexualidad” que defiende en sus delirantes libros Richard Cohen y que algunas personas siguen aplicando en nuestro país.

La página web de la supuesta coach y autodenominada terapeuta Elena Lorenzo ha sido denunciada frente a la Comunidad de Madrid, región que dispone de una Ley LGTB que prohibe dichas terapias, por difundir esas prácticas acientíficas y asegurar que con ellas una persona homosexual puede convertirse en heterosexual.

Aunque nadie sabe el origen de la diversidad de nuestra orientación sexual e identidad de género -ni falta que hace- sí está suficientemente claro que el deseo y el género sentido no pueden modificarse con ningún tipo de ritual magufoTenemos derecho a que nadie pretenda hacernos creer que estamos equivocados por ser quienes somos: la homofobia está allí donde hay gente que opina que hemos elegido esta forma de existir y, por tanto, podemos abandonarla por otra que les satisface más, como si su tranquilidad dependiera de nuestra forma más o menos correcta de existir.

10.- «Ni homofobia ni homosexualismo: igualdad». La repetida frase «ni machismo, ni feminismo: igualdad», además de revelar un absoluto desconocimiento sobre a qué se refiere cada uno de esos conceptos, se emplea de manera más o menos interesada con el fin de desactivar todo un movimiento que, precisamente, persigue la igualdad entre mujeres y varones.

Del mismo modo, y desde hace relativamente poco tiempo, empieza a ponerse de moda un discurso neohomófobo que pregona que los avances del movimiento LGTB son excesivos, que «nos estamos pasando», que «no toleramos otras formas de pensar» -las mismas que nos matan, agreden e insultan- y que atacamos a las personas con nuestra «heterofobia».

Nos llaman «homofascistas» o «mariconazis» como llaman «feminazis» a las mujeres que defienden sus derechos. Son burdos argumentos que no hacen sino perpetuar la cultura de la homofobia. El Feminismo, que debería ser el pensamiento LGTB de referencia, ha sabido defenderse del argumentario poco ilustrado del neomachismo con humor, con parodias como la conocida «ni machismo, ni feminismo: cubismo».

Quiza deberíamos empezar a hacer lo mismo, porque tenemos derecho a que el movimiento social que se preocupa de garantizar nuestros derechos no sea ridiculizado, y a que no se relativice sobre la violencia que padecemos intentando hacernos parecer violentos: la homofobia está allí donde hay gente que opina que lesbianas, gais, bisexuales y transexuales ya tenemos demasiados derechos, porque lo que realmente quieren es que no tengamos ninguno.

La homofobia es pensar que existe un malvado Imperio Gay que construye una estrella de la muerte contra la heterosexualidad, cuando nuestro movimiento es una alianza rebelde que reivindica los derechos que nos son negados.

Estas diez claves pueden resumirse en una sola frase. Mi amigo Yago Blando dice siempre que para saber si cualquier cosa resulta homófoba o no sólo es preciso preguntarse cómo se enfrentaría a ella una persona heterosexual: si quienes son heterosexuales y quienes no lo son tienen los mismos derechos o pueden experimentar las mismas cosas no hay homofobia; pero si las personas heterosexuales tienen o disfrutan de algo que te falta por el hecho de no ser heterosexual es ahí donde está la homofobia.

La discriminación motivada por la orientación sexual o la identidad de género puede llegar a ser sumamente visible, pero también puede resultar lo suficiente invisibilizada como para que sea complicado percibirla con claridad.

Por suerte solo es preciso afinar la mirada para detectarla: la homofobia está donde nos faltan derechos y libertades por ser quienes somos. Abramos bien los ojos, porque cuanto más fácil nos sea descubrir dónde se esconde el monstruo menos daño podrá hacernos.

Publicado en Cáscara Amarga el 11 de septiembre de 2016.

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