«Perdidos unos, otros inspirados». El futuro feminista del movimiento LGTB

El movimiento LGTB ha muerto, y un verso de las Soledades de Góngora puede explicar por qué. No tiene por qué ser un problema: todos los movimientos sociales evolucionan, a menudo de tal forma que el siguiente paso apenas puede reconocerse en su camino previo. Pero la gran cuestión es saber hacia dónde estamos avanzando, saber por dónde transita el sendero que vamos a recorrer, y qué instrumentos nos servirán como guías. Y me temo que el movimiento LGTB muere, se estanca, porque ha perdido la brújula.

La reforma del Código Civil que hizo posible el Matrimonio Igualitario en 2005 y la primera Ley de Identidad de Género, en 2007, han tenido consecuencias sumamente beneficiosas para lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, es imposible negarlo. Pero no todos sus efectos han resultado favorables: más de diez años después parece que todas las necesidades de las personas no heterosexuales están cubiertas. Y nada más lejos de la realidad. En la Comunidad de Madrid el Observatorio contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia, que coordina la asociación Arcópoli y reúne a la mayoría de entidades de la región, lleva contabilizadas casi 170 agresiones desde que comenzó 2016. Pero hablar de este problema resulta incómodo.

No hace mucho tiempo tuvo lugar un debate de relativa relevancia dentro del movimiento: ¿hablar o no sobre agresiones? ¿cómo hacerlo? Algunas voces defendieron que visibilizar la violencia que aún hemos de padecer determinadas personas provoca miedo… y yo no puedo dejar de pensar en qué opciones de futuro le quedan a nuestro discurso activista si hemos de silenciar la denuncia de esta violencia.

Otro debate paralelo, y absolutamente estéril, consistía en una más o menos profunda reflexión sobre si los ataques a personas LGTB estaban aumentando. Lo califico como estéril por tres motivos. En primer lugar resulta completamente imposible saber a ciencia cierta si aumentan o no las agresiones, porque el registro de los casos es tan poco preciso que no puede extraerse ninguna conclusión realmente válida. Apenas hace tres años que el Ministerio de Interior viene elaborando informes sobre las denuncias de delitos de odio, y lo hace con una metodología que deja mucho que desear, ya que hasta el pasado año mezclaba los datos de incidentes de odio que tenían como motivación la orientación sexual o identidad de género de la víctima con otros muchos relativos al basto concepto de la libertad sexual. Además, según la Agencia Europea de Derechos Fundamentales, en el ámbito de los delitos de odio únicamente se denuncia en torno al 20% de los sucesos reales, de modo que, por un lado, sólo hay registro de una ínfima parte de los incidentes y, por otro, no disponemos de un histórico de datos suficiente para saber si son más o menos las agresiones homófobas, tránsfobas y bífobas.

Por otra parte, considero el debate estéril porque, en segundo lugar y teniendo en cuenta lo dicho arriba, no provoca sino una inacción preocupante: mientras debatimos no estamos dando una respuesta a un problema que, aumente o no, es necesario atender; y, en tercer lugar y por último, porque sucede que la respuesta al aumento o no de las agresiones es bastante sencilla, pues se ha dado repetidas veces ese mismo debate sobre situaciones de discriminación similares. Ya Alexis de Tocqueville en su La democracia en América destaca cómo las personas negras libres en el norte parecían más expuestas a la violencia que las esclavizadas en el sur; y de igual manera el Feminismo, frente a la cuestión de si es mayor o menor ahora la violencia contra las mujeres, ha señalado en distintas ocasiones que ahora, cuando avanzan las legislaciones sobre Igualdad y poco a poco evolucionan las conciencias al afrontar el tema, es el momento en que la violencia se recrudece. Lo indicó claramente Hannah Arendt: “el dominio por la pura violencia entra en juego allí donde se está perdiendo el poder” y, en nuestro caso, es evidente que el sistema cultural exclusivamente heterosexual se ha quebrado, y que es este buen caldo de cultivo para que determinadas personas, que ven desaparecer la homofobia como patrón constante de la cultura occidental, decidan ejercer por su propia mano la violencia que la caracteriza. El machismo y la LGTBIfobia se recrudecen porque el patriarcado se tambalea.

El desequilibrio de la opresión resulta a todas luces una interesante invitación para recalibrar la brújula activista y seguir adelante, en el convencimiento de que el progreso por nuestro sendero de cambios sociales realiza importantes y productivos avances. Pero me temo, como antes señalaba, que en algún momento buena parte del movimiento LGTB dejó caer su brújula y, con ello, perdió el norte. Resulta ciertamente triste descubrir que la respuesta a la denuncia de la gran multitud de situaciones violentas a las que se enfrentan lesbianas, gais, bisexuales y transexuales sea un debate sobre si son más o menos que antes, en lugar de apresurarse a ofrecer soluciones para atajar ese problema. Y más preocupante aún me parece que como nuevo gran objetivo totalmente global, en lugar de que el reajuste de nuestro instrumental de navegación tenga como consecuencia dirigir nuestros pasos hacia un horizonte que implique la erradicación de toda violencia contra las personas no heterosexuales, me preocupa, como digo, que haya buena parte de nuestro movimiento que se resista a la reconfiguración de sus aparejos, y siga buscando objetivos extremadamente concretos, con perspectiva estrecha, más aún cuando los que se ofertan -literalmente- como nuevos derechos a conseguir vulneren gravemente los derechos de las que han sido siempre nuestras compañeras de viaje: las mujeres.

Tal como dijo Amelia Valcárcel sobre el Feminismo, también el movimiento LGTB es un hijo no deseado de la Ilustración. A lo largo de los siglos las reivindicaciones de las mujeres y de las personas cuya sexualidad no se ajusta a la normativa han caminado unas junto a otras, encontrándose no pocas veces. Las reclamaciones de las mujeres para ser consideradas ciudadanas son coetáneas de las primeras voces que reclamaban la despenalización de lo que entonces aún se denominaba sodomía. Ellas consiguieron más tarde el gran objetivo del voto, y años después encontramos reconocido el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo y una primerísima Ley de Identidad de Género, las dos grandes demandas con cuya satisfacción hemos empezado el siglo.

Ahora que avanzamos por el sendero de la reivindicación social en una gongorina «soledad confusa», en estos días en que se complica dar en el busilis de cuáles serán nuestros objetivos y que la brújula de nuestro movimiento parece fallarnos, es el momento de pedir prestada al Feminismo su aguja magnética, de nuevo, para servirnos de su ejemplo y responder a nuestras cuitas, a nuestras dificultades para distinguir el lugar donde posar nuestros pasos y desentrañar cuál ha de ser nuestro horizonte. Si el Feminismo tardó varias décadas, después de conseguido el voto, en reconocer el discurso contra la violencia de género como la clave de su futuro, ahorrémonos el tiempo perdido en la maraña de la selva activista y acordemos de una vez por todas que es la lucha global contra la violencia homófoba, tránsfoba y bífoba el camino que con más dedicación debemos recorrer. Y cuidado con las sirenas y sus cantos, que siempre acaban por desviarnos del viaje…

Góngora comparaba sus versos con los pasos de un peregrino, «perdidos unos, otros inspirados». En la necesaria evolución del movimiento LGTB después de los logros que ha alcanzado, empleemos el Feminismo como brújula que nos guíe en el peregrinaje, porque, me temo, solo la inspiración feminista puede hacer que nuestras reivindicaciones se levanten de entre sus cenizas y continúen avanzando. Estudiémoslo, recojamos sus grandes ideas, empleemos sus instrumentos de análisis…  el Feminismo es una gran compañera de viaje, porque allí donde no hay Feminismo todo está perdido.

Publicado en Tribuna Feminista el 8 de septiembre de 2016.

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