El nuevo cuento de Cristina

Érase una vez, hace apenas unos meses en un reino muy, muy cercano, que se prometió celebrar una gran fiesta cuando la Asamblea de Madrid, con motivo del Orgullo LGTB, realizó una declaración institucional en la que se comprometía a legislar para proteger los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales. Poco después una de las princesas de aquella tierra, Carla Antonelli, publicó un edicto donde se ofrecía a organizar el gran evento, invitando a todos los grandes señores del reino, pero también a todos los ciudadanos y ciudadanas, desde el más notable al más plebeyo; y así todos los partidos políticos y todas las entidades sociales que trabajan en defensa de las personas LGTB recibieron con gusto la noticia, pues para esa ocasión no era otra sino Carla la que mejor sabría conseguir que todos y todas tuvieran su papel en el baile. Pero cuando la Reina Popular de aquella tierra, Cristina Cifuentes, tuvo que dar respuesta, con una fría sonrisa sólo dijo que lo pensaría… ¿Cómo se atrevía una princesa cualquiera a hacerle sombra? ¿La misma princesita de la que solía reírse en programas de televisión, cuando algunos comentaristas hacían comentarios jocosos de sus cualidades, trataba ahora de disputarle el título de la más bella?

No estaba dispuesta a consentirlo, así que dio aviso a sus gatos con botas, esos mininos mágicos que se esfuerzan en conseguir para su amo cuantas prebendas sea posible y que en la política se llaman asesores. Javier Gómez, miembro de la junta de Transexualia a pesar de no ser trans -cisexual, se dice-, y Manuel Ródenas, abogado del Programa LGTB de la Comunidad de Madrid, casados por el mismísimo Ruiz Gallardón, de los que hablé hace tiempo al analizar cómo el Partido Popular madrileño conseguía limpiar su imagen tras llevar a cabo políticas contrarias a nuestros derechos, corrieron con sus vestidos de hada madrina a socorrer a la Reina. “Organiza tú misma el baile”, le dijeron, “nosotros nos encargamos de lo demás”.

Mientras tanto nuestra Carla, que ignoraba hasta qué punto había ofendido a su majestad Cifuentes, trabajó y trabajó para que en la fiesta legislativa que estaba preparando todo el mundo tuviera su espacio. Podemos y Ciudadanos, que habían heredado sus títulos y espacios políticos de las difuntas Izquierda Unida y UPyD, corrieron rápidos a colaborar con la princesa Antonelli para organizar el evento, y todos y cada uno de los colectivos sociales se dieron cita, pensando ya en la cantidad de derechos que conseguirían cuando se hiciera realidad esa ley tan esperada. Pero, ¡ay!, que entre tantos y tantas que se congregaron en la reunión primera estaba uno de los gatos con botas de la Reina, disfrazado de ancianita, para llevarse el borrador de la ley y poder ofrecer a su señora los secretos que se escondían en el programa del festejo. Quiso imitar a Robin Cis, el célebre bandido que robaba leyes a las personas trans para dárselas a las personas cis y luego vendérselas de nuevo a los transexuales de Madrid, y le salió bastante mal.

Los dos mininos le habían ya recomendado a la reina Cifuentes convocar ella misma su propio baile, y así es cómo se le ocurrió afirmar que andaba preparando ella misma su propia Ley Trans. Pero tenían grandes problemas para llevar a cabo su tarea estas dos hadas del Partido Popular, porque tenían que conseguir que los harapos sociales con que se viste su Majestad, después de haber votado en contra de reconocer derechos a las personas trans en 2010 y de que su partido tirara por tierra la anterior propuesta de Ley, se convirtieran en un gran vestido de compromiso con las reivindicaciones de los colectivos de personas transexuales de Madrid. Y ahí había otro problema más, porque al hacerse con el primer programa de la fiesta legislativa habían descubierto que una de las claves del evento sería reconocer por fin los derechos de los menores transexuales, y eso no podía consentirlo la Casa Real que gobernaba el Reino de Madrid. Pero la solución les pareció muy sencilla: bastaba con no convocar a la presentación del programa de la fiesta legislativa a aquellos colectivos que más centrados estuvieran en esa cuestión. Por eso cuando llegó el día Manuel Ródenas no invitó a Fundación Daniela y a Chrysallis pero aprovechó para que, entre las pocas propuestas de sus insuficientes leyes sobre transexualidad y contra la discriminación por orientación sexual o identidad de género, todas sirvieran para reforzar la entidad que dirige: el Programa de Atención LGTB de la Comunidad de Madrid. Quedaba claro que el gato con botas había querido organizar la fiesta precisamente para ponerse las botas.

Hay que tener mucho cuidado con los cuentos, porque las leyes que nos ofrece Cristina Cifuentes son como la manzana de Blancanieves: nos harán dormir si mordemos de ellas. Y hay que animar a los colectivos y a los partidos que se comprometen con el cambio social y luchan para sacar adelante leyes llenas de derechos reconocidos, leyes sobre transexualidad elaboradas por personas transexuales, mientras el vestido que los malos asesores diseñan para tratar de engañarnos apenas dura veinticuatro horas y no quedan entonces más que algunas calabazas. Pobre, pobre Cifucienta.

Publicado en Cáscara Amarga el 26 de septiembre de 2015.

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