¿Quién tiene la culpa de la homofobia?

Últimamente, y no sin sorpresa, cuando me quejo de la suciedad que continúa impregnando los suelos y los cielos de Madrid o en aquellos momentos en que el servicio de BiciMad me exaspera por su característico mal funcionamiento, encuentro una respuesta habitual: se justifican estas y otras deficiencias de mi ciudad porque “la gente es muy guarra”, “hay gente que hace un uso indebido”, etc. Si bien es cierto que si nadie tirase papeles al suelo no estaría tan sucio, y si nadie tratara de robar bicicletas -y lo consiguiera- sería mejor el servicio -o no, porque es vergonzoso-, no dejo de plantearme hasta qué punto puede culparse a las personas, en tanto que individuos, de los problemas que hemos de padecer todos y todas. Del mismo modo me preocupa también cómo encontrar culpables de la homofobia -y bifobia y transfobia- con la intención, sobre todo, de conocer cuál puede ser el trabajo activista más adecuado para erradicar la discriminación contra las personas no heterosexuales.

Esta semana hemos conocido una investigación realizada en Italia en que se demuestra que la homofobia se relaciona con determinados rasgos de la personalidad, como la tendencia al psicoticismo y la presencia de unos mecanismos de defensa inmaduros. Existe, así, una “asociación notable entre los aspectos disfuncionales de la personalidad y las actitudes homofóbicas“, según señala Emmanuele A. Jannini, uno de los responsables del estudio. Y aunque resulta interesante saber que el odio hacia personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales puede tener un origen evitable con la adecuada medicación, no dejo de recordar uno de los gritos habituales en las manifestaciones contra la Violencia de Género: “No están locos, son asesinos”.

“Explicamos desafueros y maldades alegando que su causante ha perdido el uso de razón, o que es un sádico cuya enfermedad le hace cometer perversidades” dice Salvador Giner en su estudio sobre la sociodicea, la justificación de la sociedad tal como es, con sus males, o de un mal en particular por resultar necesario para otros fines o considerase inevitable. Parece así que este estudio contribuye de algún modo a la justificación de la homofobia: entendermos que las personas homófobas están enfermas, y entonces merecen nuestra lástima, nuestra preocupación por su mejora, no nuestra condena. Del mismo modo, ante el aumento de agresiones contra lesbianas, gais, bisexuales y transexuales que vemos en las noticias últimamente, no es extraño encontrarse con intentos de justificación del tipo “nuestra sociedad es así” o “siempre existirá la homofobia”. En ellas, cuando es una persona no heterosexual la que pronuncia dichas justificaciones, no puedo sino encontrar la asunción de planteamientos propios de la heterosexualidad dominante que Goffman anunciaba en su estudio sobre el estigma. Cuando es una persona heterosexual quien trata así de justificar el mal, por contra, es apreciable el intento de desinvidualizar la culpa, arrojándola de sí misma a la masa que componen todas las personas. Decir que la homofobia -y la bifobia y la transfobia- forma parte de nuestra cultura no es sino una forma de sociodicea a través de la que el individuo trata de limpiar su reputación arrojando toda sospecha a una entidad supuestamente superior en la que parece no participar. Se traslada del plano micro al plano macro, y se olvida que como individuos somos nosotros y nosotras quienes, con nuestras acciones, construimos una y otra vez esa cultura en la que todos participamos; que somos personas únicas pero estamos atravesadas por esos planteamientos de la masa que nos interrelaciona, como ha señalado Sloterdijk. Tratamos de dormir tranquilos con la excusa de la cultura y olvidamos que, dice Rapport, “culture is no excuse“.

La culpa de la homofobia -y bifobia y transfobia- es una culpa compartida. Si bien es cierto que estamos socializados en una cultura que presenta como convencionales determinadas acciones que entrañan consideraciones negativas sobre la Diversidad Sexual y de Género, depende de todos nosotros, a nivel particular, decidir si seguimos esos supuestos mandatos culturales o no lo hacemos. La cultura se compone de dos cajas de herramientas -buenas y malas- que usar frente a un estímulo, y nos es posible empezar a escoger las buenas. Si nuestra autonomía fuera imposible todo el mundo estaría agrediendo a personas heterosexuales, y todos los maridos matarían a sus mujeres. Si en lugar de justificar los males sociales como la intolerancia nos comprometemos en lo particular y desarrollamos micropolíticas que se opongan a lo “tradicional”, será posible una revolución que erradique el machismo, el toro de la Vega y, por supuesto, la homofobia -y bifobia y transfobia-. Ésa es la parte de trabajo que corresponde a los individuos. “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”, dice la frase falsamente atribuída a Gandhi. A los poderes públicos hemos de demandarles las políticas macro que propicien, entre otras muchas cuestiones, nuestro compromiso en lo micro. Y así será más sencillo limpiar Madrid, porque lo habremos manchado menos, o que funcione BiciMad porque lo estemos usando mejor -quizá, no estoy seguro-, o que se erradique cualquier forma de discriminación.

Tan fácil como dejar de justificar el mal y no volver a insultar a un compañero de clase porque no es gay, lesbiana, bisexual o transexual. Tan fácil como que un instituto cuelgue un cartel fomentando el respeto hacia la Diversidad Sexual y de Género. De eso trata la magnífica campaña de Arcópoli “Al Insti igual que tú“. Porque si conseguimos que exista un solo adolescente LGTB libre, puede salvarnos a todos; puede salvar nuestra Cultura.

Publicado en Cáscara Amarga el 19 de septiembre de 2015.

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