¿Qué fue del voto rosa?

Hace apenas unas horas he salido del colegio electoral correspondiente a Chueca, donde he vuelto a desempeñar la función de apoderado del PSOE. Sí, soy militante del Partido Socialista y, aunque no acostumbro a pensar desde el posicionamiento de partido, creo fervientemente en el socialismo como movimiento social transformador y en la capacidad de la socialdemocracia para generar el bienestar social necesario para asegurar la Igualdad entre todas las personas. Ahora, recién llegado a casa tras la jornada electoral, quiero dedicar un tiempo a reflexionar por escrito sobre los resultados de estas elecciones municipales y autonómicas que pueden haberlo cambiado todo o pueden no haber cambiado nada y cómo esos posibles cambios afectarán a las personas que no somos heterosexuales.

Han pasado ya los años en que la defensa de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales suponían una distinción evidente entre unos y otros partidos; de aquel primitivo tripartidismo en el que el Partido Popular no temía ser considerado contrario a nuestras reivindicaciones –y así fue sentenciado por el Tribunal Constitucional- en tanto el Partido Socialista las hacía realidad con el apoyo de Izquierda Unida. Se hablaba entonces del voto rosa, supuestamente tangible en las elecciones de 2008 tras la aprobación del Matrimonio Igualitario y la primera Ley de Identidad de Género, si bien la llegada del ya prácticamente extinto Unión, Progreso y Democracia supuso un importante cambio: los gais, fundamentalmente, empezaban a mezclar sus reivindicaciones con posicionamientos ideológicos de carácter general. Y así, en estas elecciones que acabamos de vivir, al menos en la Comunidad de Madrid y su Ayuntamiento la totalidad de los partidos que han obtenido representación se ha comprometido de algún modo con las propuestas de los colectivos LGTB. Incluso Cristina Cifuentes, a pesar de haber votado en contra del reconocimiento de derechos para las personas trans en 2010 siendo diputada autonómica, ha convocado a las entidades a una reunión, recibiendo además un inexplicable premio de Transexualia, que supondría irónico si no fuera porque el tesorero de esta asociación es militante del Partido Popular. Incluso Esperanza Aguirre, cuyo humeante cadáver político será sepultado en breve bajo la fuerza de la izquierda municipal, quiso rodearse de algunos colectivos, aunque sólo fuera para asegurarles que sigue pensando que lo nuestro no ha de llamarse matrimonio. Todas las fuerzas políticas con representación –y UPyD- han querido en estas elecciones una fotografía más o menos activista, y es destacable la campaña de Arcópoli, ofreciendo sus compromisos electorales a múltiples candidaturas y encontrándose con el apoyo mayoritario de la izquierda madrileña, comparando entonces los diferentes posicionamientos entre partidos para concluir que son, como era de esperar, PSOE e Izquierda Unida los que más involucrados están en el activismo por la Diversidad Sexual y de Género.

No obstante, en el ámbito madrileño nos hemos encontrado con que tras la mediatizada campaña el tándem vencedor ha sido el compuesto por las candidatas del Partido Popular, debilísimas en su compromiso, seguido de Ángel Gabilondo, que podría gobernar contando con la abstención de los supuestamente liberales Ciudadanos, y Manuela Carmena, candidata de la agrupación electoral Ahora Madrid, que alcanzaría la alcaldía con el beneplácito del PSOE de Antonio Miguel Carmona. Me consta, porque he contado sus votos hace escasas horas, que en las mesas correspondientes al barrio de Chueca la victoria ha sido alcanzada por Cifuentes y Carmena, supuestamente comprometidas ambas con nuestros derechos, la primera teóricamente desde hace años, cuando apoyó el Matrimonio Igualitario a pesar del vergonzoso recurso de su partido, la segunda gracias a la influencia de Equo, buen conocedor de nuestras reivindicaciones y presente en su candidatura encarnado en la figura de Inés Sabanés. Los programas LGTB de Gabilondo y Carmona, las propuestas autonómicas y municipales del Partido Socialista, que he tenido el honor de desarrollar a lo largo de este último año de la mano de grandes compañeros como Pedro Zerolo y Carla Antonelli, no han resultado tan interesantes al electorado como las difusas propuestas que han vencido. A pesar de que el filósofo tuviera un encuentro con entidades LGTB como cierre de su campaña el viernes pasado; a pesar de que mi querido Antonio no haya dejado de mencionar el gravísimo problema que suponen las constantes agresiones a las personas no heterosexuales en cada uno de sus mítines. Y preocupa especial y personalmente que se haya preferido la indefinición de Cifuentes, que puede no pasar de una política de gestos interesados al estilo de aquel progresista Gallardón que nos sorprendió como fanático provida; así como las desafortunadísimas declaraciones de Manuela Carmena en una entrevista relativizando la cuestión palpitante de las agresiones constantes, presuponiendo que podrían tratarse de casos concretos y de que han de ser estudiadas, con el consiguiente desprecio a colectivos que llevan años analizando y denunciando una realidad que pone en serio peligro no sólo la dignidad sino también la integridad de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, colectivos que misteriosamente no han denunciado el relativismo de la jueza, quizá por esa moderna permisividad con determinadas formaciónes de ¿izquierda?

Las conclusiones son evidentes: en primer lugar, si bien en algún momento se escogíó ese colegio mío como el más representativo del voto rosa, es absurdo imaginar que las personas no heterosexuales vivimos y votamos únicamente en Chueca. Las personas no heterosexuales vivimos donde nos es posible, y allí votamos, y ninguna encuesta es capaz de analizar el sentido de nuestras decisiones electorales, porque a la pregunta sobre éste difícilmente puede añadirse la que requeriría una visibilidad sin complejos. La ciudadanía española está más dispuesta hoy a desvelar su ideología política que a revelar su orientación sexual o identidad de género.

En segundo lugar encontramos la evidencia de que en las preferencias políticas de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales pesan más otras consideraciones que la defensa de los derechos civiles relativos a las cualidades referidas a la sexualidad. El voto rosa que supuestamente funcionó en 2008 se cruza con muchos más planteamientos que aluden a cuestiones como educación, sanidad, economía, vivienda, etc. Me ha sorprendido especialmente, en la jornada de hoy, una pareja de hombres que, entrando al colegio cogidos de la mano, han hecho visible su voto hacia una formación conservadora. La pregunta clásica de cómo es posible que una persona no heterosexual prefiera opciones políticas de derechas se resuelve considerando que en su elección intervienen muchos más factores que los concernientes a la orientación sexual o la identidad de género. Comprendiendo así la importancia que cada votante lesbiana, gay, bisexual o transexual concede a sus principales objetivos a la hora de elegir una u otra papeleta como una pirámide, descubrimos que son muy pocas las personas que ubican en su base una defensa férrea de los derechos de la Diversidad Sexual y de Género. Sólo la minoría activista, y únicamente según algunos discursos reivindicativos, valora tanto este factor. La gran mayoría no heterosexual parece relegar esta cuestión a un punto mucho más alto, menos relevante, de sus principios. Y aunque cabe la posibilidad de que con una formación sobre la materia que nos atañe la defensa de los derechos conseguiría mayor relevancia, es necesario concluir con mucha tristeza diciendo que el compromiso, aunque necesario en su visibilización, quizá no suponga diferenciación alguna entre unas y otras opciones electorales. Que su importancia es minoritaria dentro de lo minoritario de las personas a las que afecta y que, en los discursos más radicales y por tanto más difícilmente participados por el común del electorado puede ser claramente contraproducente. Aunque resulte desolador, la conclusión es que el voto rosa, si alguna vez existió, se ha volatilizado, atravesado por el resto de posiciones políticas. El voto rosa ha muerto, y habrá que entender diferentes votos rosas, más o menos reivindicativos, más o menos edulcorados, entre los que prima el más sencillo y menos arriesgado: el que se conforma con los gestos sin llegar a necesitar de verdaderos compromisos. Una lástima que sólo puede compensarse con la alegría de que en otra jornada electoral, el referendum de Irlanda para aprobar el Matrimonio Igualitario, haya vencido el sí. Será triste comprobar que en unos años la movilización activista decaerá, como ya sucede en España, y sólo será recompensada la sonrisa, no la idea.

Publicado en Cáscara Amarga el 25 de mayo de 2015.

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