Mucho más que dos: ¿qué hacemos con el poliamor?

Enfangados en la vorágine electoral es posible encontrar diariamente noticias de todo tipo. Algunas tan insultantes como la que esta semana nos ha regalado el Partido Popular, que entiende las familias homoparentales como “familias con problemas” en su plan de Ayuda a las Familias, olvidando que los únicos problemas que tienen en particular las familias formadas por personas del mismo sexo son tienen su origen en la intolerancia que hacia ellas muestra buena parte de la sociedad. Otras noticias, las más escasas por desgracia, son las que incorporan alguna propuesta de gobierno, pues parece que la “nueva política” consiste precisamente en el vaciamiento del mensaje político, en desdibujar las verdaderas intenciones del partido en cuestión bajo la retórica hueca de referirse una y otra vez a la necesidad de cambio y las necesidades de la gente, sin precisar claramente cuáles son éstas y de qué modo serán satisfechas. Y, créalo usted o no, en muchas ocasiones es preferible, pues cuando la palabra electoral vacía se concreta la sorpresa puede ser terrorífica. Desde poner en valor “los trabajos tradicionales” de las mujeres que ofrece Podemos, hasta una propuesta de Ciudadanos sobre la que quiero detenerme.

El pasado martes nos enteramos de que la formación liderada por Albert Rivera pretende perseguir el “uso impropio de la vivienda”. El secretario de Acción Política del partido de Rivera, Antonio Espinosa, precisó la propuesta en declaraciones a El Mundo afirmando que lo que se pretende es “evitar los pisos patera” ofreciendo como buen criterio limitar la ocupación a “dos personas por habitación”. Resulta evidente que es una propuesta nacida de la xenofobia, de ese discurso beligerante con la inmigración que relaciona a Ciudadanos con los posicionamientos políticos del Front National de Marine Le Pen, pero, aunque la formación naranja ha venido empleando en esta campaña un discurso marcadamente liberal y de un modo muy particular defensor de los derechos de las personas no heterosexuales –empleando claramente la estrategia del pinkwashing, esto es, apoyar las reivindicaciones de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales para ocultar el ataque a los derechos de otras minorías-, es fácil comprender que en profundidad estos nuevos liberales son en realidad muy conservadores y tremendamente intervencionistas: ¿qué puede requerir mayor intervención que saber exactamente quién duerme en cada habitación de una vivienda?

De un modo colateral la ocurrencia de Ciudadanos supone una afrenta para la diversidad familiar, y es que aunque sea una coincidencia parece intencionado que el mismo día en que se nos regalaba esta propuesta tan poco inspiranda el periódico ABC publicara una entrevista a Karen Mohan, pseudónimo coincidente con el nombre de la protagonista de la novela The Moan Club, obra de una perodista madrileña que cuenta su experiencia con el poliamor. También es curioso que al día siguiente La Vanguardia nos ofreciera un artículo sobre las relaciones afectivas que involucran a más de dos personas, y que Poliamor Madrid define como “amar a varias personas a la vez, de forma consensual, consciente y ética”. El Poliamor ha llegado a los medios y queridísimo sistema social no está preparado aún. Prueba de ello es que Ciudadanos no haya sido capaz de preveer que sus políticas xenófobas también podrían resultar perjudiciales para la realidad de muchas familias que no se adecuan al modelo monógamo normativo.

El ser humano no es monógamo por naturaleza sino por cultura. Chimpancés y bonobos, con los que compartimos el 99% de nuestros genes, hacen un uso social del sexo mientras nosotros hablamos muy a menudo sobre sexualidad pero estamos instruídos para entenderla como algo privado que sólo permite relaciones afectivas en las que participen dos personas, siempre las mismas, a lo largo de toda la vida. El ideal de amor que conoce Occidente, bajo el modelo de amor cortés medieval actualizado en el Romanticismo y a lo largo del siglo XX, no tolera la participación en el vínculo afectivo de más de dos personas de manera exclusiva; pero ahora, después de una evolución que ha durado siglos y que ha llevado ese modelo desde la aristocracia hasta las clases populares, comprendemos que la monogamia es un sistema contra natura -del mismo modo en que lo es la castidad- que hemos naturalizado obviando que a partir de la invención de la agricultura no es sino un régimen según cultura que responde a una serie de intereses económicos y a unos determinados principios de dominación -masculina, claro- en las relaciones entre géneros. Gracias a la posmodernidad y su relativización de lo cultural el Poliamor puede empezar a visibilizarse y reivindicarse como posible y, con esto, nos enfrentamos al reto de adecuar nuestros sistemas legales a la realidad que, sin datos aún en España, afecta a medio millón de personas en los Estados Unidos.

Pongamos como ejemplo a tres personas: A, B y C. A y B mantienen una relación abierta y han contraído matrimonio. B es el propietario de la vivienda familiar y conoce a C, con quien comienza una relación a la que A no pone ninguna objeción. Podría hacerlo, ya que según el art. 68 del Código Civil los cónyuges deben guardarse fidelidad. Aquí encontramos el primer problema: ¿fidelidad a qué? La Real Academia nos dice que la fidelidad es la “lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona”, sin dejarnos claro que en realidad el concepto se entiende socialmente en este contexto como la prohibición de mantener relaciones sexuales con otra persona. Sin entrar en mayores disquisiciones sólo aportaré la explicación de un amigo muy sabio: la fidelidad se debe a los pactos con las personas, no a las personas en sí. El problema recae ahora en que lo habitual es que esos pactos que se establecen en las relaciones afectivas raramente se lleven a cabo de manera consciente. Aunque el art. 45 del Código Civil exige consentimiento expreso para la validez de un matrimonio no es frecuente que se necesite más que el consentimiento tácito para dar comienzo al vínculo afectivo entre dos personas: presuponemos que la otra compartirá nuestro propio modelo de relación –monógamo- porque es el que socialmente se considera “normal”. Si esos pactos se verbalizasen, se comunicasen y negociasen, quizá muchas relaciones pudieran desarrollarse de una manera más ética.

Pero volvamos a nuestro ejemplo: han pasado diez años y A, B y C llevan conviviendo en el hogar familiar mucho tiempo. Viven juntos, guardan fidelidad a sus pactos, se socorren mutuamente y comparten responsabilidades domésticas, tal y como exige el citado artículo 68. Pero en un accidente B fallece y su cónyuge legal, A, disfruta de una serie de derechos gracias al vínculo matrimonial de los que C carece. Cuando en igualdad de condiciones alguien disfruta de un derecho que a otro se niega, ese derecho es en realidad un privilegio, y así nos encontramos con que el matrimonio, al impedir el reconocimiento de los derechos de C, formula una discriminación. Habría sido posible solucionar la cuestión si B y C hubieran contraído a su vez matrimonio, pero el art. 46.2 del Código Civil expone como requisito para el vínculo matrimonial no estar sujeto previamente a él, además de que el Código Penal, en su artículo 217, condena con prisión de seis meses a un año a quien contrajere nuevo matrimonio a sabiendas de mantenerse un vínculo matrimonial previo: la unión entre B y C sería nula y, además, B estaría en la cárcel.

Pero se encuentran cosas curiosas al revisar la legislación. Sucede que en ningún artículo del Código Civil se hace explícito que el matrimonio esté reservado únicamente a dos personas. Sólo se da por sentado, con referencias que mencionan “uno” u “otro” cónyuge, o “ambos”, en los art. 55, 58, 71, 73.4, 81,1, 83, 84, 86, 90, 95, 96, 97.8ª, 100, 102, 103 y 103.2ª. El texto legal presupone que serán dos las personas aquellas entre las que se establezca el vínculo matrimonial, pero no especifica qué ocurre si son más las que deseen contraerlo. En nuestro ejemplo A y B podrían haberse divorciado y vuelto al registro junto a C, para solicitar un matrimonio a tres, evitando así el impedimento del artículo 46.2. ¡La poligamia es legal en España y no nos habíamos dado cuenta! Y a mí, siempre que ese consentimiento sea real, expreso, y libre, sin estar sometido ningún contrayente a ningún tipo de presión social, me parece perfecto. ¿Por qué vetar el acceso de C a una serie de derechos que tanto B como A quieren reconocerle?

Pero hemos hablado mucho de la institución matrimonial, que experimentaría con esto una evolución mucho mayor de la conseguida tras la aprobación del Matrimonio Igualitario, y no nos hemos detenido en que, como institución de derecho privado, deja bastante que desear. El derecho civil, definido por la autonomía de la voluntad, deja muy poca autonomía a una cuestión tan personal como la de regular de forma autónoma la relación que es posible establecer con otra u otras personas. En el ámbito puramente económico se permiten únicamente los regímenes de gananciales, separación de bienes y de participación, sin que pueda precisarse un modelo mixto, o un tiempo de duración preciso para cada modelo. Tampoco es posible la renegociación. El matrimonio tal como lo conocemos funciona más como un sistema de ordenación social que como una institución de uso social, que permita ser empleada libremente por la ciudadanía y se adecue a sus necesidades particulares. Poco a poco habrá que evolucionar a otras formas de (auto)regulación de la convivencia, en las que el Estado intervenga únicamente para asegurar que se celebran libremente y garantizando la igualdad en derechos y deberes de sus participantes, y reconociendo derechos sociales para todas las formas posibles de convivencia o para ninguna. Y, evidentemente, sólo en el caso de que el grupo de personas en cuestión decidan hacer trascender su vínculo a lo legal, porque en cualquier otra situación una intervención como la que propone Ciudadanos es absolutamente intolerable. Ha llegado el momento de trascender el modelo cultural en que hemos aprendido a convivir y explorar nuevas fórmulas, que nos sean propias y establezcamos de forma consciente y ética. Es necesario entender que si el sustento del modelo social en que nos desenvolvemos es la familia nuclear, según afirman quienes se creen poseedores de la patente del concepto, un nuevo modelo menos agresivo para todos y todas puede nacer de otras formas de regulación de lo privado que, siendo personal, es siempre político. Hay que comprender que realmente lo que genera derechos no es la vida en pareja, de acuerdo con el modelo matrimonial, sino la convivencia consciente y libre. Ética.

Pero, volviendo al comienzo, para que esto sea posible, para que nuestro contexto cultural entienda que es posible mantener vínculos afectivos describibles como “amor” con más de una persona, que eso está bien y que no hace daño a nadie, e incluso que puede evitar mucho sufrimiento, queda aún un largo recorrido. Albert Rivera puede llamar a la puerta de tu casa si compartes tu cama con más de una persona y, en su pretensión xenófoba, calificará tu relación como “piso patera”. Monseñor Reig Plà debe estar ya recogiendo leña para quemarnos en la hoguera porque su dios le ha dicho que estoy escribiendo esto. La fidelidad a los pactos, la sinceridad, el respeto, la comunicación constante, la compersión –capacidad de sentir felicidad cuando se observa a alquien a quien se quiere ser feliz-, que son necesarias en una relación poliamorosa, son indudablemente valores cuya visibilización y reivindicación beneficiaría a toda una sociedad; pero de momento sólo muy pocas personas son capaces de entender que, en cuestión de amor, a veces una relación implica, como decía Benedetti, a mucho más que dos.

Publicado en Cáscara Amarga el 16 de mayo de 2015.

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