¿Qué hacemos con los libros?

No hace falta tener un doctorado en antropología para comprender que vivimos atravesados por un complicado conjunto de elementos culturales que, en el campo de la sexualidad, determinan de qué manera entendemos en cada contexto cultural el sexo y el género. Pero desgraciadamente y a pesar de esto, la defensa de los derechos de las personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales dedica muy pocos recursos al activismo cultural. Algún festival como La Culta o el Lesgaicinemad, algunas proyecciones de películas, y algunas presentaciones de libros componen los poquísimos eventos en los que el discurso de la reivindicación se acerca a la Cultura. Del mismo modo la mayor parte de las personas cuyos trabajos de investigación versan sobre temas referidos a la diversidad sexual y de género terminan por distanciarse del activismo de calle. Y todo esto produce que teoría y práctica no encuentren espacios comunes y una esté manca, sin brazos con los que convertirse en realidad, y otra esté ciega, sin unas gafas adecuadas para encontrar los objetivos estratégicos a los que dirigirse, como suele decir mi amiga Laura Hernández, activista de Arcópoli. Resulta así muy preocupante que en los encuentros de activistas las referencias culturales sean siempre anecdóticas y, mientras hay personas altamente especializadas en reivindicaciones sobre derechos reproductivos, internacionales y demás, los ámbitos de la cultura y la formación queden relegados a un segundo plano, incluso despreciados: aún me duele ideológicamente, y me preocupa sobremanera, el inexplicable voto en contra del FAGC y de Aleas-IU a una propuesta de resolución en defensa de la cultura de temática LGTB en los XXVI Encuentros Estatales porque, si no entendemos adecuadamente nuestro contexto cultural, será muy difícil corregir los muchos errores de nuestro sistema que provocan la discriminación. Regodeándonos en nuestra ignorancia, sea cual sea la excusa, no conseguiremos otra cosa que una importante merma en la capacidad de nuestro activismo. Y así, como consecuencia de todo esto, hoy quiero hablar de cómo enfrentarnos a la censura.

Ya apenas nos sorprenden las noticias que nos hablan sobre la censura de contenidos referidos a la diversidad sexual y de género. Intuyo que, desde que la ley contra la “propaganda gay” de Putin el listón está demasiado alto para que pueda llamar nuestra atención que toda alusión al activismo en defensa de los derchos de personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales hayan sido eliminados de la portada de la película Pride, en su edición en DVD; o que una bonita canción como Girl Crush, de Little Big Town, haya sido censurada en las emisoras especializadas en música country porque, aunque trata de los celos de una mujer hacia la nueva novia de su ex, ha sido (mal) interpretada como una canción que “promueve la agenda gay“. Tampoco son ya motivo de sorpresa que entidades ultraconservadoras como e-Cristians ataquen la ley catalana contra la discriminación a lesbianas, gais, bisexuales y transexuales por considerar que fomenta la homosexualidad), o que periódicos de ideología ultra lancen sus menos delicados exabruptos contra la legislación que protege los derechos de las personas no heterosexuales porque, según su particular visión de la realidad, vulnera el derecho de ciertos padres a educar a sus hijos en ciertos dogmas intolerantes. No es el momento de plantearnos si la mala educación es o no un derecho, sino de plantearnos -de nuevo- si nuestro discurso frente a la sarta de barbaridades con que un sector de la población bastante excéntrico nos regala debe recurrir a sus mismos mecanismos.

Hace unos meses El Corte Inglés fue denunciado por ofrecer en sus librerías el tristemente célebre título de Joseph Nicolosi, Cómo prevenir la homosexualidad, solicitándose así la aplicación de la nueva ley contra la LGTBfobia de Cataluña. Poco después yo mismo me acerqué a la cuestión de estas publicaciones abiertamente contrarias a los derechos de la Diversidad Sexual y de Género cuando encontré en La Casa del Libro el conocido Comprendiendo la homosexualidad, de Richard Cohen, y más adelante algunos activistas encontraron este mismo título, de nuevo en Cataluña, y convocaron una concentración exigiendo su retirada. Por otra parte, desde ese momento la asociación Arcópoli eligió una estrategia distinta para enfrentarse a la difusión de estos títulos: la solución no consiste en vetar el acceso a los libros, por muy reprobable que sea su contenido, sino en que el público lector disponga de cuanta información sea necesaria para enfrentarse a una posible lectura y pueda ser libre de escoger, según su capacidad de decisión, qué desea y qué no desea leer. Así, convenientemente advertidos los posibles compradores de que el mensaje que lanzan esos y otros muchos volúmenes es completamente acientífico y contrario a los postulados de la Organización Mundial de la Salud, poco a poco nadie elegirá esas publicaciones ciertamente infames y acabarán desapareciendo. Se evita así el importante efecto de llamada sobre lo prohibido, y el fundamento de la reivindicación es realmente diferente al de la censura que la discriminación ejerce sobre nuestra diversidad: únicamente es preciso informar, a través de unas fajas donde se indica el carácter acientífico de esos títulos, confiando en la capacidad de decisión del lector y sin que sea necesario quemar ningún texto. Y, pues las tres librerías a las que se ofrecieron esas fajas de información, San Pablo, Casa del Libro y El Corte Inglés, remitieron a la asociación a sus centrales de venta -los libreros no se hacen responsables de los volúmenes que venden-, Arcópoli completó su campaña con otra acción igualmente positiva: premiar por su compromiso a los establecimientos que visibilizan los contenidos adecuados, Mujeres y Compañía y Berkana, reconociéndolas como “librerías activistas”, y proclamando el 1 de abril, día de nacimiento del conocido escritor gay Juan Gil-Albert, Día del Libro de Temática LGTB. Visibilizar la defensa de nuestros derechos en lugar de censurar la condena de nuestras libertades: exactamente el discurso contrario al de la discriminación. Porque si nuestro objetivo es acabar con ella, nuestro método no puede consistir en emular el suyo. Lo entendió muy bien Mandela cuando hubo de reconciliar un país dividido entre personas blancas y personas negras, el camino a seguir consiste en involucrar a los otros, los que hasta hoy eran promotores del odio, en la necesaria defensa de unos derechos comunes que conformen una cultura igualitaria.

Frente al mensaje que encontramos en los textos que fomentan la discriminación, fundamentado en que la diversidad sexual y de género pueden “corregirse”, hemos de visibilizar nuestro mensaje de respeto, reivindicando referentes como Juan Gil-Albert, el primer autor que defendió en castellano que la homosexualidad es una cualidad de nacimiento que no es posible modificar. Frente a los constantes intentos de censura, hemos de fomentar el espíritu crítico y confiar en el público lector, que sabrá elegir adecuadamente si está bien informado. No se consigue nada prohibiendo libros: el progreso se alcanza cuando cualquier lector es capaz de juzgar adecuadamente si un libro merece o no ser leído; y sólo leyendo libros, buenos y malos, se consigue la capacidad de juzgar otros libros y, poco a poco, los fallos de nuestra cultura se arreglan solos. Mientras habrá que seguir esperando que las concentraciones sean para leer libros, no para quemarlos, y que el calor del activismo no alcance los 451º Fahrenheit.

Publicado en Cáscara Amarga el 5 de abril de 2015.

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