Una muralla para Uganda

Hace unos días nos sorprendimos al recibir la noticia de que el Tribunal Constitucional de Uganda había derogado la ley antigay recientemente aprobada que condenaba a las personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales ugandesas a vivir en la más absoluta clandestinidad, a sentir la amenaza constante de la cadena perpetua, de ser víctima de cualquier agresión, legitimada a través de esa ley, y de ni siquiera poder asociarse, trabajar poco a poco para que, a través del activismo, pudiera mejorar su situación. Con Pedro Zerolo a la cabeza hemos celebrado la buena nueva, que nos brinda un pequeño soplo de esperanza y nos permite una mayor capacidad para seguir apoyando desde aquí la defensa de los Derechos Humanos en África.

Con todo, la momentánea felicidad por nuestros iguales ugandeses no debe hacernos olvidar que ni está solucionado el problema ni, tristemente, a pesar de su lejanía, nos diferenciamos tanto. Claro que en España tenemos garantizada una mínima Igualdad, al menos legalmente, mientras que es esa legalidad la que amenaza a los ciudadanos y ciudadanas de Uganda pues, aunque esta nueva norma se haya venido abajo, sigue vigente la anterior, producto del colonialismo inglés -la misma que sirvió para condenar a Oscar Wilde-, que también criminaliza la heterodoxia sexual; pero, si me acompañas durante unas líneas, es posible observar que nuestra realidad sólo se diferencia de la africana en que hemos sabido construir una muralla para detener el discurso del odio.

El proyecto de la Anti Homosexuality Bill ugandés fue presentado por el diputado David Bahati, con el beneplácito del presidente Yoweri Museveni y el ministro de Ética e Integridad James Nsaba Buturo, respaldados por las prédicas de los pastores evangélicos Martín Ssempa y Solomon Male -los nombres son importantes, como luego veremos al volver a la realidad española-. En el reciente documental de Jon Sistiaga La caza del homosexual nos es posible conocerlos a casi todos y horrorizarnos con sus planteamientos tan equívocos acerca de la diversidad sexual. Entienden estos ugandeses que he nombrado que la heterodoxia sexual no es algo natural ni innato, sino una práctica que puede desaprenderse, que puede curarse. Por eso son habituales las violaciones “correctivas” a mujeres lesbianas, muchas veces en grupo, y las sesiones de tortura disfrazada de terapia para volver a ser heterosexual. Y todo esto en una tierra que fue la más tolerante con la diversidad sexual hasta que llegó el Imperio, con su legislacion, y actualmente la Iglesia Evangélica, patrocinada por inversores estadounidenses, difundiendo una ideología de odio que se apoya en que esa sexualidad heterodoxa no es propia de África, sino producto del colonialismo, cuando la realidad es totalmente la contraria.

Desde este lado de la valla de Melilla -una bárbara “medida de seguridad” para que ciertos habitantes del planeta no puedan acceder a Occidente, que parece así presentarse como un parque temático de los Derechos Humanos y el Bienestar, imposible en otros territorios-, podemos creer que la realidad ugandesa no tiene nada que ver con la nuestra, pero si nos detenemos un momento podremos darnos cuenta de que es prácticamente la misma. Aquí, en nuestra España, también tenemos algún que otro ministro que se ha erigido como defensor de los supuestos fundamentos religiosos de nuestra cultura: puedes elegir entre el ultracatólico Jorge Fernández Díaz, ministro de Interior -interior derecha, no es posible equivocarse en la direccion-, que aseguró que el matrimonio entre personas del mismo sexo pone en peligro la supervivencia de la especie; o la ministra Ana Mato -la que ve la paja en el ojo ajeno y no el Jaguar en su garaje-, que subvencionó con 18.000€ a una entidad abiertamente homófoba. Diputados que actúen abiertamente contra los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales no tenemos sólo uno, sino toda una lista de nombres que firmaron el vergonzoso e inútil recurso contra el Matrimonio Igualitario. Del Presidente… mejor no hablemos, y no olvidemos que también nosotros tenemos nuestros propios chamanes, que conceden la salvación eterna a quien siga sus dictados al pie de la letra. De todos ellos es Reig Plà el más conocido, denunciado y absuelto en alguna ocasión por sus persistentes declaraciones sobre lo que llama la AMS, atracción hacia el mismo sexo, deconstruyendo así toda la identidad lesbiana, gay y bisexual en un simple deseo que puede “corregirse” para volver a colocar en la buena senda de la sexualidad a quien lo “padece”.

En Uganda y en España, como vemos, encontramos la misma realidad: política y religión confundidas en un discurso elaborado para atacar la diversidad sexual. ¿Qué es lo que permite que aquí podamos contar con legislación en mayor o menor medida comprometida con nuestros derechos, mientras que al otro lado de la valla exista una normativa que los intenta destruir? Precisamente eso, una valla, una muralla, pero que no está hecha con las cuchillas de la xenofobia, sino cuidadosamente levantada por las personas que trabajan día a día para que exista un mundo mejor: la muralla del activismo por los Derechos Humanos.

Aunque un defecto de forma haya tirado abajo la ley discriminatoria de Uganda, todas las personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales seguirán estando amenazadas mientras no exista esa muralla. Nuestra responsabilidad ahora es defender nuestro propio torreón ideológico frente al acecho constante de la desigualdad, mientras colaboramos con el resto del planeta para que poco a poco pueda edificar sus defensas. Y, como dice sabiamente la canción, para hacer esta muralla tráiganme todas las manos.

Publicado en Cáscara Amarga el 5 de agosto de 2014.

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