¿Para qué sirve la homofobia?

Puede que desde nuestra perspectiva española, teniendo más o menos garantizados unos derechos mínimos como lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, no seamos tan conscientes, pero el planeta está experimentando en estos momentos una verdadera guerra entre defensores y detractores de que los derechos de las personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales sean realmente considerados derechos humanos. En España, si bien gran parte de los derechos civiles se ven amenazados, en este tema parece que nos limitemos a observar a un Partido Popular esquizoide, que en Cataluña pretende recurrir la ley contra la discriminación, tal como hizo con el Matrimonio Igualitario, apoya la aprobación de una ley semejante -aunque muy descafeinada- en Galicia y cuelga en la sede de su gobierno en Extremadura una bandera inca de colores con la mejor de sus intenciones. Pero mientras, en el resto del mundo, el Matrimonio Igualitario sigue avanzando en algunos territorios, como Croacia, que ha equiparado al matrimonio sus “sociedades de vida”, una fórmula propia para las uniones civiles, exceptuando la adopción, o en algunos otros donde se ha levantado judicialmente su prohibición por considerarse inconstitucional, como sucede en el estadounidense Colorado o en el mexicano Campeche; entretanto en otros espacios ha sido expresamente prohibido, como ha ocurrido recientemente en Macedonia, o se defiende su prohibición desde nuevos partidos abiertamente homófobos, como el mexicano Partido Encuentro Social. Asimismo, mientras Obama firma la ley que prohibe la discriminación laboral por orientación sexual, en Guinea Ecuatorial el dictador Obiang, después de que cuatro jóvenes hayan sido obligados a pedir perdón por su homosexualidad en un informativo, nos advierte de que “no conviene que se hable de la homosexualidad en África y es una circunstancia que se debe condenar”.

Vista esta situación, desde hace un tiempo no dejo de plantearme para qué sirve exactamente la homofobia, entendida, claro está, en sentido amplio, incluyendo lesbofobia, bifobia y transfobia. No me refiero a sus causas, a qué provoca la aparición de la homofobia, tema que quedó aclarado con los escritos de Guy Hocquenghem, que explicaba en El deseo homosexual que no es más que una fobia, un terror inexplicable a no ser heterosexual, que él acertó en llamar pánico homosexual y que tiene a su vez su origen en el miedo a ser penetrado, el terror anal que aporta Beatriz Preciado al texto, pues es sabido de antiguo que la masculinidad de una persona se pone en tela de juicio cuando es penetrada. Pero no es esto, como digo, lo que me preocupa, sino la función social que puede tener la discriminación hacia las personas cuya orientación sexual e identidad de género no se corresponde con la norma heterosexual. ¿Para qué sirve, y no de dónde viene, la homofobia?

Resulta evidente tras un análisis histórico que en muchas ocasiones la agresión a personas cuya sexualidad se escapa de la norma ha servido como excusa para alcanzar cualquier otro objetivo. Así, en las primeras décadas del siglo XVII, coincidiendo con una gran crisis económica, se produjo la mayor persecución de la sodomía por parte de la Inquisición valenciana, según los datos de Rafael Carrasco en Inquisición y represión sexual en Valencia, con la extraña creencia -aún vigente dentro de algunos discursos extremistas- de que la heterodoxia sexual provoca catástrofes naturales e infinitos problemas a los seres humanos que conviven con los “sodomitas”. De este modo las personas de sexualidad no normativa, junto a las mujeres que escapaban al control de los hombres -las “brujas”-, y todos aquellos que profesaran una religión que no fuera la católica sirvieron como chivo expiatorio para explicar y “solucionar” un problema que resultaba casi imposible de afrontar: la escasez de recursos. También de esta suerte hoy mismo, en muchos estados fuera de la órbita de Occidente, como Rusia y muchos países de África y Asia, lesbianas, gais, bisexuales y transexuales son perseguidos como parte de un discurso político que pretende diferenciarse del modelo occidental e interpreta la heterodoxia sexual como una influencia imperialista que debe evitar. Por estos motivos tan peregrinos miles de personas fueron y son perseguidas: porque sirven como coartada para esconder otros problemas que nada tienen que ver con ellas.

Pero, más allá del hecho de que la homofobia pueda ser empleada como un subterfugio para enmascarar otra intención política, me interesa analizar qué función social tiene directamente esa discriminación, para qué sirve en sí misma. Y para ello la explicación del antropólogo Marvin Harris resulta de gran utilidad: en La cultura norteamericana contemporánea expone que las culturas que sienten la necesidad de aumentar su población son las más agresivas contra las sexualidades no reproductivas, en tanto aquellas sociedades que consideran aceptable su índice de natalidad se muestran más permisivas. Así pueden explicarse los versículos 18:22 y 20:13 del Levítico, que condenan -aparentemente- la homosexualidad, si tenemos en cuenta que el pueblo judío, como pueblo elegido, tiene el imperativo divino de reproducirse (aunque hoy pueda resultarnos sorprendente que el discurso religioso siga otorgando más importancia a esos versículos que al 11:10, que prohibe comer marisco, o al 17:10-16, que condena a todo aquel que coma morcilla); y de igual manera es lógico, dentro de la absoluta barbarie, que el régimen nazi persiguiera a las personas no heterosexuales en su pretensión de hacer crecer la raza aria, tratando de “curar” su homosexualidad, primero, y decidiendo más tarde su exterminio, al encontrarse con la incapacidad de reconducir su sexualidad. Por eso al menos medio millón de personas fueron asesinadas por el nazismo, porque no contribuían a la propagación de la “raza”.

No obstante, las explicaciones que he ido encontrando hasta aquí no terminan de satisfacer mi curiosidad por el “fin social” de la homofobia, y tengo el convencimiento de que una de sus “utilidades” es preservar el orden heterosexual establecido. Este orden, que ya el Feminismo y el Marxismo relacionaron con el Capitalismo -que requiere que la Mujer no se incorpore al trabajo remunerado para mantener la posición del hombre como suministrador de riqueza, y propicia así que el papel de aquella se limite a parir futuros trabajadores-, puede perseguir de igual manera a las personas cuya sexualidad no está encaminada a la reproducción, porque no contribuyen a suministrar al sistema futura mano de obra. Pero se me ocurre además que la homofobia es también una forma de control sobre la producción del placer. El psicoanalista Wilhelm Reich, en la década de 1930, defendió la existencia de una partícula, el orgón, que aportaba a la libido freudiana un fundamento físico. Si bien la existencia de este extraño elemento fue rebatida por Einstein a mediados de siglo, podemos emplearlo como metáfora para cuantificar la producción de placer en el orgasmo y, partiendo de que gran parte de los seres humanos manifiestan una forma u otra de deseo erótico, que se sacia con el placer y produciría a través de él esa “energía orgnónica”, la homofobia, junto al machismo, supone un mecanismo del hombre heterosexual para negar a mujeres y personas no heterosexuales el acceso a esa fuerza inmaterial, a ese capital. Y puede que con esto hayamos encontrado el fin último que persigue la homofobia: la negación del acceso al placer, que quedaría reservado como privilegio para unos pocos. La discriminación, así, considera ciertos placeres permitidos, porque no subvierten el sistema de reparto prestablecido, y otros muchos, los nuestros, son considerados placeres prohibidos, porque cuestionan el acceso exclusivo al placer por parte de los hombres heterosexuales y lo democratizan, lo hacen accesible a todas las personas. La homofobia, de este modo, no es sino otro más de los múltiples mecanismos de control social que, sin que apenas sea posible percibirlo, corresponde a un patrón capitalista. Por eso la guerra por nuestros derechos no es sino una gran contienda para defender nuestro libre acceso a una necesidad humana tan básica como es satisfacer nuestro deseo. Y en este conflicto, frente a quienes pretenden que siga siendo un privilegio de unos pocos, nuestro trabajo es y debe ser reivindicar la socialización del placer.

No puedo, dicho esto, terminar sin mencionar mi verso preferido de Luis Cernuda, precisamente de su poemario Los placeres prohibidos, donde hace saber a los posibles lectores heterosexuales que, de estos placeres que hoy reclamamos, su fulgor puede destruir vuestro mundo.

Publicado en Cáscara Amarga 26 de julio de 2014.

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