Non serviam

No serviré. Ésas fueron las palabras de Lucifer cuando inició la revolución contra Dios, según se desprende del libro de Jeremías, que también uso Stephan Dedalus en El retrato del artista adolescente de Joyce, cuando el personaje afirma “no serviré más a aquello en lo que no creo, ya se llame mi hogar, mi patria o mi iglesia”. Merece la pena recordar esas palabras cuando, esta última semana, nos llegan noticias de la Iglesia Católica y el constante enfrentamiento de su jerarquía a toda forma de vida afectiva que se aparte de su normativa. En primer lugar volvimos a escuchar las consideraciones de Reig Plà, arzobispo de Alcalá de Henares, en la misa del domingo a través de nuestra televisión pública, asegurando que el amor está enfocado a la unión del hombre y la mujer. Más tarde, un profesor de religión en Canarias fue despedido al conocerse que había contraído matrimonio con otro hombre, por considerarse, al igual que sucede en numerosos casos con personas divorciadas, que su vida privada no era un ejemplo adecuado para los alumnos. Aunque yo tengo claro que no serviré a las ideologías cuyos jerarcas pretenden prohibir la extensión de los derechos humanos a mí y mis semejantes, no deja de interesarme cómo es posible que sigan existiendo personas que quieran participar de ellas, cuando es posible -y así se está haciendo- generar un nuevo pensamiento religioso que incluya en igualdad a las personas no heterosexuales.

La Historia Sagrada del Cristianismo tiene muchos huecos donde podemos colarnos y reinterpretar varios hechos supuestamente verídicos. Desde la publicación de El codigo da Vinci es conocida la interpretación que hace de Cristo un hombre felizmente casado con María Magdalena, iniciador de una dinastía de sangre real o Santo Grial, tras varias evoluciones del término-. Pero son pocos los que conocen la lectura más rompedora que se hace de la vida de Jesús. Desde que en el siglo XII San Elredo de Rieval escribiera La amistad espiritual, que hoy entendemos como un texto muy cercano a la defensa del amor entre hombres -bajo el habitual eufemismo de la amistad-, se hizo más o menos conocida la historia que también presentaba a Cristo unido a una persona, pero no María Magdalena sino el mismísimo discípulo amado, San Juan, con quien según esa tradición habría contraído matrimonio en las célebres bodas de Caná, y a quien encomendaría la protección y el cuidado de su madre, María, con las famosas palabras “he aquí tu hijo, he aquí tu madre”, en calidad de yerno y suegra. Además, y por si fuera poco, antes de popularizarse esta leyenda -que bien podríamos tomar por historia tan verdadera como cualquier otra-, y de que otro santo coetáneo, Pedro Damián, escribiera el Liber Gomorrhianus, principal libelo medieval contra la sodomía dirigido al Papa León IX; la Iglesia reconoció la vinculación afectiva entre personas del mismo sexo en ceremonias muy similares a los matrimonios -aunque hoy se empeñen en asegurar, por cualquier motivo, la imposibilidad de reconocer el matrimonio igualitario como válido-, habitualmente bajo la advocación de dos santos, Sergio y Baco, martirizados y transmitidos en los escritos como erastai, “amantes”, como recogió John Boswell en su Las bodas de la semejanza. Dicho todo esto, que ya viene siendo reivindicado en mayor o menor medida por algunas comunidades cristianas de personas no heterosexuales, ¿a qué esperan otros y otras, los que sirven a esta jerarquía que nos odia, para empezar a buscar nuestro propio Santo Grial? Porque resulta evidente que, si hay quien aún necesita un dios, es posible generar un discurso cristiano comprometido con la igualdad para todas las personas, independientemente de su orientación sexual e identidad de género. Sólo es preciso dejar de servir, dejar de creer en quien no cree en nosotros, y reestructurar nuestro propio sistema de creencias, empleando como brújula para el hallazgo del nuevo Dios la defensa sí o sí de los Derechos Humanos, de nuestros Derechos Humanos. Y si suele la Iglesia atacarnos con la argumentación de que nuestros deseos y nuestros géneros no son naturales, aunque haya quedado mil veces demostrado que lo son, reivindiquemos la naturaleza humana, la dignidad del hombre que defendió Pico della Mirandola -enterrado, por cierto, junto a su amigo Girolamo Benivieni-, que no puede obrar contra natura porque es parte de esa misma Naturaleza; o recordemos también el non serviam de Vicente Huidobro en su manifiesto creacionista, donde se rebela contra lo natural y afirma “hemos aceptado, sin mayor reflexión, el hecho de que no puede haber otras realidades que las que nos rodean, y no hemos pensado que nosotros también podemos crear realidades en un mundo nuestro, en un mundo que espera su fauna y su flora propias“. Reinterpretemos nuestras creencias o dispongámonos a crear nuevas formas de creer, pero evitemos depositar nuestra fe, si nos es preciso tener fe, en quienes no tienen fe para nosotros. Non serviam.

Y yo escribo estas líneas desde Almería, en unas breves vacaciones con buenos amigos. Y me llega a última hora una nueva noticia: un complejo hostelero destinado al público LGTB no aceptará, por no poder cumplir las condiciones requeridas, la subvención de 200.000€ que le ofrece la Junta de Andalucía, que pretendía con ello fomentar el turismo especializado en la región. De todas las formas de ganar visibilidad, de defender nuestros derechos, hoy leo la manera más material de todas: el interesante mercado del turismo gay. Y aunque sea tema para otra columna, termino ésta preguntándome si muy a pesar nuestro tanto trabajo realizado no hace más que servir al “único dios verdadero”…. Non serviam.

Publicado en Cáscara Amarga el 17 de agosto de 2014.

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