Amor de hombre

A los estudiantes de literatura suelen decirnos, en las primeras clases en la universidad, que sólo hay tres grandes temas de los que hablan nuestros autores y autoras: vida, muerte y amor, tal y como nos recuerda el verso de Miguel Hernández; y que es el amor el que más páginas ha llenado en la historia literaria. Pero, cuando hablamos de amor, que buena conversación es siempre, únicamente nos dedicamos, la mayor parte de las veces, a tratar de un tópico literario, un arquetipo al que deben ajustarse todas las relaciones amorosas. Y cuando hablamos de la idea platónica del amor es habitual olvidar que también existe el amor entre personas del mismo sexo.

En la literatura española el tema ha estado presente desde los momentos más tempranos de nuestra lengua. Es poco conocido, pero en las jarchas, esos pequeños poemitas en romance con que se terminaba una gran composición en árabe, la moaxaja, es posible rastrear el amor homosexual -o bisexual, claro-. Aunque la crítica suele entenderlos como textos de amor heterosexual, olvidan que en muchos de esos poemas árabes para los que sirven de colofón se habla de una relación afectiva entre dos hombres y, de esta manera, esos pequeños textos, los primeros en castellano, nos informan en realidad de un amor que no se ajusta a nuestros parámetros críticos cuando afrontamos su estudio. “¡Tant’ amáre, tant’ amáre, / habib, tant’ amáre! / Enfermaron uelios gaios, / e dolen tan male“, se puede considerar el primer poema amoroso en nuestra lengua, y podría ser un poema de amor homosexual.

El silencio sobre este tema no debe sólo achacarse a la homofobia de la historiografía literaria -no sólo-, ni siquiera a un modo de ver la literatura excesivamente heterocentrada -que sólo en parte-. Una de las fundamentales explicaciones es que es preciso desarrollar todo un dispositivo de análisis que permita acercarnos a los textos y poder desencriptar su mensaje. Hace falta disponer de una brújula, limpia de prejuicios, que nos ayude a navegar en la literatura. Sólo así podemos entender que uno de los poemas más conocidos de Góngora, La dulce boca que a gustar convida, que habla de los peligros del amor, habla en realidad del peligro específico del amor entre hombres, como evidencia la referencia a Ganimedes, mito canónico de la homosexualidad. Dejando a un lado que quizá el soneto gongorino, paráfrasis a su vez de otro de Torcuato Tasso, donde el contenido es más evidente, habla fundamentalmente de un desengaño -¡¿un desengaño homosexual de Góngora?!-, queda claro, y por eso es buen ejemplo del tema en su época, que este tipo de amor “amantes no toquéis si queréis vida“. Y, del mismo modo, sólo con ese dispositivo de análisis literario podemos entender que una de las dificultades para estudiar la literatura cuya temática es el amor entre personas del mismo sexo es que, hasta hace muy poco, nadie se atrevió en nuestras letras a llamar amor a ese amor, y era habitual que ese vínculo afectivo se camuflase bajo una amistad muy particular. Así sucede en numerosos ejemplos, siendo quizá el más sonado la comedia La boda entre dos maridos, de Lope de Vega, donde dos grandísimos amigos, aunque se nos presentan heterosexuales y dispuestos a casarse con sendas mujeres, se dedican unos halagos realmente excesivos, además de llamarse Lauro y Febo, en clara alusión al mito de Apolo (Febo) y Dafne, convertida en laurel. Muchos ejemplos, hasta que uno de los autores más valientes de nuestra literatura escribió un soneto -un tanto malo- en que se preguntaba qué nombre darle a su afecto, a su cariño hacia una persona de su mismo sexo, y concluyó diciendo “deja que diga… amor. Su nombre es ése“. Eran los últimos años del siglo XIX, y el escritor era el Premio Nobel Jacinto Benavente -¡un Nobel español homosexual!-. A partir de entonces resulta más sencillo hablar de amor homosexual -y bisexual-. Y es lo adecuado recordarlo esta semana, en que se han cumplido setenta y ocho años del fusilamiento de García Lorca, que fue asesinado, aunque ciertos libros de texto se empeñen en olvidarlo. Por “rojo y maricón” mataron al autor de El público, una de las piezas teatrales más difíciles de nuestra literatura pero que mejor expone la problemática homosexual en su época. De entre toda su obra, para el tema que me ocupa, quiero rescatar la Oda a Walt Withman, texto en que Lorca reivindica una forma diferente de amor entre hombres, una forma que quizá hoy sea necesario seguir reivindicando.

Las personas que no somos heterosexuales hemos aprendido a querer a través de los mitos del amor heterosexual, y esa contradicción es la culpable, a mi juicio, de que sea tan frecuente encontrarse con el desengaño amoroso, un desengaño que, por cierto, se racionaliza también siguiendo esos mismos parámetros, adquiridos a través de Garcilaso de la Vega, de las comedias románticas de Hollywood, de Don Juan Tenorio, de las canciones de Sinatra y de La Oreja de Van Gogh (!)… Las personas que no somos heterosexuales estamos condenadas a crecer, a aprender a entender el mundo que nos rodea, disponiendo únicamente de las reglas del juego promulgadas por la heterosexualidad, porque en la mayor parte de los casos maduramos sin referentes iguales a nosotros y nosotras. Y eso afecta a nuestra forma de entender el amor, porque amamos a personas de nuestro mismo sexo, pero los amamos como si fuéramos heterosexuales. Como en la canción de Mocedades que da título a esta columna, y que podría tener una temática gay, por qué no, los hombres homosexuales -y bisexuales- nos relacionamos afectivamente con otros hombres mediante un enfrentamiento inconsciente, un “puñal que corta mi puñal“, muy fálico, que genera un “amor mortal“, en lugar de buscar “azúcar blanca, negra sal” que producirían un adecuado “amor vital“. Lorca buscaba otra forma de amor, como su Walt Whitman, soñaba con “ser un río y dormir como un río / con aquel camarada que pondría en tu pecho / un pequeño dolor de ignorante leopardo” y defender el “Amor que reparte coronas de alegría“.

Hay que agradecer por eso a tantas editoriales que ofrecen historias de amor entre personas del mismo sexo, la ya clásica Egalés, la novísima La Calle, que ha publicado recientemente su último texto, y la cuidadísima y comprometida Dos Bigotes, con su recuperación del clásico Imre y sus antologías de relatos rusos y africanos, porque gracias a ellas podemos aprender otras formas de amar. Pero hay que pedirnos a los autores y autoras que abandonemos el canon heterosexual, que investiguemos otras formas de establecer relaciones afectivas que no se fundamenten, ni aun lejanamente, en la dominación del hombre sobre la mujer, porque eso no sirve para dos hombres ni para dos mujeres. Lorca, en sus últimos días, intentaba huir de España con el que fuera su última pareja, a quien describió como “aquel rubio de Albacete“, que “vino, madre, y me miró. / ¡No lo puedo mirar yo!“, para poder seguir su relación de camaradería en algún país más libre. Nosotros y nosotras, sin que importe si nuestros rubios y rubias son de Albacete o de Leganés, reivindiquemos la autonomía de nuestro amor, nuestra capacidad para definirlo y vivirlo huyendo de los cánones, para establecer pactos productivos de mutuo acuerdo siempre, para reconsiderar o no la fidelidad y plantearnos la monogamia o el poliamor, la pareja abierta o cerrada, el matrimonio o el concubinato, la convivencia o los pisos separados, hasta la misma soltería como opción respetable. Construyamos nuestro amor nosotros mismos y sólo así conseguiremos, como anunciaba Federico, “la llegada del reino de la espiga“.

Publicado en Cáscara Amarga el 23 de agosto de 2014.

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