No te signifiques (La cultura de la homofobia)

La heterosexualidad es una ideología. No es únicamente una forma de describir una realidad sexual: la atracción entre personas de distinto sexo. Cuando alguien se define como heterosexual puede estar asumiendo, de forma inconsciente, toda una serie de prejuicios, estereotipos y “valores” determinados, una auténtica cosmovisión sobre cómo han de ser las relaciones sexuales, cómo deben manifestarse una y otras orientaciones, una y otras identidades. Si no tienes cuidado, cuando te afirmas como heterosexual también estarás afirmando toda ese pensamiento, construido hace más cien años -quizá hace más de mil-, que se basa, fundamentalmente, en la exclusión de los otros. Y el problema es que todos y todas, a priori, somos considerados parte de esa heterosexualidad obligatoria, que no existe una conciencia de ser heterosexual del mismo modo en que existe la conciencia de no serlo, de ser homosexual, bisexual, transexual o cualquier etiqueta que imposibilite la adscripción al canon de la heterosexualidad.

Agosto ha sido un mes difícil para nosotros y nosotras, los otros. Han sido asesinadas varias mujeres, que también son otras por el sencillo hecho de no ser hombres. Otra mujer denunció una violación en Málaga que armó un gran revuelo y, a día de hoy, ha sido archivada, suponiéndose falsa. Apareció entonces un interesantísimo texto, La cultura de la violación, que nos explicaba a los hombres cómo todos, a priori, podemos ser temidos como potenciales agresores, por muy comprometidos que podamos estar con el Feminismo, porque la desconocida que sube al ascensor con nosotros no nos conoce, no sabe si la respetaremos o trataremos de forzarla -y esto dejando a un lado al imbécil del alcalde de Valladolid y sus estúpidas palabras-. Las mujeres viven con miedo, y los hombres debemos saberlo.

Ese texto y los hechos que lo acompañaron me recordaron nuestra propia situación como lesbianas, gais, bisexuales y transexuales. También vivimos con miedo. También podemos temer que cualquier otra persona, sin que importe su orientación sexual ni su identidad de género, que podemos desconocer, suponga una amenaza para nosotros y nosotras. Quizá por ese miedo consideremos tan valientes a determinadas personas como Mauricio Ruiz, el primer militar gay visible de Chile, y entendamos que otras personas necesiten un largo proceso muy difuso para empezar a ser visibles, como Jodie Foster, que acudió con su esposa a la gala de los premios Emmy; quizá por ese miedo haya personas a las que la visibilidad les resulte complicada. Es el caso de Sandra Barneda, tan comentado por unos y otras esta semana, con su salida del armario… “en diferido, con forma de simulación”. Ha sido difícil desencriptar sus declaraciones, y han sido varias las opiniones al respecto. Unos cuantos la reconocieron como una mujer valiente, que reivindicaba su derecho individual a expresarse o no, a ser libre y declarar lo que quiera, cuando quiera, como quiera, y a llevar la vida privada que quiera llevar. Otros fuimos más críticos: no compartimos su visión individualista, que además criticaba al activismo -al “lobby”- por reclamar esa visibilidad que la periodista considera innecesaria, por afirmar, como siempre, que lo personal es político, que la orientación sexual y la identidad de género no son cuestiones privadas, sino públicas. La identidad sexual es una cuestión pública, es el ejercicio de la sexualidad el que es un asunto privado. Tener que encerrar parte de la propia identidad, la parte sexual, en un armario sólo lo hacemos nosotros y nosotras, los otros. Y se nos persigue por ello. Michael Warner, al hablar de lo público y lo privado, nos lo recuerda: las personas que no somos heterosexuales no tenemos privacidad, porque se condena nuestra visibilidad, cuando no escondemos nuestra orientación sexual y nuestra identidad de género en una supuesta intimidad; y se condena también la ocultación, pues el canon heterosexual nos exige manifestaciones públicas constantes que hagan referencia a nuestra sexualidad. Pero sucede que, como se afirma en un apasionante texto radical de 1990, Maricas, leed esto: odio a los heteros, “ser marica no tiene que ver con el derecho a la intimidad; tiene que ver con la libertad a ser públicos, a ser, simplemente, quienes somos”. ¿No resulta paradójico que una persona heterosexual, después de contarte sus vacaciones con su novia, marido, amante, te recuerde que la identidad sexual es algo privado cuando respondes contando tus vacaciones con tu pareja?

Se me ocurre, en primer lugar, que es posible encontrar la explicación en el miedo, en el riesgo que corremos al ser juzgados. Quizá cuando somos adultos y estamos suficientemente empoderados no sea tan evidente pero, ¿quién no se acuerda del sudor frío, de la necesidad de empequeñecerse y desaparecer, de hacerse invisible, cuando en la adolescencia caminábamos solos por la calle y teníamos que cruzar junto a un grupo de otros y otras adolescentes, todos aparentemente heterosexuales? Si no eres heterosexual ni cisexual vives, al menos durante una importante parte de tu vida, en una situación constante de alarma. Y aún ya empoderados, visibles y fuertes, ¿somos capaces de ser visibles con nuestros jefes, nuestros compañeros de trabajo? ¿O recurrimos al armario ocasionalmente, con la intención de preservar los poquitos privilegios que la presunción de heterosexualidad pueda aportarnos? Hemos aprendido a vivir con miedo, y el miedo es, aun de una manera inconsciente, una parte de nuestra forma de ser y de estar.

Pero me preocupa también otra cuestión. La semana pasada, al hilo del caso de violación en Málaga, descubrimos que en la página web del Ministerio del Interior aparecían colgadas una serie de recomendaciones para que las mujeres evitaran ser violadas. Unos consejos expertos para la mujer, quizá y posiblemente redactados por un varón. Se decía allí que las mujeres tienen que tener cuidado, no hacer autostop, evitar la soledad por la noche, disponer de un silbato para pedir socorro, echar las cortinas en horario nocturno si viven solas, evitar compartir espacio con desconocidos… Todos ellos, como se denunció, presuponían una serie de acciones que sitúan a la mujer como responsable, por imprudencia, de la violación. Ninguna dirigida al hombre que se disponía a cometer la violación, ningún “no violarás”, porque parece que el Ministro del Interior sólo recuerda el lenguaje bíblico cuando beneficia a su agenda ultraconservadora. Yo me planteo qué consejos expertos nos darían a las personas que no somos heterosexuales para evitar las agresiones -hay que recordar que en España más del 70% de los delitos de odio tienen como causa la discriminación por orientación sexual e identidad de género-. Nos dirían, posiblemente, que “nos cortemos”, como dijo aquel patinador que enviamos a los Juegos Olímpicos de Invierno, que no hagamos “ostentación” de nuestra sexualidad… Quizá nos dijeran que nos respetan, pero sólo si nos ajustamos a una serie de comportamientos que han decidido que debemos tener. Que no seamos promiscuos -recuerda que “promiscuar”, además de comer carne en Cuaresma, que es lo que significa, implica únicamente que practiques más sexo que quien te lo dice-, que menos algarabía en el Orgullo y más activismo de otro tipo -nunca dicen qué tipo, una lástima-, que respetemos la libertad de los otros, que hay que proteger a los niños (¿?)… Nos dirían cientos de cosas, y todas ellas, si te lo planteas, nos culpan a nosotros y nosotras, a nuestra manera de ser y estar, de nuestra propia discriminación a nosotras y a nosotros; y todas ellas, si te paras a pensar, son consejos que nos dan las persona heterosexuales, y que algunos y algunas de nosotras, querida Sandra, hemos incorporado a nuestro propio discurso, sin darnos quizá cuenta de que estamos reproduciendo un nuevo modelo de discriminación que se viste con el traje de la tolerancia. Una nueva forma de odiarnos sin odio, de querer apartarnos de su vista, pero simulando que nos prestan atención, hasta cierto punto, que además evidencia que los nuevos mecanismos de discriminación a las personas que no somos heterosexuales se manifiestan del mismo modo que los nuevos mecanismos de discriminación a las mujeres. Somos nosotras las culpables, nunca ellos.

En el tiempo de la posguerra fue habitual un consejo: “no te signifiques”. Con él se quería proteger a las personas queridas de la maquinaria de control del régimen franquista. Si no decías nada excesivamente significativo, que implicara de algún modo tu disidencia del orden establecido, estabas a salvo. Hoy el consejo es el mismo: podemos ser lesbianas, gais, bisexuales o transexuales, pero no podemos “significarnos”. No podemos cuestionar, con nuestra forma de comportarnos, de ser y de estar, los ejes fundamentales del pensamiento heterosexual. Y limitados por el miedo, por el sudor frío de cruzar el parque donde volveremos a ser adolescentes y otros adolescentes podrán descubrirnos, algunos y algunas han optado por la autocensura. Rompe menos con el canon decir que quieres vivir tu sexualidad en privado que afirmar tajantemente que eres lesbiana, gay, bisexual o transexual. Nos es menos peligroso aceptar que la culpa puede ser nuestra, que no debemos significarnos, que denunciar que existe toda una ideología de la discriminación persiguiéndonos: una ideología de la heterosexualidad obligatoria que, por su fundamento excluyente, tiene no poco que ver con el totalitarismo.

Pero somos muchas y muchos los que sabemos que debemos significarnos, porque lo que somos, lo que sentimos, lo que deseamos está lleno de significado. Porque consideramos parte de nuestra ética tratar de romper poco a poco los patrones de esa ideología heterosexual, de esa Cultura de la homofobia -y bifobia, y transfobia, y lesbofobia- que se empeña en que vivamos con miedo generación tras generación, que se reinventa una y otra vez para que algunos consideren que ha desaparecido, que se esconde ahora tras un nuevo y originalísimo disfraz de tolerancia relativa. Porque sabemos que al afirmarnos como somos y huir de esos consejos acalladores nos convertimos en referentes que borrarán el miedo de los adolescentes que no se atreven a cruzar el parque, que no pensarán que están solos porque todos y todas estaremos acompañándoles; al mismo tiempo que reivindicamos que las personas heterosexuales abandonen esa ideología heterosexual, que no sus prácticas públicas heterosexuales, que se comprometan con nuestra lucha y caminen junto a nosotros paseando nuestro amor sobre el frescor de la hierba. No queremos cruzar el parque en silencio, queremos que la única sombra que nos cubra sea la de los árboles. Queremos que el parque también sea nuestro, pero no para hacer el amor en el parque sino, como leí en una pintada hace unos años, para hacer el parque en el amor.

Publicado en Cáscara Amarga el 31 de agosto de 2014.

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