No se nace gay: se llega a serlo

La semana del 8 de marzo debería servirnos a quienes no somos los sujetos fundamentales del Feminismo para intentar averiguar, en tanto que apoyamos la lucha de las mujeres desde una segunda fila, cómo el Feminismo puede cambiarnos la vida también a nosotros.

Antes de ser gais, o lesbianas, o bisexuales, o transexuales, o lo que queramos afirmar que somos, no éramos nada. Así lo afirma Paco Vidarte en su Ética marica, y tiene toda la razón: antes de que se nos pudieran aplicar las categorías diferenciadoras de la orientación sexual o la identidad de género nadabamos indiferenciados en el vasto océano de la sexualidad libre. Pero entonces, mientras aprendíamos a ejercer el género y el deseo hegemónico, una interpelación con forma de injuria nos marcaba a fuego para siempre. Maricones o marimachos, nunca volveríamos a ser iguales.

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Nuestro problema es la diferencia

Recientemente, como consecuencia de una proposición no de ley que el partido Ciudadanos ha presentado en la Asamblea de Madrid, ha vuelto a la primera fila del debate activista en defensa de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales una cuestión interesante. Entre las poco ambiciosas reclamaciones de dicha iniciativa política se recogía la pretensión del partido naranja de «convertir nuestra región en una Comunidad abierta, amigable y tolerante con las personas LGTBI bajo la denominación ‘Comunidad de Madrid LGTBI friendly’»; texto que el Grupo Socialista quiso enmendar, sin éxito, corrigiendo ese tolerante por un actualizado respetuosa. ¿Qué debemos hacer? ¿Reclamamos respeto o tolerancia hacia las orientaciones sexuales e identidades de género no normativas? Sigue leyendo

Necesitamos un romanticismo gay

Parece que en nuestra identidad de varones atraídos sexualmente por otros varones no queda espacio para una afectividad saludable

No hace apenas dos semanas me sorprendió que un grupo musical queer español de los primeros años ’90 hubiera versionado el famoso bolero Ansiedad, en cuya letra se expresa libremente el deseo de encontrarse una persona en los brazos de otra «musitando palabras de amor». Me resultaba extraño que en ese contexto tan radical, tan alternativo, fuera posible hablar de amor, cuando hoy en la práctica totalidad del movimiento LGTB resulta una constante la condena del llamado amor romántico.

Parece que en nuestra identidad de varones atraídos sexualmente por otros varones no queda espacio para una afectividad saludable. Resulta algo lógico, si consideramos que al menos a lo largo de las últimas cuatro décadas esta identidad gay nuestra ha sido construida -y reconstruida- de manera fundamental en torno a la práctica de nuestra sexualidad, no a la estructura de nuestros afectos; y que a falta del desarrollo suficiente de un discurso autónomo sobre nuestras vinculaciones amorosas hayamos acabado adoptando como propio el que es desde hace siglos el modo correcto en que hombre y mujer deben amarse.

 

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Holocausto. Memoria y reparación.

¿Para cuándo un gran mea culpa que reconozca los errores propios y no trate de ubicar en el otro malvado toda responsabilidad por la homofobia, transfobia y bifobia?

El pasado viernes se conmemoraba el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Un 27 de enero, como aquel de 1945 en que fue liberado el campo de concentración de Auschwitz. Setenta y dos años después los actos de homenaje se han sucedido en todas las ciudades del planeta.

Llevamos a cabo un ejercicio de memoria imprescindible, e intentamos así concienciarnos de todos los horrores que se sucedieron durante el exterminio, con la intención de que, aprendiéndolos, podamos tratar de evitar que vuelvan a producirse. Recordamos al pueblo judío, al pueblo gitano, a otros muchos pueblos perseguidos, asesinados. Recordamos a lesbianas, gais, bisexuales y transexuales internados en campos de concentración.

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