Necesitamos un romanticismo gay

Parece que en nuestra identidad de varones atraídos sexualmente por otros varones no queda espacio para una afectividad saludable

No hace apenas dos semanas me sorprendió que un grupo musical queer español de los primeros años ’90 hubiera versionado el famoso bolero Ansiedad, en cuya letra se expresa libremente el deseo de encontrarse una persona en los brazos de otra «musitando palabras de amor». Me resultaba extraño que en ese contexto tan radical, tan alternativo, fuera posible hablar de amor, cuando hoy en la práctica totalidad del movimiento LGTB resulta una constante la condena del llamado amor romántico.

Parece que en nuestra identidad de varones atraídos sexualmente por otros varones no queda espacio para una afectividad saludable. Resulta algo lógico, si consideramos que al menos a lo largo de las últimas cuatro décadas esta identidad gay nuestra ha sido construida -y reconstruida- de manera fundamental en torno a la práctica de nuestra sexualidad, no a la estructura de nuestros afectos; y que a falta del desarrollo suficiente de un discurso autónomo sobre nuestras vinculaciones amorosas hayamos acabado adoptando como propio el que es desde hace siglos el modo correcto en que hombre y mujer deben amarse.

 

Y con él, con su matrimonio, ya igualitario, hemos hecho nuestros también todos los errores de esa forma de amor: la abnegación, la dependencia, la entrega incondicional, que habitualmente acaban convirtiéndose en complicadas relaciones de poder que generan distintas formas de violencia, agravadas, además, al tratar de imponerse los dos roles de género en los que se reparten los estereotipos del amor romántico tradicional en dos personas que se identifican con el mismo género.

Necesitamos un romanticismo gay. Nos urge construir un discurso amoroso propio, que no trate de incorporarnos a los parámetros de la afectividad entre personas del mismo sexo y que supere la simpleza de considerarnos únicamente cuerpos deseantes, sexualizantes; que nos eleve a la dignidad de ser cuerpos amantes, con la libertad del amor propio.

Necesitamos un romanticismo propio, a ser posible libre de los muchos errores que hemos aprendido del amor heterosexual, pero también, incluso, un romanticismo propio que incurra en esos mismos u otros nuevos problemas poco saludables, porque tenemos derecho a elaborar tanto nuestros propios aciertos como nuestros propios errores.

Tenemos derecho a equivocarnos amorosamente de la forma más estrepitosa, a ser igual de lamentables que puede llegar a serlo una pareja hetero, porque así seremos iguales en la parte mala de nuestro amor. Y tenemos no solo el derecho, sino también la obligación, de construir nuestro propio amor hermoso, consensuado y libre, cuyo ejemplo sirva también para hacer más libre la afectividad heterosexual.

En este día de los enamorados, de las enamoradas, recordemos el lema fundamental de aquel movimiento queer tan potente que ni siquiera se detuvo frente a la supuesta respetabilidad del vínculo amoroso típicamente heterosexual y que cantaba boleros haciéndolos propios, reivindicando unas palabras de amor que a buen seguro también lo eran de afectos saludables consensuados entre dos personas, o más. Hagámonos libres no solo para el sexo, sino también para el amor, y recordemos a La Radical Gaicuando decía, constantemente, que «el amor es siempre radical». Y practiquemos así el amor, el amor sano más propio de nuestra manera de ser, desde nuestras propias raíces. Feliz Día de San Valentín.

Publicado en Cáscara Amarga el 14 de febrero de 2017.

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