Nuestro problema es la diferencia

Recientemente, como consecuencia de una proposición no de ley que el partido Ciudadanos ha presentado en la Asamblea de Madrid, ha vuelto a la primera fila del debate activista en defensa de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales una cuestión interesante. Entre las poco ambiciosas reclamaciones de dicha iniciativa política se recogía la pretensión del partido naranja de «convertir nuestra región en una Comunidad abierta, amigable y tolerante con las personas LGTBI bajo la denominación ‘Comunidad de Madrid LGTBI friendly’»; texto que el Grupo Socialista quiso enmendar, sin éxito, corrigiendo ese tolerante por un actualizado respetuosa. ¿Qué debemos hacer? ¿Reclamamos respeto o tolerancia hacia las orientaciones sexuales e identidades de género no normativas?

Se trata de dos términos casi sinónimos. El diccionario de la Academia nos indica que tolerante es el «que tolera o es propenso a la tolerancia», indicando en la segunda acepción de esta última palabra que se trata del «respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias». Del mismo modo, sobre respeto se nos explica que consiste en la «veneración, acatamiento que se hace a alguien» o el «miramiento, consideración, deferencia». Solo un pequeño matiz puede llegar a distanciar ambos conceptos: el valor que de tolerar recoge el diccionario en sus dos primeras definiciones, a saber «llevar con paciencia», y «permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente».

De esta suerte la UNESCO, queriendo emparentar con las ideas de la Carta sobre la tolerancia de Locke de un modo quizá no muy adecuado, defiende en su Declaración de principios sobre la tolerancia, de 16 de noviembre de 1995, el uso de este término definiéndolo como «el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica diversidad de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos». No obstante, en los más de veinte años transcurridos desde la publicación del texto el discurso activista ha fijado su atención sobre aquellas dos primeras acepciones de tolerar, y es habitual hoy encontrar que se demanda respeto, pues se considera una política de trato entre iguales, en tanto que se comprende la toleranciacomo un similar ‘respeto’, pero ejercido desde una posición hegemónica sobre una serie de otredades, de diversidades, que se seleccionan como aceptables.

Defendamos la necesidad del respeto o la tolerancia, me interesa reflexionar sobre el hecho de que, más allá de las precisiones que venimos realizando, ambos conceptos comparten como primer fundamento de su significado la distinción radical entre unas y otras «ideas, creencias o prácticas». Considero que nuestro problema va mucho más allá de una simple consideración terminológica; de decidir si personas heterosexuales y no heterosexuales deben respetarse, o de si aquellas deben tolerar los comportamientos de estas y viceversa, si es que es posible reclamar ese viceversa que implica la existencia personas heterosexuales que no son respetadas o toleradas, cosa que solo sucede en las retorcidas fantasías de la más recalcitrante homofobia. No, ni respeto ni tolerancia: nuestro problema es la diferencia.

Los seres humanos no siempre tenemos el mismo aspecto y no siempre hacemos las mismas cosas. Hay personas rubias, morenas, y otras que no tienen pelo. Tenemos los ojos y la piel de colores perfectamente diferenciables. Hay quienes trabajan en minas de carbón, y hay quienes lo hacen en hospitales de gran prestigio. Y, claro está, hay quienes mantienen relaciones sexuales con quien se considera apropiado que deben mantenerlas, y hay quienes no lo hacen, de igual manera que hay quienes se comportan de acuerdo a los roles de género que les fueron asignados en el momento de su nacimiento y otras personas que no se adecuan, en absoluto o en parte, con dichos mandatos de comportamiento. El problema no son nuestras diversidades, nuestras diferencias, sino que algunas de ellas resultan insignificantes y otras están intensamente significadas.

Hablamos hoy, como activistas, de la necesidad de unas políticas que gestionen adecuadamente la diversidad, del derecho a la diferencia, de respeto o tolerancia, y sostenemos así que esas diversidades y diferencias tienen un significado relevante que es preciso tener en cuenta. Y lo tienen, por supuesto, en tanto que la diferenciación puede generar una serie de violencias específicas cuando está cargada de una determinada significación. Pero tengo el convencimiento de que para erradicar dichas violencias el camino adecuado no estriba en respetar o tolerar las diferencias que se consideran relevantes, sino en cuestionar la relevancia que se ha otorgado a unas u otras distinciones, para poder designificarlas y, como consecuencia, erradicar de una vez por todas, y para siempre, las violencias que se desprenden de los significados que se les ha asociado de manera interesada.

Es necesario plantear cuál es nuestro objetivo final: la vindicación de una serie de identidades sexogenéricas asentadas en un conjunto de diferenciaciones significadas, estructuradas a partir de las categorías de orientación sexual e identidad y expresión de género, o la abolición de dichas categorías como generadoras de diferenciaciones significadas. Quizá por ambos caminos pueda alcanzarse la erradicación de la violencia, pero es preciso elevar el tono del debate y llegar más allá de la simple diatriba entre respeto o tolerancia, que al fin y al cabo es hablar de lo mismo, para reflexionar sobre qué sociedad futura pretendemos construir: una sociedad de respetoo tolerancia o una donde prime la indiferencia, el «estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado», según la Academia. Hay que tomar una decisión primordial, y yo, aunque creo que es el camino más largo, pero porque creo que es el más productivo, cada vez más decididamente empiezo a definirme como activista por la indiferencia.

Publicado en Cáscara Amarga el 25 de febrero de 2017.

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