La libertad de expresión no consiste en el ‘derecho a la homofobia’

La futura Ley LGTB que pretende sacar adelante la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transexuales se enfrenta a un momento crucial en su proceso de aprobación: desde la izquierda se alzan voces críticas contra el texto, poniendo en riesgo no solo un avance fundamental en el reconocimiento de los derechos de las personas no heterosexuales, sino vulnerando todo el discurso que garantiza la protección de las minorías.

Bien es cierto que el desarrollo de esta nueva Ley, que supondrá un hito activista a la altura de la aprobación del Matrimonio Igualitario, ha tenido que superar diferentes escollos; y es algo comprensible, pues el texto legislativo supone un avance de tal calado que requerirá de un gran esfuerzo didáctico por parte del movimiento activista para ser bien entendida su necesidad. Bien es cierto, igualmente, que quizá no sea la estrategia adoptada por la FELGTB la que yo considere más acertada en este punto, y que quizá hubiera sido preferible priorizar una reforma del Código Penal que condenase con vehemencia los delitos de odio, en general, y concretar luego una ley específicamente LGTB. Pero lo que no es permisible es que, como ya resulta demasiado frecuente, se equipare el discurso en defensa de los Derechos Humanos con una mal entendida ‘libertad de expresión’ que consiste única y precisamente en conculcar esos Derechos Humanos. Y eso es lo que está sucediendo ahora con nuestra Ley LGTB.

Apenas una semana después del registro del texto algunas voces más o menos ilustres -con mayor o menor ilustración- han llegado a los medios y las redes para calificar el texto como ‘Ley mordaza’. Quizá el más relevante sea un tal David Bravo, breve diputado de Podemos en la breve pasada legislatura, respaldado por algunos cargos del Partido Popular y otros personajes de calado, como el mismísimo Juan Carlos Monedero, que depositaba en Twitter un texto afirmando que «en tiempos de censura, Podemos debe ser el partido más garantista de la libertad de expresión. La homofobia no se derrota censurando». Sucede que una parte de nuestra maravillosa sociedad española ha interpretado que el derecho a no ser insultado impunemente supone un agravio a la ‘libertad de expresión’, y tildan así esta necesarísima Ley LGTB como una ‘Ley mordaza’.

Mi querida Boti escribía hace unas horas en su Facebook un texto que considero necesario compartir: «A mí no me hables de mordazas que las he/mos padecido hasta la muerte. No hables de mordazas a la lesbiana asustada, al gay sin dientes no le hables de mordaza. A la mujer trans que cuenta sus días por lágrimas y sufrimiento, no te atrevas a mentarle la mordaza. ¿Quieres que mi colectivo te hable de mordazas y de muerte?». Resulta una afirmación que llena tanto de luz una discusión que han oscurecido una serie de personas, al parecer interesadas en defender un supuesto derecho a costa de los derechos reales de otras personas que poco más se puede añadir. Pero yo, que soy de credo lopesco, considero que de tanto en tanto hay que ‘hablar en necio’ no para dar gusto sino para hacernos entender mejor por ciertos trileros del discurso reivindicativo.

Señores míos: por mucho que insistan en su cacareo la libertad de expresión no consiste en el ‘derecho a la homofobia’. La dignidad de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales no puede colocarse debajo de su oculto pero irrefrenable deseo a compartir con nosotros cualquiera de sus intolerantes ocurrencias. Entiendo que debe ser durísimo reconocer que a ustedes les hacen mucha gracia los chistes de mariquitas, que consideran lícitas las terapias que nos torturan tratando de ‘hacernos cambiar’ si las decidimos ‘libremente’, que están deseosos de comprar libros y ver programas donde se diga que somos, como hace años, peligrosos sociales. Entiendo que ustedes han olvidado que la especie humana es social por naturaleza y por tanto requiere de un cierto compromiso de colectividad, que el derecho a la libertad de expresión no puede nunca vulnerar otros derechos, más aún cuanto más sensibles son estos. Yo comprendo que antes de reconocerse dentro del discurso del ‘sálvese quien pueda’ prefieren vestir de largo su intolerancia, y tratar de ser positivos afirmando que defienden otro derecho que nadie pretende conculcar. Pero no nos engañan. Supongo que no considerarían una ‘opinión’ perfectamente lícita cualquier planteamiento negativo sobre el pueblo judío, o sobre personas de etnias no blancas, y que no tratarían de amparar unas declaraciones de ese tipo bajo la ‘libertad de expresión’. Me sorprende que su capacidad visual para otras cuestiones parpadee frente a una equiparable vulneración de otros derechos.

Siempre he defendido que es la pedagogía, y no la censura, la que hace avanzar nuestros derechos. Así lo hicimos con el Matrimonio, hoy prácticamente incuestionable. Y con esta Ley tratamos de hacer pedagogía, exponiendo qué conductas nos agreden de forma directa. Si ustedes, desde sus derechas e izquierdas, que hoy me saben a la misma hiel, ‘opinan’ que dichas prácticas están justificadas queden tranquilos: el paso del tiempo borrará tanta ignorancia. Opinen cuanto quieran, pero absténganse de hacer daño a tanta gente con sus exabruptos, y más aún de defender esa concepción de la libertad de expresión que no es sino la vindicación de un delirante ‘derecho a la homofobia’. Lesbianas, gais, bisexuales y transexuales necesitamos, ya con urgencia, esta Ley que defiende nuestros derechos. La libertad no es poder insultarnos: la libertad consiste en no ser insultado.

Publicado en Cáscara Amarga el 14 de mayo de 2017.

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