¿Cómo se puede justificar la homofobia?

No son pocas las ocasiones en que trata de disculpar una conducta abiertamente contraria a los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales recurriendo a los más variopintos y peregrinos argumentos. Salvador Giner, en su Sociología del mal y en un artículo previo habla de la sociodicea, término acuñado por Bordieu con que se evidencia la costumbre de los seres humanos de justificar los diferentes males que nos encontramos en el mundo. Estos días, después de los dos incidentes homófobos del pasado fin de semana, el beso de dos jóvenes frente a una manifestación de ultraderecha y el chico al que le rompió la nariz un hombre al que había llamado guapo, han sido habituales los razonamientos que exculpan a los agresores y trasladan la responsabilidad de la homofobia a las víctimas que la padecen. Y yo quiero detenerme a reflexionar sobre ello, porque no hacerlo no sólo es dar pábulo a esa sociodicea homófoba sino que interpretar que la justificación de la intolerancia no debe ser denunciada encierra en sí misma una forma compleja de la misma sociodicea.

Concepción Dancausa es Delegada del Gobierno en Madrid, pero hemos descubierto que parece estar interesada en garantizar sólo la seguridad de un determinado grupo de personas. El pasado sábado, gracias a su autorización, una manifestación de ultraderecha recorrió nuestras calles para terminar ocupando la plaza del 2 de mayo. Allí, entre gritos e improperios varios, dos jóvenes empezaron a besarse frente a la jauría, hasta que un policía nacional, cuerpo que sigue las instrucciones de la Delegación del Gobierno, los apartara bruscamente rompiendo su beso. ¿Qué es lo que ha de defender nuestra policía, el derecho de dos personas a besarse donde y cuando quieran, como hacen todas las parejas de distinto sexo, o el ‘derecho’ a insultar a las personas no heterosexuales, a defender que no se preste ayuda social a quienes viven en nuestro país sin haber nacido en él, a difundir la intolerancia como sistema de valores? ¿Por qué la policía hace imposible un beso y no disuelve fulminantemente una manifestación cuando esta se convierte en una afrenta a los valores de respeto y tolerancia que defiende nuestra legislación? He leído una interpretación fundada en esa sociodicea de la que hablábamos: ese beso era una provocación. Uno de los jóvenes apareció esta semana en El País explicando por qué lo hicieron: «gritar a los neonazis no iba a servir, así que protestamos con un beso».

Indistintamente de cuáles fueran sus intenciones, el problema es saber desde qué punto de vista estamos planteando el asunto. Si consideramos que es perfectamente legítimo defender un discurso contrario a la libertad de otras personas, será lógico que entendamos como una provocación que esas personas disfruten de su libertad delante de nosotros. Si por el contrario creemos que lo que resulta inaceptable es que un grupo de personas insulten y amenacen con violencia a otras dos por el simple hecho de que sus besos no se adecuan a una determinada normativa lo que debe parecernos una provocación es que se proteja con más vehemencia el discurso de la intolerancia que las manifestaciones públicas de afecto. Es Concepción Dancausa, autorizando esa manifestación, la que nos está provocando. Y -qué respuesta más hermosa- nos provoca únicamente el deseo de darnos más besos y cada vez más públicos.

Al fin y al cabo, ¿qué tiene de especial un beso entre dos varones? La única cuestión que puede diferenciarlo de un beso entre personas de distinto sexo es considerar que este último no necesita de legitimación alguna, en tanto que el anterior sí; es decir, que un beso entre dos personas del mismo sexo requiere de una motivación o de contexto específico -lo privado- para ser aceptado. Un beso heterosexual siempre se considera apto para manifestarse en público, mientras que un beso entre personas del mismo sexo, según quienes lo defienden como ‘provocación’, requiere de una legitimación. Si alguien considera que nuestros besos no son legítimos, o si nosotros y nosotras creemos que necesitamos de algún tipo de permiso para poder besarnos, habremos encontrado que el motivo último de que pueda justificarse la homofobia es la homofobia misma, sutilmente camuflada bajo la idea de lo legítimo y lo ilegítimo.

El tema de la legitimación nos lleva hasta el siguiente incidente homófobo del pasado fin de semana: un joven piropeó a otro llamándole ‘guapo’ y fue contestado con un puñetazo que rompió su nariz. ¿La violencia resulta legítima en este caso? Un usuario de Twitter, un tal @divisionario250 que se define a sí mismo como «fascista perfetto» y «socialista, pero no de Marx, sino de Mussolini» -ahí es nada-, escribía esta semana su particular resumen del suceso: «un gay hace un piropo sobre un joven y este le pega, me parece claramente acoso y buena respuesta del joven», para añadir después, cuando otro usuario le recriminaba sus palabras, «es que del “guapo” a la violación solo hay un paso, lo mejor es responder al gay con fuerza». Me resulta sumamente interesante el hecho de que un «fascista perfetto» haya llegado a analizar el piropo como acoso callejero, discurso que defiende el feminismo desde hace ya tiempo. Me deja realmente cariacontecido. Pero, dada su capacidad analítica, me extraña es que no haya comprendido las relaciones de poder que atraviesan ese comportamiento tan ‘bonito’ e ‘integrado’ en nuestra cultura que es el piropo. Porque el piropo de un varón a una mujer, del mismo modo en que lo hace la injuria de una persona heterosexual a otra que no lo es, supone una forma de destacar la capacidad que tiene quien lo profiere de juzgar el cuerpo, o la sexualidad en nuestro caso, de otra persona y de hacerle saber su juicio. En este caso el piropo lo dice un varón homosexual a otro homosexual, que en tanto que varones estarían en igualdad de condiciones pero, según sus orientaciones sexuales, es quien hace el piropo el que puede verse sometido, según las normas de nuestra cultura de la homofobia, al juicio injurioso del otro. Siendo ésta la situación, este piropo dista mucho de ser considerado una forma de ‘acoso’; se trata de una acción sumamente subversiva, a través de la que un joven gay emplea el privilegio de su masculinidad para piropear a otro varón desconociendo su orientación sexual. Celebremos que un varón homosexual pueda ser y sentirse masculino, pues tanto se ha conseguido liberar del estereotipo del afeminamiento y, en todo caso, desarrollemos nuevas formas de masculinidad que no contemplen el uso del piropo. ¿Pero cómo puede justificarse emplear la violencia homófoba en este caso?

Hacer uso del discurso feminista para victimizar a un agresor, que fundamenta su homofobia violenta en que considera que ‘debe defenderse’ de un supuesto ‘acoso’, resulta sumamente retorcido pero no es extraño. El llamado ‘pánico homosexual’, el miedo a ser violado por un varón que un hombre heterosexual dice experimentar, ha servido en numerosas ocasiones para obtener sentencias absolutorias, incluso por asesinato. Así se consiguió que en un conocido caso ocurrido en Vigo hace unos años un jurado popular exculpara al asesino de una pareja de varones, hasta que se repitió el juicio y el hombre fue encarcelado. Una forma curiosa ésta para justificar la homofobia, en la que la víctima no es el agredido o el asesinado, sino el agresor o asesino. Una forma de justificar la violencia que deriva en más violencia: otro tuitero, @jvsticed, que ya ha eliminado su cuenta, decía esta semana, al hilo del caso del chico del piropo, «merecido lo tiene el maricón, yo le pegaba si se pasaba también. Le pegaba a todos cojones, que os follen a todos». Habrá aún quien crea que las agresiones homófobas no están aumentando, pero el suceso evidencia que se equivoca: las personas no heterosexuales tenemos ahora comportamientos de suma visibilidad difíciles de pensar hace años, y ésta es la reacción de quienes se sienten ‘acosados’ por nuestra igualdad de derechos.

En resumen, la homofobia se justifica porque incluso la violencia que sufrimos lesbianas, gais, bisexuales y transexuales resulta al cabo ser culpa nuestra, según defienden quienes nos agreden. Nuestra existencia provoca su violencia, porque cuestiona el sistema que posibilita que disfruten de sus privilegios. Si nos integramos en el sistema de valores masculinos y empleamos el piropo, los acosamos; si nos besamos en público debemos ‘respetar’ la libertad de otras personas para insultarnos. Justificar la homofobia, la transfobia y la bifobia es uno de los mecanismos para mantener el estado de las cosas. Y para cambiarlas hace falta una gran transformación cultural que haga imposibles esos argumentarios que culpabilizan a las víctimas. Tenemos un gran trabajo por delante pero, según avanzamos en nuestro camino, hemos de ir dando pequeños pasos. Uno muy apropiado ahora, claro está, es exigir la dimisión de Concepción Dancausa. Señora Delegada del Gobierno: quien no defiende los derechos de las víctimas está defendiendo los planteamientos de los agresores. Deje de provocarnos, y márchese.

Publicado en Cáscara Amarga el 28 de mayo de 2016.

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