Disculpen las molestias: estamos trabajando

Que el movimiento en defensa de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales suele tomar tintes de tragedia griega de vez en cuanto es algo que no sorprende a nadie a estas alturas, pero sucede que de tarde en tarde sus rasgos estilísticos trascienden lo grecolatino y se acercan más al sainete castizo.

Esta semana, al hilo de cierta columnita, será porque celebramos el centenario cervantino que a mí me parece que el texto más adecuado para resumir la actualidad es el conocido entremés de El viejo celoso. Pero no merece la pena dedicar tiempo a los “análisis” desinformados: junto a las piezas breves que, como antaño, representan los actores de segunda, hay una gran obra aun pendiente que debe ser representada.
El trabajo activista es demasiado importante como para detenerse en dimes y diretes, sobre todo ahora, cuando han aumentado de manera innegable las agresiones a personas no heterosexuales.En la Comunidad de Madrid, de la que el Ministerio del Interior reconoce únicamente 19 delitos de odio contra personas LGTB en 2015, hemos llegado a las 64 agresiones en los primeros cuatro meses de 2016, según recoge el Observatorio Madrileño contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia.

Cierto es que siempre es posible abrir un debate improductivo: ¿hay más o se denuncian más? En mi columna de la pasada semana expliqué por qué creo que hay un incremento en la violencia homófoba: el matrimonio igualitario ha provocado el nacimiento de una nueva generación de jóvenes lesbianas, gais, bisexuales y transexuales que son más visibles, pero también una nueva hornada de jóvenes cuya homofobia, bifobia y transfobia se manifiesta de otra manera.

Además, con los datos de que disponemos, del Ministerio y del Observatorio, es innegable el aumento de la violencia, y defender lo contrario sin aportar nuevos datos no es una argumentación, es una falacia. Pero hoy quiero insistir en otra cuestión.

En Madrid contamos este año con más de sesenta víctimas de la violencia homófoba, tránsfoba y bífoba. Han sufrido una o varias agresiones que les han provocado mayores o menores daños.

Muchas de ellas tienen una fuerza sorprendente para reponerse y saben qué es lo que pueden hacer. Otras no y necesitan de una asistencia que las acompañe y las informe de cuántas acciones pueden llevar a cabo. Son víctimas reales, que se han dado de bruces con una realidad que dista mucho de ser la Igualdad que reclamamos.

Dudar de su testimonio, afirmar que sus agresiones son suposiciones mientras no exista una denuncia, es una de las peores formas de insultarlas que se me ocurren. Porque el mundo real, aunque nos pese, sigue imbuido en una cultura de la homofobia -y transfobia y bifobia- que hemos de seguir luchando por erradicar.

Bien es cierto que este fenómeno no es nuevo. En los años ’80 en nuestro Madrid llegaron a producirse incluso asesinatos. Y aunque hay colectivos muy respetables que llevan décadas atendiendo como buenamente pueden estos sucesos considero que, si tantos años después siguen sucediendo y aumentando, está más que claro que su estrategia no es la acertada. Hay que hablar más de la homofobia, de la transfobia y de la bifobia.

No es permisible callarse, porque si no hablamos de estas agresiones será como si no existiesen, como si no nos importasen. Todo activista que se precie debe volcarse en este tema, aunque desvele una realidad incómoda, incompatible con la difusión de la idea de que los derechos LGTB están garantizados. Porque afirmarlo es faltar gravemente a la verdad.

Defender que la cuestión las agresiones es irrelevante y que deben ser silenciadas es hacerle un flaco favor al movimiento LGTB, y brindarle un importante triunfo a la homofobia, transfobia y bifobia.

Si alguien quiere vivir más tranquilo, es perfectamente posible afirmar que Madrid no es una ciudad insegura para lesbianas, gais, bisexuales y transexuales. O al menos no lo es más que París o Londres. Pero allí están haciendo algo: están denunciando a través de distintos observatorios la existencia y el constante aumento de las agresiones.

Hay que hablar de ellas, atender a sus víctimas, y realizar un trabajo de concienciación social sobre esta realidad. Una realidad incómoda, que puede molestar a quien quiera engañarse pensando que nuestros objetivos han de ser otros o que ya está todo conseguido.

Pero sucede que esto no es cierto: hay mucho trabajo por hacer todavía y hay que hacerlo mucho mejor, contabilizando los incidentes y denunciándolos públicamente. Aunque no sea agradable hablar de ello, es la única forma de avanzar en el reconocimiento de nuestros derechos. Así que disculpen las molestias: estamos trabajando.

Publicado en Cáscara Amarga el 7 de mayo de 2016.

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