¿Es posible ser profesor y gay al mismo tiempo?

Esta semana, por fin, me llamaron de un instituto de cuyo nombre prefiero olvidarme para hacerme una entrevista de trabajo y saber si podría sustituir a un profesor de Lengua y Literatura Española durante su baja por enfermedad. Yo tengo que trabajar, y ésta podría haber sido una oportunidad laboral interesante… pero sucede que soy gay y que el centro en cuestión era religioso. ¿Sería posible que me llegaran a contratar?

Tengo formación y experiencia más que suficientes para desempeñar adecuadamente las tareas de que debería encargarme, pero además de esos conocimientos tengo otras características: soy un hombre de treinta y tres años, llevo pendientes, un anillo con la bandera arcoíris y, evidentemente, soy gay.

Por si fuera poco, basta con leer con atención mi currículum para darse cuenta de todo esto: en su momento resumí mi experiencia activista con la frase “larga trayectoria en voluntariado en defensa de los Derechos Humanos”, frase ambigua que no deja lugar a error si se consultan los títulos de los trabajos de investigación que he publicado. “Maricones, travestis y embrujados: la heterodoxia sexual del varón como recurso cómico en el Teatro Breve del Barroco” es un artículo que habla por sí mismo.

¿Cómo enfrentarme a la entrevista? Si me llamaban tras leer mi currículum habían tenido que entender que no sólo soy un profesor: soy un profesor gay, y además bastante. Por eso decidí que, aunque se tratara de un colegio religioso, no me quitaría los pendientes, ni el anillo, ni disimularía cualquier pluma que pudiera notárseme. Estoy tan orgulloso de mi formación y experiencia como de todas las cualidades que adornan con más o menos colores mi identidad.

Reconozco que fue todo un impacto abrir la puerta del Instituto y encontrarme frente a frente con una fotografía del papa Francisco. Pero, citando al mismo pontífice en uno de los momentos en que habló sobre homosexualidad, me dije “¿quién soy yo para juzgarlos?”; y en lugar de echar a correr, entré decidido y busqué a la persona que iba a entrevistarme. Me llevó a una salita donde comenzó a preguntarme por mis estudios y las clases que he impartido en institutos y en la universidad. Todo parecía ir perfectamente, pero tanto él como yo sabíamos que un elefante en la habitación se balanceaba sobre la tela de mi orientación sexual…

“¿Algo más que quieras contarme?”, repitió hasta en tres ocasiones mi entrevistador. Las dos primeras veces hablé de mi devoción por la literatura, que se percibe y ayuda a la hora de explicarla, y de lo mucho que me divierte trabajar con adolescentes, por la forma que tienen de entender el mundo.

A la tercera me quedé callado. Había algo muy importante que decirle: podría explicarle que mi experiencia activista sería utilísima para el alumnado, porque no contratarían únicamente a un docente, sino que conmigo en su plantilla tendrían además un trabajador que podría dar una respuesta rápida a una situación de acoso escolar homófobo.

Pero recordé que, en los casos en que una persona no heterosexual se enfrenta a un posible contrato en un centro educativo religioso existe siempre el mismo dilema: hacer evidente la orientación sexual o identidad de género no normativa supone que te descarten casi inmediatamente; no evidenciarla es interpretado luego, cuando se descubre, como un engaño durante el proceso de selección, y puede acarrear el despido. No podía moverme en esta situación en que tenía que decidir entre perder o perder. Por eso guardé silencio.

“No puedo preguntarte determinadas cosas porque se resentiría la imagen del centro, y por tus derechos, claro. Pero comprenderás que las características de nuestro centro son especiales. No sólo impartimos docencia, sino que también hacemos apostolado, y esperamos de nuestros profesores al menos respeto y, a ser posible, que se impliquen también en esta parte de nuestra labor“.

Estuve a punto de decirle que sucede que no estoy bautizado siquiera. Una gran decisión de mis padres que me permite la libertad para elegir ahora. Pero, estando donde estaba, debieron iluminarme vírgenes y santos, porque mi respuesta fue:

mi profesionalidad como docente incluye, por supuesto, ser consciente del espacio en el que trabajo y qué se espera de mí. Según el centro privado en que trabaje entiendo que es una u otra la forma de enseñar adecuada, pues eso es lo que esperan los padres del alumnado que invierten dinero en una educación muy precisa, de uno u otro corte.

Y me callé. Evidentemente, podría haberle asegurado que me abstendría de organizar un Orgullo en el patio, pero jamás le habría prometido no hablar sobre los problemas sociales que genera la homofobia ni que no me visibilizaría como gay si creo que eso puede ayudar a cierta parte del alumnado a crecer y aprender de un modo más libre.

Ahí dimos por terminada la entrevista. Ya me llamarían. Y lo hicieron pocas horas después, para decirme que mi perfil “no era el ideal”. Sigo sin trabajo, pero no dejo de preguntarme qué sucede en ése y otros tantos centros privados de enseñanza religiosa.

¿Se habla al alumnado de homofobia? ¿Se previene el acoso escolar? ¿Puede considerarse cristiana una educación que priva a los estudiantes de desarrollar la capacidad de empatizar con las personas que no son como ellos, ponerse en su lugar y comprender sus problemas?

Habrá que trabajar mucho para dar respuesta a todas estas cuestiones. Y habrá que lugar para que nuestros perfiles, que tan bien quedarían en monedas y camafeos que hablaran de nuestra historia, se entiendan tan ideales como son en realidad.

Publicado en Cáscara Amarga el 12 de marzo de 2016.

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