“Reirvindicar”: cómo hacer que el discurso activista llegue a más personas

La gente suele pensar que los activistas somos gente muy enfadada. Siempre andamos quejándonos por esto o por aquello, por una injusticia o la siguiente, y puede que sea esa la visión que ofrecemos tanto sobre nosotros como sobre el trabajo que hacemos. Salvo algunos casos considero que esa sensación la producimos de manera inconsciente, y es algo lógico: pasamos buena parte de nuestros días recopilando noticias e historias bastante dramáticas: asesinatos a personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, agresiones, cientos de discriminaciones por los más diversos motivos… Esta semana, sin ir más lejos, en una reunión de mi asociación conocimos casi en directo el caso de dos jóvenes insultados, agredidos y expulsados de un local de Madrid porque el camarero escuchó en su conversación referencias a su homosexualidad.

Sea por un motivo u otro, lo cierto es que esta visión que desprendemos los activistas de nosotros mismos acaba resultando contraproducente para la difusión de nuestro discurso. Nuestras reivindicaciones resultan tan serias, tan atemorizantes, que las personas no heterosexuales, que conviven a diario con los problemas que denunciamos, prefieren evitar recordarlos y prestan más atención a contenidos divertidos e irrelevantes, en línea con la percepción de intrascendencia y superficialidad que socialmente se tiene de la llamada “cultura gay”.

Realmente no es algo propio de nuestra subcultura sino común al momento histórico que vivimos. La desideologización, incluso en un momento de aparente mayor participación política, es hoy una constante. Queremos implicarnos, participar, pero falla la difusión de herramientas que permitan percibir las injusticias sociales. Por eso encontramos que se presentan como fundamentales reivindicaciones que pueden considerarse secundarias, o que se pretende dar solución a determinados problemas sociales, como los obstáculos para el acceso a la paternidad y maternidad, a través de mecanismos que reproducen los mismos esquemas sociales que producen esas dificultades y, además, la dominación sobre otras personas, como sucede con los intentos para que se regule el vientre de alquiler.

Lo paradójico es que nuestro movimiento LGTB se caracteriza en algunos momentos por su capacidad para transmitir su discurso de manera muy eficiente, mientras que en otros sus esfuerzos resultan casi improductivos. Buen ejemplo de lo primero es nuestro Orgullo, donde reivindicamos la libertad a través de la sonrisa. Lo serio es heterosexual, y nuestras demandas sociales llegan más lejos cuando empleamos el lenguaje subversivo de la felicidad. Si el Orgullo fuera menos “alegre”, si no presentara esa maravillosa forma de “carnavalada” que tanto molesta a algunos –a los de siempre- y que es el secreto de su éxito, nos encontraríamos con menor movilización en apoyo a nuestras reivindicaciones. Prueba de ello son las convocatorias que se realizan desde el activismo LGTB en otras situaciones, con toda la seriedad que requiere el lenguaje de la corrección política –heterosexual-, y donde tristemente nos damos cita unas pocas personas. Las de siempre, las más comprometidas.

Quizá sea el momento de empezar a emplear el lenguaje que tan buenos resultados ha ofrecido en el Orgullo para hacer conscientes a lesbianas, gais, bisexuales y transexuales de otras reivindicaciones. Esta semana, por ejemplo, se ha viralizado la campaña de Arcópoli frente al VIH en que hemos sacado a la calle a La Condonera, una chulapa que como “La Violetera” de Sara Montiel y con videoclip incluido repartía preservativos por las calles de Madrid. Tras el éxito de la campaña la conclusión es evidente: es más sencillo que el mensaje llegue a su destino si se emplea el lenguaje que más seduce al destinatario. Los hombres gais, bisexuales y aquellos recogidos bajo el desetiquetador concepto de “hombres que tienen sexo con hombres” suponen la mitad de nuevos casos de VIH, e intuíamos que la relajación en la protección frente al virus que se ha producido entre los jóvenes se debía en buena parte a que no se empleaba un código que les resultara atractivo, que pudieran asumir como propio. Cuando los jóvenes son conscientes de que ya no se trata, en nuestro contexto, de un virus mortal, las campañas que transmiten un tono de mayor o menor desasosiego no pueden funcionar. Confían en que el tratamiento es cada vez más eficiente y, así, es preciso seguir concienciando sobre el uso del preservativo con otro lenguaje: uno alegre y desenfadado que, sin dejar de estar comprometido, traduzca el trabajo de anteriores generaciones de activistas a los jóvenes que comparten distintos posicionamientos de aquellos que produjeron ese activismo.

Aprovechar lo “superficial”, “intrascendente” y desenfadado del contexto en el que se mueven lesbianas, gais, transexuales y bisexuales es precisamente el camino más corto para entregarles un mensaje. Reivindicar deleitando, reirvindicar, puede ser, ahora, la mejor forma para llegar a muchas personas a las que aún debemos transmitir nuestro discurso.

Publicado en Cáscara Amarga el 5 de diciembre de 2015.

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