Los problemas del “lenguaje inclusivo”

Uno de los debates más recurrentes dentro de los activismos, fundamentalmente en el Feminismo y en la lucha por la erradicación de la homofobia –y bifobia y transfobia- es el del uso inclusivo de la lengua persiguiendo la visibilización del género social tradicionalmente excluido del discurso público: el femenino. A raíz del enésimo debate al que he asistido esta semana sobre la cuestión quiero dedicar unas líneas a reflexionar sobre el tema.

El primer punto que es necesario precisar consiste en diferenciar adecuadamente el género gramatical del género social. Éste sabemos que consiste en una serie de caracteres sociales, culturales, políticos, psicológicos, sexuales, etc. que se asignan socioculturalmente como propios y de manera diferenciada a varones y mujeres, si bien pueden cambiar, y cambian, según el contexto histórico y cultural en que nos movamos. Por su parte el género gramatical es un sistema de clasificación nominal de las lenguas, que diferencia determinadas palabras según un número determinado de clases, y se emplea para relacionarlas con otras palabras a través de la concordancia. Por emplear el mismo término –”género”- es habitual inferir que existe una relación entre el género social y el lingüístico y, aunque la hay, de un modo objetivo se afirma de manera general que en la lengua las relaciones entre significado –el contenido semántico de una palabra- y su significante –el conjunto de sonidos a través de los que la reconocemos- son totalmente arbitrarios. Así, en latín, los árboles presentan un género femenino, y sus frutos neutro, mientras que en castellano el árbol es masculino y el fruto frecuentemente femenino. Es la arbitrariedad la que relaciona significado y significante. En teoría.

Dicho esto, centrémonos en el género gramatical del castellano. Si bien nuestra lengua procede del latín, donde existían masculino, femenino y neutro, se acepta que el español presenta los géneros masculino y femenino, con algunos restos pronominales del neutro –ello, lo-. Pero esto no deja de ser una convención: realmente el género gramatical masculino no existe en nuestra lengua: es el género no marcado, frente al femenino, que sí está marcado, diferenciándose, en los términos con flexión de género, a través de la incorporación de las consabidas –a, -esa, -triz. Las palabras también pueden ser ambiguas –se emplean con ambos géneros: “el/la mar salado/a”-, epicenas –tienen un solo género para ambos sexos: “el ratón”- o comunes –presentan la misma forma para ambos sexos: “el/la estudiante aplicado/a”-.

Si bien, como se decía, el género gramatical que conocemos como masculino se emplea para hablar de la totalidad de las cosas, independientemente de su género social, y el género gramatical femenino excluye a cuantas cosas no presenten un género gramatical femenino, socialmente viene considerándose que la relación entre el género social y el gramatical no es arbitraria y que, como consecuencia, el uso del masculino gramatical como “genérico” invisibiliza a las mujeres, de género social y gramatical femenino

De ahí la costumbre de expresar “todos y todas”, “amigos y amigas”, etc., tratando de visibilizar a las mujeres, que recomiendan los usos políticos tras la loable lucha del Feminismo por incorporar al discurso de lo común su género femenino, social y gramatical.

Por su parte el activismo intergénero ha empezado últimamente a denunciar, siguiendo la interpretación de no arbitrariedad entre una y otra forma de género, que si el masculino invisibilizaba a las mujeres, el uso de una flexión de género binaria no permite la visibilidad de personas que se sitúan, de un modo u otro, fuera de la dicotomía femenino/masculino.

Así, en su momento se sustituyó la “@” que recogía masculino y femenino por una “x” que permite llegar más allá de ese binarismo; y se ha propuesto también la incorporación del pronombre “elle” -que desde las redes sociales se ha solicitado ser aceptado por la Real Academia-, y del morfema –e, que añadido al lexema sirve para manifestar en nuestro habla el reconocimiento de esas otras posibilidades en cuanto al género social. “Todos, todas y todes”, llegando incluso a emplear esa –e como género no marcado: “les activistes estamos comprometides con los derechos sociales”.

Surge entonces un problema importante, y es que esa –e puede considerarse variante de la –o masculina y manifestar este género, como se desvela gracias a algunos plurales: “señores y señoras”. Podría intentarse con la –i, pero desde finales de 2014 se empieza a usar como terminación para diminutivos abreviados -“guapi, amigui”- y no hace sino invisibilizar realmente el género de la palabra, detectable en ese caso únicamente a través de sus complementos. Sólo nos quedaría la –u, pero se corre el riesgo de ser confundida con el masculina del asturiano.

Con los recursos de que dispone nuestra lengua es prácticamente imposible romper el binarismo de género sin incorporar nuevos conceptos de difícil implementación social, cuestión lógica considerando que el binarismo afecta fundamentalmente al contexto sociocultural y que es de allí desde donde se traslada a lo lingüístico.

En otro orden de cosas, dentro del discurso activista por los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales y en el Feminismo se emplea en ocasiones el género gramatical femenino como genérico, para referirse tanto al género social masculino como al femenino.

Se empieza a aceptar incluso que si en un grupo priman las personas que se reconocen en el género social femenino se emplee el género gramatical femenino, en lugar de lo habitual, que es emplear el masculino aunque una sola persona se sienta identificada con él. Y en este uso del femenino genérico, si bien tanto a mí como a “muchas compañeras activistas” nos gusta utilizar, encuentro dos problemas digno de considerar.

Uno, importante, es que, como hace poco escuché decir a Marcela Lagarde, se dificulta el trabajo de concienciación al hombre heterosexual de que debe incorporarse a la defensa de nuestros derechos, pues gramaticalmente, según su forma de entender el género gramatical, lo estamos excluyendo.

Otro problema, más importante aún, es que el uso del género gramatical femenino, entendiéndolo parejo del género social femenino, resulta ofensivo para determinadas personas: algunos hombres transexuales, gais y bisexuales lo interpretan como una agresión, porque no comparten o no han sido informados de cómo desde el activismo se subvierte el orden social a través de un uso subversivo del género gramatical.

Es fácil de entender que un hombre transexual quiera ser llamado en masculino, pues ésa es una de sus principales reivindicaciones, si no la más fundamental, así como que un hombre gay o bisexual, cuyas prácticas sexuales con otros hombres lo apartan de la ortodoxia del género –social- masculino, encuentre en esa designación en femenino una reiteración del cuestionamiento de su género social sentido, así como un recuerdo doloroso de algún episodio de discriminación, tan común, en que se le designara con un género que no siente como propio. Si el lenguaje inclusivo puede ser interpretado como lenguaje homófobo existe un problema que debemos resolver.

Cuestión aparte, y debe ser destacado, es un uso muy particular del género gramatical femenino entre hombres no heterosexuales, que se corresponde con un contexto lúdico en que se permiten recíprocamente tratarse en femenino, trocando incluso los nombres propios a sus correspondientes de mujer e incluso flexionando en femenino algunas palabras –”¡qué asca!”-; subvirtiendo así los mandatos del género social en cuanto al género gramatical que se le adscribe y, sobre todo, porque puede ser muy divertido. No obstante, este “ludolecto” presenta los mismos problemas que antes comentaba, y puede ser entendido como agresivo, si no se cuenta con la licencia previa del interlocutor para ser empleado.

En conclusión es preciso recordar que, si bien de un modo objetivo el género gramatical y el social se relacionan de manera arbitraria, observamos que, desde un punto de vista subjetivo, más allá del análisis de nuestra lengua como algo alejado de las personas, y teniendo muy en cuenta la pragmática y la sociolingüística, el género gramatical puede ser la antesala de sentimientos de discriminación en cuanto al género social.

Así importa ante todo la cautela, la “conciencia de auditorio”: saber a quién nos dirigimos y cómo interpretará nuestro uso del género gramatical es el primer paso para empezar a comprender bien las muchas disquisiciones que pueden realizarse sobre la cuestión. Si bien se acepta ya dentro de la corrección política la reiteración del género femenino, pensemos además en la posibilidad de otros géneros, en cómo trasladarlos a lo visible en nuestra gramática –si es que es posible-, y cuidemos de que en ningún momento nuestro uso del género gramatical pueda resultar ofensivo.

El castellano es una lengua maravillosa, aunque limitada, y no tiene culpa alguna del machismo y la discriminación por orientación sexual e identidad de género que imperan en nuestro contexto sociocultural.

Busquemos el cambio, hablemos visibilizando todos los géneros o evitando todas las flexiones empleando abstractos. Aprendamos a usar las herramientas de nuestra lengua para trasladar a ella nuestra forma de pensar. Porque si bien es cierto que la lengua moldea nuestro pensamiento,  también lo es que nuestra forma de pensar puede encontrar su espacio dentro de un sistema lingüístico tan limitado como lo sea nuestra capacidad y nuestra imaginación para usarlo. La lengua es nuestra primera herramienta y el primer paso de nuestro camino hacia la Igualdad. Recorrerlo adecuadamente depende de todos. Y todas. Y todes.

Publicado en Cáscara Amarga el 28 de noviembre de 2015.

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