“Ius iudicandi”: el derecho a juzgarnos, diagnosticarnos e insultarnos

En una consulta médica una mujer debe enfrentarse siempre a una discriminación porque, dado que los estudios de salud no suelen incorporar perspectiva de género, el tratamiento para su problema en realidad será el adecuado para un varón. Si esa mujer además no es heterosexual se enfrentará a otro problema más, pues en la mayor parte de los casos su médico supondrá que lo es y tratará sus afecciones obviando su realidad sexual, que puede afectar mucho a la precisión de su diagnóstico. Para evitarlo suele ser la paciente la que tiene que precisar que es lesbiana o bisexual, en lugar de que el profesional de la medicina se haga responsable de la situación y trate de emplear protocolos válidos para todo tipo de sexualidad. Pero si es la mujer que acude a la consulta la que revela su orientación sexual no heterosexual puede encontrarse con algo increíble: que el médico ofrezca un diagnóstico no para el problema que se le pide tratar sino para la propia sexualidad de la paciente, a la que después de su declaración considera, de un modo u otro, una enferma. Así ha sucedido esta semana en Alicante cuando una mujer lesbiana ha tenido que escuchar de su médico “no es por meterme contigo, pero sabes que ser homosexual es anormal. Lo normal es ser heterosexual y es por esto que vosotras tenéis más enfermedades“.

Nuestras vidas como lesbianas, gais, bisexuales y transexuales son constantemente sometidas a juicio. No me refiero únicamente a que en numerosas ocasiones el reconocimiento o negación de nuestros derechos deba pasar por un juzgado, como fue necesario para aprobar el Matrimonio Igualitario en Estados Unidos, como ha sucedido en Italia cuando su Tribunal Supremo ha negado la posibilidad de reconocer matrimonios entre personas del mismo sexo, o como esperamos en España a que nuestro Supremo decida si Patrick, un joven trans de la oscense Benasque, puede modificar su nombre en el Registro Civil. Me refiero especialmente a que a las personas no heterosexuales se nos juzga diariamente de otra forma que, por ser tan cotidiana, resulta más difícil denunciar como una práctica habitual de la intolerancia.

Suelen ser varones presuntamente heterosexuales pero, como vemos con el caso de la consulta médica, en que la profesional era una mujer, el fenómeno se extiende a la totalidad de nuestros conciudadanos. Tampoco es algo característico de un determinado discurso político. Personas de cualquier ideología pueden practicarlo, aunque activistas “muy de izquierdas” cometan el error de asociarlo especialmente a la extrema derecha, colaborando incoscientemente con el sustento de este problema al deslocalizar el debate. Lo apartan del problema de la homofobia, bifobia y transfobia para acercarlo a la lucha contra las ideologías fascistas, tema que parece interesarles mucho más pero cuya relación con lo que nos ocupa no es más que tangencial.

A lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, cuando ocupamos visiblemente el espacio público, se nos recrimina constantemente nuestra visibilidad mediante agresiones verbales. “Bollera”, “maricón”, “vicioso” y “manolo” -aunque los insultos a personas bisexuales y trans, por su complejidad, merecen capítulo aparte- son los instrumentos que emplea el heterosexismo para, a través de la exclamación de cualquier persona desconocida con la que nos crucemos, recordarnos que nuestro comportamiento o apariencia no se corresponde con lo que se espera de nosotros y nosotras: que seamos y nos comportemos como perfectos heterosexuales.

Junto a esta valoración no solicitada sobre nuestra forma de adecuarnos a los patrones de género dominantes, junto a este acoso callejero, hemos de escuchar de conocidos y desconocidos, como en el caso de la doctora lesbófoba, diferentes opiniones sobre nuestra forma de vivir nuestra orientación sexual y nuestra identidad de género, sin que hayamos mostrado ningún interés por ellas. Nos debe dar exactamente igual que alguien piense que nuestra homosexualidad, bisexualidad o transexualidad “son enfermedades” o “formas maravillosas de vivir libremente que demuestran nuestra fortaleza para superar los mandatos sociales”. Cierto es que resulta preferible escuchar la segunda opinión pero, si no hemos preguntado, ¿por qué alguien quiere informarnos de su valoración sobre nuestras cualidades sexuales? Porque la heterosexualidad otorga a sus acólitos el privilegio del dominante a valorar la existencia del dominado. Someternos al juicio ajeno sin haberlo solicitado es una forma de violencia contra nosotros y nosotras, una forma sutilísima de discriminación de la que tenemos que ser conscientes, para tratar de evitar que tras ese juicio que tiene como resultado el insulto se proceda a la sentencia, a la agresión como forma última de tratar de reincorporar al patrón “adecuado” de conducta a todo aquél que se aparte de sus mandatos.

El Feminismo, que es la mejor brújula teórica para navegar en el mar de la lucha por los derechos, lleva ya muchos años denunciando una práctica tan extendida y aparentemente tan inocua como es el piropo. Como en nuestro caso, cuando ocupan el espacio público las mujeres tienen que soportar frecuentemente ser informadas de las valoraciones que hacen sobre ellas varones a quienes no conocen. Su adecuación al modelo de la mujer perfecta, físicamente sobre todo, se juzga en la calle y se informa a la “procesada” del resultado, que se justifica como halago cuando es positivo. Contra esta práctica del piropo, “tan bonita y alegre”, se lanzó hace meses una campaña en redes: “no me llamo nena”, que buscaba la concienciación en que el respeto a las mujeres requiere no emitir juicios valorativos sobre ellas cuando no son ellas quienes los solicitan. Es necesario también que, desde nuestro activismo, dé comienzo una batalla férrea contra las agresiones verbales, que son el punto de partida hacia las agresiones físicas, y a ser posible que tenga más alcance que el sencillo e improductivo reapropiamiento del insulto como marca de distinción -llamarnos “maricones” y “bolleras” a nosotros mismos- para tratar de desactivar su potencial despectivo, pues no se consigue con eso más que visibilizar que, pues no nos ofenden, pueden seguir usándose. Hace falta dejar de tolerar que se nos juzgue para empezar a someter a juicio las acciones más intolerantes que sufrimos. Porque las mujeres no se llaman “nenas”, ni las lesbianas se llaman “bolleras”, ni los gais se llaman “maricones”, ni los bisexuales se llaman “viciosos”, ni las personas trans se llaman “manolos”…

Publicado en Cáscara Amarga el 31 de octubre de 2015.

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