Yo no quiero a Esperanza Aguirre

Hemos conseguido que la homofobia, la bifobia y la transfobia queden encerradas en una sola palabra: “pero”. Y aunque hace más de un año nos alegrábamos de que España fuera el país donde un mayor porcentaje de población aprobaba la homosexualidad (un 88%), no reparamos en que esa afirmación respondía a otra pregunta: “¿Cree usted que es incorrecto afirmar que no tolera a las personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales?”. Porque no hemos de engañarnos, a pesar de que disfrutamos de mayor libertad que en otras muchas partes del planeta, la homofobia, bifobia y transfobia siguen campando a sus anchas por nuestro país, si bien una gran mayoría es ya consciente de que debe buscar otras formas para expresar su odio.

La más innovadora es utilizar un “pero”. Una simple conjunción adversativa donde descansa toda la intolerancia de una persona que ha evolucionado hasta considerar que no es lícito mostrar su intransigencia libremente. La frase más empleada es de sobra conocida: “yo tengo muchos amigos gais, pero…”, y a partir de ahí aún está permitido pronunciar todas las barbaridades que a uno se le ocurran porque, como el hablante ha comenzado su discurso afirmando un supuesto apoyo a nuestro colectivo (“yo apoyo las reivindicaciones LGTB, pero…”), se le permite decirnos después que, en realidad, no nos apoya en absoluto.

Mi amigo Yago Blando, secretario general de Arcópoli, no hace mucho se preguntaba, en un acto que compartimos, quién será ese misterioso hombre gay que es amigo de todos los homófobos del mundo. Creo que sería necesario preguntarle por cómo sobrevive día tras día escuchando que “debería comportarse de un modo más normal”, “no debería acercarse a los niños”, “tiene derechos, pero que no lo llame matrimonio”, etc. Sin duda la suya debe ser una vida muy triste, oyendo a sus amigos y amigas decirle continuamente cuánto le quieren y cuántas cosas debe hacer para que le sigan queriendo.

De este modo es evidente que lo que hemos conseguido no es un cambio real en la forma mentis de los españoles y españolas. No es que por fin nos respeten, sino que simplemente han pasado a mostrarnos una aceptación condicionada. Sólo respetarán nuestros derechos cuando nuestra forma de ser en el mundo no interfiera con los privilegios que ellos consideran derechos inalienables.

Un caso evidente es la educación. Esta misma semana La Gaceta publicaba un impactante titular: “Las leyes del lobby gay violan la libertad educativa en España”. La pobre argumentación que ofrece este “respetable” medio es la siguiente: con las nuevas leyes en defensa de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, en Galicia y Cataluña, se incluye en los planes de estudio la realidad de las personas no heterosexuales, y se pretende integrar la Diversidad Sexual y de Género en la sociedad, para acabar con la exclusión, y esto, que a ti y a mí nos parece lógico y necesario, ha molestado mucho a estos señores, que denuncian cómo introducir estas ideas en la educación atenta contra el derecho a la libre educación familiar. Es decir: suponen que la difusión de ideas carpetovetónicas sobre la familia tradicional y la sexualidad tanto en los centros educativos como en el hogar constituye un derecho inalienable; defienden que todos los padres tienen el derecho a inculcar a sus vástagos la discriminación, el odio y la ceguera hacia la realidad, tienen derecho a mutilar el uso de la razón de sus hijos y adoctrinarles en el pensamiento torpe de la intolerancia. Y, por supuesto, la culpa es nuestra, camarada de lobby, porque hemos interferido en lo que ellos consideran un “derecho”. A mi la barbarie que enarbola La Gaceta me recuerda a otro gran “derecho”: el de que el matrimonio estuviera únicamente reservado a las parejas de distinto sexo. ¿Te acuerdas de cuando la intolerancia defendía que convertir un privilegio exclusivo de una serie de parejas en una institución abierta a toda la población a través del Matrimonio Igualitario era un atentado a sus derechos? No me extraña que, con tanto como atentamos, la tremebunda web Religión en Libertad aunase en un títular, en noviembre de 2012 “ETA y los gays”…

Llamarlo Matrimonio era fundamental. Pero a Esperanza Aguirre en 2008 le pareció inadecuado que usásemos esa palabra: “se podrían haber regulado las uniones entre las personas del mismo sexo sin necesidad de haberlas llamado matrimonio”, nos dijo la condesa, afirmando que el único objetivo del Presidente Zapatero con esto era “meterles el dedo en el ojo a los católicos”. Esta semana la que ya es candidata al Ayuntamiento de Madrid –no sin un interesante tira y afloja con Rajoy disputándose el título de “lideresa”- ha pasado por el plató de Ana Rosa Quintana y nos ha regalado una nueva frase para el recuerdo: “el colectivo homosexual es el que más aprecio me tiene”. Sólo ella podía rizar el rizo de la intolerancia. Si una neohomófoba cualquiera afirmaría que “tiene muchos amigos gays”, Aguirre no sólo no nos informa de si nos quiere o no, sino que ha confirmado, nadie sabe cómo, que somos nosotros quienes la adoramos. La responsabilidad del afecto ha cambiado, y la homofobia ya no tiene por qué tenernos ningún tipo de cariño, debidamente disimulado hasta llegar al “pero”. Ahora nos toca a nosotros responder a tanto amor dando nuestros votos a la mujer que eliminó las ayudas de la Comunidad de Madrid a la lucha contra el VIH mientras se fotografíaba rodeada de personas transexuales, gracias a los ingeniosos mecanismos de pinkwashing que viene realizando el Partido Popular de Madrid, tema del que hablé hace unos meses.

Antes de que sigas enviando flores a la única planta de Génova que no fue reformada gracias a –presuntamente- el dinero obtenido a través de la financiación ilegal del Partido Popular, creo que deberías saber que quizá no seas el tipo de persona no heterosexual que puede amar a la candidata de última hora. Porque parece que para tener el “privilegio” de apreciar a la señora Aguirre uno debe ser un tipo de persona muy determinado. Tampoco, como sucedía antes, podemos interferir en sus “derechos”. Así lo aseguraba en su momento Rafael Salazar, presidente entonces de Colegas –entidad que misteriosamente suele apoyar siempre los planteamientos de la derecha que se disfraza de tolerancia-, cuando afirmaba que coincidía con el pensamiento aguirrista en que no le gustaba el “estereotipo de homosexuales que ‘vende’ el Orgullo Gay“. Una muestra más de intolerancia, pero bien vestida y debidamente maquillada. Ya sabemos qué esconde la Condesa.

Si tienes la sospecha de ser una persona lesbiana, gay, bisexual o transexual no normativa, si te apetece ir a la manifestación del Orgullo como te venga en gana, si no quieres reproducir modelos de comportamiento aceptables por esas personas “de la buena estirpe” que quieren ser amigos tuyos o pretenden que los adores por encima de todas las cosas, o si consideras que el aborto es un derecho, en contra de lo declarado esta semana por la candidata, que cree que supone no una libertad para que una mujer decida sobre su propio cuerpo sino “el fracaso de la mujer”; si piensas todo esto repite conmigo: Yo no quiero a Esperanza Aguirre.

Publicado en Cáscara Amarga el 14 de marzo de 2015.

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