La Cruz del Nefando

Muy cerca de la Casita del Príncipe, en el municipio madrileño de El Escorial, se levanta olvidada la Cruz del Nefando. En torno a esta cruz de término, que seguramente en su momento marcara el límite del pueblo, corre una leyenda, casi olvidada, que creo necesario rescatar.

Corría el año 1577 cuando el hijo del panadero de la reina Ana fue sorprendido junto a dos jóvenes, practicando lo que entonces se llamaba pecado nefando, “que no debe ser pronunciado”, y que hoy llamaríamos simplemente homosexualidad. La pareja con la que lo encontraron se salvó porque, en aquella época de la sodomía, se consideraba que quienes ocupaban el rol pasivo, “paciente”, se decía, eran menos culpables que el “agente” o activo. A éste lo quemaron, tras un brevísimo proceso, y en el lugar donde cayeron sus cenizas se levantó una cruz, primero de madera y más tarde esculpida en piedra, para que vecinos y vecinas del lugar recordaran, atemorizados, lo que les podría suceder a quienes se apartaran de la doctrina sexual.

De esta historia, quizá tan cierta como la de otros miles de personas que murieron en los fuegos de la Inquisición, queda el recuerdo no sólo de esa cruz, sino también las palabras de un cronista que habla del suceso de una manera especial, casi podría decirse que con pesar. No se sorprende además Fray Juan de San Gerónimo, en sus Memorias, del descubrimiento de los sodomitas escurialenses, porque, como nos indica,

“Este desventurado de mozo traía estos ruines tractos con los muchachos en este verano, en el cual tiempo nuestro Señor envió grandes señales en esta tierra, y enviando fuego del cielo a este monesterio, y espesos rayos y truenos, y gruesos granizos, con otros grandes trabajos dignos de ser temidos como lo esperimentamos los que lo vimos”.

Así, sabemos que uno de los rasgos del pensamiento de aquel entonces acerca de la heterodoxia sexual era achacarle la capacidad para convocar fenómenos atmosféricos, a través del enfado que le producían al dios del cristianismo, que mandaba aquellos granizos como señal de que el pecado se andaba practicando. Ya lo anunciaba Alfonso X, en el Título XXI de la Séptima Partida, donde nos encontramos, al hablar de la sodomía, “Ca por tales yerros embia nuestro señor Dios sobre la tierra donde lo fazen fambre, e pestilencia, e tormentos, e otros males muchos, que non podría contar”.

Esta semana, ya en nuestro siglo XXI, que supuestamente ha superado la época oscura del fanatismo religioso, y mientras nos alegrábamos de la recuperación de Teresa Romero, que ha sobrevivido al ébola a pesar de la incompetencia de la Ministra Mato y el Consejero de Sanidad madrileño, el extraño Ron Baity, pastor de la Iglesia Bautista Berean en Winston-Salem, nos ha advertido de que, tras la aprobación del Matrimonio Igualitario en Carolina del Norte, el dios vengativo en el que cree nos enviará algo peor que el ébola como castigo. Este mismo personaje, en 2012, no sólo pidió que se enjuiciara a lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, sino que nos comparó con gusanos y nos regaló una gran frase: “nos hemos vuelto tan tontos que hemos aceptado una mentira como verdad, y hemos descartado la verdad”.

Yo no sé si soy capaz de asegurar con toda certeza que el señor Baity no es tonto, y tampoco me siento con fuerzas para interpretar qué es mentira y qué es verdad en su sistema de pensamiento, porque intuyo que podríamos sorprendernos ambos bastante al descubrir que lo que él acepta, con fe, como verdad, yo puedo rebatirlo, con ciencia, como mentira; y que lo que el “buen” pastor afirma ser falso y perjudicial es para mí, para todas nosotras, nuestra forma de ser y estar cotidiana. Y en esta nuestra verdad hay que destacar varios sucesos que han tenido lugar esta semana. En primer lugar, mientras este individuo nos amenazaba con algo peor que el ébola, se ha celebrado una besada multitudinaria para condenar el ataque que sufrió un joven gay la semana pasada en Castilleja de la Cuesta (Sevilla), del que supimos que había padecido acoso a lo largo de toda su vida, hasta el punto de necesitar ansiolíticos para poder conciliar el sueño, y que, cuando iba a recibir la enésima paliza, tuvo que escuchar a sus agresores decirle “nos reímos de ti y cuando nos riamos de ti, tú te piras, maricón“, dejando muy claro que cuando se comienza una agresión el agresor la lleva a cabo con una extraña autoridad que le otorga su particular visión de la Verdad, que tanto poder le ofrece. Del mismo modo, no puedo pensar qué sufrimiento provocará a sus víctimas que el skinhead que las agredió en Castelldefels haya sido condenado únicamente a dos años de cárcel, disfrutando de una rebaja de la condena al entenderse como atetuante que haya indemnizado a los agredidos con 1.370 euros, indemnización que, dentro de lo poco que sé, entiendo como obligada dentro de la parte civil del procedimiento, y que por ello no debiera considerarse como hecha de buena fe por el delincuente. Y mientras, en Londres, dos jóvenes fueron salvajemente atacados en la noche de Halloween por dos hombres disfrazados, para más escarnio, con sendos tutús de color rosa.

Ésta es mi verdad, nuestra Verdad, la que el pastor Baity se atreve a llamar mentira. Durante siglos lesbianas, gais, bisexuales y transexuales hemos soportado los insultos, las palizas, las persecuciones, las torturas, las prisiones, los asesinatos. Hemos sido víctimas de la hoguera, de la horca, del electroshock. Aún hoy hay quienes son recluídos, en nuestra propia España, en centros especiales para ser “tratados” y reconvertidos en heterosexuales. Y en memoria de todo el sufrimiento que personas como el señor Baity nos han causado recibimos ahora la amenaza de que un nuevo mal vendrá por arte de magia a asolar la tierra. Mire, señor pastor, la verdadera plaga no son las langostas, ni la lluvia de fuego, ni siquiera el ébola. La plaga son todos ustedes, los que toman entre sus manos manchadas de sangre la imagen de un hombre crucificado como único argumentario para crucificar a otros hombres y mujeres. Tengo la absoluta certeza de que su propio Dios, en el que yo no creo, estaría avergonzado.

Por eso considero necesario rescatar historias, leyendas ya casi de un pasado oscuro y triste, que sigan ayudando a construir nuestra Verdad. Porque todas nuestras cruces, nuestras hogueras, nuestras torturas “terapéuticas”, no deben caer en el olvido. Y en la Plaza Mayor de Madrid, donde se celebraron tantos autos de fe, en la Puerta de Alcalá, donde se situaba el quemadero para los condenados, en la Cruz del Nefando de El Escorial, sigue sin existir ningún cartel, a modo de humilde monumento, que recuerde la historia de aquel joven, hijo del panadero de la reina Ana, y de tantos otros y tantas otras, que una vez se atrevieron, con el viento en contra, a ser como somos. Como somos de Verdad.

Publicado en Cáscara Amarga el 8 de noviembre de 2014.

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