Yo no tengo miedo

Suelo emplear muy a menudo una frase de Amelia Valcárcel, una de las feministas más importantes de España: «quien tiene miedo no tiene poder». Creo que resulta necesario -si no urgente- hablar sobre nuestros miedos como lesbianas, gais, bisexuales y transexuales; intuyo que ese ejercicio puede ser muy útil para nuestro trabajo en defensa de nuestros derechos.

Considero que reconocer que nuestras experiencias sobre el miedo son las mismas que han soportado otras personas servirá para establecer nuevos vínculos activistas, y que una vez podamos enfrentar nuestros temores cara a cara, y así superarlos, nuestras libertades comenzarán por fin a hacerse realidad más allá de los textos legales.

Hablé de esto hace ya tiempo: nos hemos acostumbrado a vivir con miedo. Cruzar un parque de noche, encontrarnos con un grupo de jóvenes que se jalean unos a otros en su fratría, nos resulta tremendamente violento: sentimos miedo.

Lo mismo les sucede a las mujeres, y así lo explicaba en 1984 Alessandra Bocchetti en un apasionante artículo llamado ¿Por qué tengo miedo a los hombres?, donde exponía que se trata, en su caso, del temor a la violación, una vez enculturada cualquier mujer en un contexto en que existe siempre la posibilidad de convertirse en víctima de la violencia sexual.

Las personas no heterosexuales sentimos de un modo similar, aunque rara vez hablemos de ello. Me resultó interesante descubrir, hace ya un año, que muchas de las respuestas que recibí sobre aquella columna mía, contando mi propia experiencia con el miedo, se basaban en la misma idea: le había pasado lo mismo a muchas personas. ¿Por qué no hablamos sobre el miedo?

No hace mucho tiempo, también, cuando empezaron a ser tristemente habituales las noticias sobre agresiones a lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, hubo quien consideró inapropiado dar visibilidad a esos sucesos porque, decían, generaría un innecesario estado de alarma.

Cuanto más reflexiono sobre aquel debate tan estéril más seguro estoy de que era y es necesario hablar sobre agresiones: se trata de visibilizar una realidad que ha pasado olvidada demasiado tiempo. Desde finales de los años 70 hasta el cambio de milenio fueron habituales las noticias sobre sucesos violentos, que en varias ocasiones incluyeron asesinatos.

Incluso en 1995 Cogam denunciaba un incremento de la violencia homófoba. Pero desde que comenzamos el nuevo siglo y, con él, el Matrimonio Igualitario se convirtió en nuestro fundamental objetivo la denuncia de la violencia parece haber pasado a segundo plano, hasta fechas muy recientes.

Además, es imposible generar un estado de alarma en un grupo social, el nuestro, que se ha acostumbrado a vivir alarmado de manera continua: las cautelas para salvaguardar nuestros armarios, en su momento, o los aprendizajes sobre en qué momento podemos ser más o menos libres son los síntomas de que nuestra libertad está condicionada por una necesidad de sentirnos seguros, que a su vez desvela que si necesitamos eso es porque consideramos que algo compromete nuestra seguridad: tenemos miedo.

Pero, insisto, ¿por qué no hablamos de ello? ¿Los varones gais, bisexuales y trans seremos menos viriles si reconocemos que en ocasiones también tenemos miedo? Quizá la impronta de la cultura heterosexual, de la cultura de la homofobia, haya marcado tan duramente nuestra piel que incluso no nos permitamos confesarnos nuestros miedos, pues tenemos miedo a no parecer “verdaderos hombres”. Incluso es posible que hayamos dejado de percibir nuestros miedos. Decía Bochetti que «una mujer tiene que sufrir tantas sutiles humillaciones, por el solo hecho de ser mujer, que ha terminado practicando una cierta sordera, para así no darse cuenta».

Desde hace semanas algunos activistas estamos recibiendo amenazas de muerte en redes sociales. Primero fue la cuenta de Twitter @IgualdadLGBT, luego tuvieron que soportarlas Rubén López y Carla Antonelli.

El acoso es continuo, contra personas e incluso contra colectivos enteros, como ha sucedido con Arcópoli; y la semana pasada yo mismo recibí numerosos mensajes que, acompañados de imágenes de armas y personas empuñándolas, prometían matarme.

Ante las amenazas hemos de mostrarnos más firmes que nunca: denunciar sin demora, reconocer el temor lógico y superarlo cuanto antes, porque sobreponernos a esa experiencia del miedo puede unirnos como iguales mucho más que entretenernos en el eterno debate sobre nuestras etiquetas: nuestra primera etiqueta como movimiento que logra producir cambios sociales es nuestra misma oposición a la homofobia, la transfobia y la bifobia.

En nuestra infancia aprendimos a tener miedo de los monstruos que se escondían en el armario, y cuando crecimos aprendimos a vivir encerrados en armarios, creyéndonos monstruos, con miedo a salir a la luz, a dejarnos ver, por lo que pudiera llegar a sucedernos.

Ahora hemos de superar todos esos miedos, para estar más cerca de alcanzar nuestro poder, de nuestra capacidad de decidir libremente cómo comportarnos y por dónde caminar sin temor alguno. Por eso es importante empezar a confesárnoslo y tratar de dejarlo atrás: debemos empezar a no permitir a nadie sentirse capaz de atemorizarnos con amenazas, a decir en voz alta que yo no tengo miedo.

Publicado en Cáscara Amarga el 30 de octubre de 2016.

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