Ana Rosa te enseña tu hábitat

Es como si hay una manifestación en contra de los gays en su hábitat” ha sido esta semana la comparación que Ana Rosa Quintana ha tenido a bien realizar para ejemplificar el caso de Rita Maestre, que como sabemos irrumpió con un grupo de personas en una capilla de la Universidad Complutense para denunciar lo inadecuado de su presencia en el campus y el machismo de la Iglesia Católica. Aunque la presentadora ha salido del paso gracias a la Real Academia, que define hábitat, entre otras, como “ambiente particularmente adecuado a los gustos y necesidades personales de alguien”; se ha convertido rápido en el hazmerreír de las redes sociales sin que esta vez pudiera echar mano a ningún escritor anónimo que pudiera solucionarle esta novela. 

Ante esta ocurrencia es necesario, en primer lugar, recordarle a la señora Quintana que los gais somos unos organismos especialmente resistentes y podemos desenvolvernos adecuadamente en diferentes entornos. Sólo la hoguera, el psiquiátrico y la cárcel son los medios que nos resultan más gravosos, aunque también hemos conseguido sobrevivir a ellos en las diferentes ocasiones en que se ha intentado exterminar nuestra “especie”. Porque entiendo que para cometer el error de considerar los espacios que frecuentemos un “hábitat” es así como es preciso vernos: no como una minoría que acostumbra encontrarse en torno a unas determinadas zonas, a veces llamadas “gueto”, incluso, con todo lo que esto conlleva; sino directamente como una especie diferenciada. Es cierto que nuestro trabajo activista ha podido excederse en sus planteamientos diferencialistas, empleando un discurso de corte étnico en lugar del antiguo discurso de la liberación, que quizá sea urgente recuperar, y esto puede haber propiciado que una mujer presuntamente heterosexual nos entienda como personas muy ajenas a sí misma… pero creo que resulta excesivo interpretarnos como una especie aparte que puede irse a contemplar a Chueca mientras nos entretiene arrojándonos frutos secos, ropa cara, música comercial y algunos derechos civiles.

Por otra parte, y mucho más importante, es necesario señalar y denunciar el relativismo, interesado o no, de la afirmación de Ana Rosa. Con su comparación se pretende hacer equivalente la ocupación de un espacio empleado por un grupo social dominante -los católicos- por parte del grupo dominado -mujeres y laicos- con la situación inversa: la irrupción en el espacio propio del grupo dominado -el “ambiente”- de unos manifestantes que, entiendo, serían todos heterosexuales -dominantes- y se presentarían allí para tratar de afianzar sus privilegios. Para hacer la atrocidad más evidente puede emplearse la comparación frecuente con la reivindicación de la igualdad étnica, llevarla al extremo, y así sorprendernos con que la señora Quintana con su ejemplo plantearía que el Ku Klux Klan es equiparable a las Panteras Negras de Malcom X.

Pero, una vez puntualizada y analizada la tontería televisiva, no le demos ninguna importancia. Olvidemos las ocurrencias que deben ofrecer en antena determinadas presentadoras para seguir resultando de interés a sus espectadores, olvidemos incluso lo triste que resulta que a esto se le pueda llamar periodismo y que algunas personas deban someterse al escarnio por parte de sus propios guionistas. Olvidemos todo y salgamos a las calles a disfrutar de nuestro hábitat, que se extiende mucho más allá del puñado de calles donde Ana Rosa cree que estamos encerrados. Rompamos esas rejas y poblemos el mundo, que también es nuestro.

Publicado en Cáscara Amarga el 19 de febrero de 2016.

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