Arévalo, Bertín, y los “chistes de mariquitas”

Celebramos el Carnaval y esta semana, gracias a la conversación entre Arévalo y Bertín Osborne en el programa de este último en Televisión Española, quiero detenerme a reflexionar sobre el humor, y cómo en algunos momentos ofende, estigmatiza y contribuye a la perpetuación de la discriminación hacia las personas lesbianas, gays, bisexuales y transexuales.

Con la celeridad que las caracteriza, las redes sociales afirmaron que el presentador había dicho en antena “se ha perdido el humor en este país porque ya no nos reímos con chistes de gangosos y mariquitas”. No fue así literalmente. En su conversación ambos humoristas se quejaban de que ya no era posible hacer chistes en torno a ambos estereotipos. Arévalo ponía, como ejemplo, la siguiente conversación:

– Te voy a contar un chiste. Un mariquita…
– Oye no te metas con los mariq…
– Yo no me estoy metiendo. El protagonista de este chiste es un chico afeminado;

y Bertín Osborne respondía con un lacónico “sí, pero se ha perdido el sentido del humor en este país“. No es oportuno detenerse en las diferencias entre orientación sexual y expresión de género, porque es muy posible que ninguno de los cómicos apreciaran la diferencia; pero sí creo que, en su ignorancia, nos ofrecen una pregunta interesante: ¿se ha perdido el sentido del humor en España?

El humor es como la energía: ni se pierde ni se destruye, sólo se transforma. Y es posible entender que dos humoristas propios de otra época se encuentren desorientados en esta que vivimos. Sucede además que lo que ha cambiado no es únicamente el sentido del humor; han cambiado muchas cosas más desde que Arévalo y Bertín salían en el 1, 2, 3 fingiendo que el primero trataba de seducir al segundo.

Treinta años después las personas no heterosexuales hemos alcanzado un estatus suficiente para que se escuche nuestra denuncia cuando se nos somete a procesos que, mediante un uso bien dirigido de la risa, nos convierten en personajes grotescos, despreciables y deshumanizados, perfectamente convertibles en víctimas de agresiones. Porque de eso trata la risa que tanto echan de menos Arévalo y Bertín. Su humor es una de las muchas formas de la violencia simbólica que padecemos a diario lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, y que son el sustento último de la violencia verbal y la violencia física.

Recuerdo haber escuchado hace unos meses al mismo Bertín Osborne vociferar en la Cadena Ser sobre sus seis tíos fusilados en Paracuellos. Intuyo que, aunque a él sigan haciéndole gracia los chistes de mariquitas, como cuando trataba de contárselos a un grupo de niños en televisión en 2010, no le resultaría igual de divertido que alguien contara un chiste tras otro sobre los fusilados del bando sublevado durante la Guerra Civil.

En cambio, las víctimas del otro bando fueron objeto durante años de constantes desprecios, y aún hoy siguen siéndolo. Y es aquí donde es posible hallar uno de los misterios de la risa, que esconde una relación de poder entre quien se ríe y quien resulta risible.

Arévalo y Bertín posiblemente no sean conscientes de que sí, el humor ha cambiado, porque poco a poco las relaciones de poder entre dominados y dominantes también han evolucionado. Y seguirán haciéndolo, si continuamos trabajando.

Las personas tradicionalmente risibles denunciamos ahora tener que soportar la violencia de la risa. Y por eso sigue siendo necesario difundir una ética de la risa, que recuerde que el humor a costa de las personas socialmente estigmatizadas por sus capacidades, su estado de salud, su etnia, su origen nacional, su orientación sexual e identidad de género y por supuesto su sexo es una forma de humor censurable, porque sostiene el sistema social que las estigmatiza.

Frente a ella es posible, en contrapartida, una risa subversiva, propia del Carnaval, que invierte el orden del mundo y permite a los dominados reírse a mandíbula batiente de quienes los domina, y exorcizar así buena parte de su estigma. Pero es necesario recordar también que la risa carnavalesca, cuando cuestiona el orden social, no hace sino reforzarlo, aceptándolo por bueno, porque lo emplea como referente, aun para invertirlo, salvo en los tiempos y contextos en que la risa subversiva es permitida.

Sigamos construyendo, evolucionando. Dejemos de emplear el humor para reforzar las relaciones sociales de poder o para cuestionarlas con la inversión, reforzándolas en negativo como normativas.

Levantemos una nueva risa al margen de las relaciones de poder, si es posible. Y prestemos poca atención a esos humoristas tristes, desfasados, que sólo sobreviven ya paniaguados, apesebrados, por los medios de comunicación en manos de la derecha.

Olvidemos a Bertín, olvidemos a Arévalo. Ellos, como su época, ya están muertos. Y de los muertos no está bien reírse.

Publicado en Cáscara Amarga el 6 de febrero de 2016.

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