Non plus ultra: el juego de las identidades y los discursos activistas

Nuevamente y por desgracia una agresión en Madrid, esta vez a una joven transexual, nos obliga a enfrentarnos al problema de cómo respondemos a la homofobia -y bifobia y transfobia- desde el discurso activista. En esta ocasión el ataque, que dio comienzo cuando la joven fue saludada como “señorita” por el dueño del local al que entraba, se desató al “corregirle” uno de los clientes, que afirmó “no es una señorita, es un maricón“; y es ésta la frase que me lleva a reflexionar acerca de cómo construimos nuestras identidades y cómo nos perciben las personas que deciden agredirnos. ¿Somos quienes sentimos que somos o somos lo que otras personas entienden que somos?

“Ser es ser percibido”, decía George Berkeley, pero por contra todo nuestro movimiento actual en defensa de los derechos de las personas no heterosexuales se asienta en la defensa en mayor o menor medida de unas identidades supuestamente autoconstruidas. A los primerísimos discursos de activistas gais se unieron pronto las lesbianas, más tarde las personas transexuales y, finalmente, las bisexuales. No obstante las agresiones siguen produciéndose bajo los mismos adjetivos de siempre, como en el caso de la joven atacada en el madrileño barrio de Tetuán: para los agresores no se trata de una mujer transexual, sino simplemente de “un maricón”. Algo falla en nuestra forma de reivindicar cuando, tras décadas de trabajo, no hemos conseguido que nuestro discurso cale lo suficiente para que esa equivocación no pueda producirse. Porque del mismo modo en que Sancho recordaba a don Quijote cuál era su verdadera identidad, según aquél, y de igual manera en que ambos discutían sobre si se trataba de molinos o gigantes, de una bacía o del mítico yelmo de Mambrino, nuestra reivindicación superidentitaria se enfrenta al discurso de la homofobia -y bifobia y transfobia- tan enraizado en nuestra cultura. ¿Puede asociarse nuestra afirmación identitaria con el quitojesco “yo sé quién soy”? ¿Los discursos que nos atacan son de naturaleza sanchopancesca? ¿Es posible convenir una realidad “baciyélmica” en la que puedan darse cita ambas visiones sin enfrentamiento?

En esta batalla dialéctica en la que tanto el discurso discriminativo característico de la Cultura de la homofobia -y bifobia y transfobia- como el que defendemos quienes trabajamos por los derechos de las personas no heterosexuales intentan imponerse puede apreciarse que, si aquel no se ha modificado en las últimas décadas más que para generar una neohomofobia o posthomofobia más sibilina, nuestras maneras de afrontar la reivindicación de derechos han ido variando, siempre en torno a distintos modos de entender las identidades no heterosexuales. Así a las cuatro letras clásicas para hablar de personas lesbianas, gais, transexuales y bisexuales -LGTB- se les han venido añadiendo muchas otras. Encontramos en primer lugar, pero no antes en el tiempo, la I que alude a las personas intersexuales, cuyo discurso reivindicativo aún requiere en nuestro país de un mayor desarrollo para el que es necesaria mayor visibilidad de las personas implicadas y, evidentemente, requiere que ellas mismas precisen si se reivindican como una identidad, a la manera LGTB, o únicamente demandan que se garantice que no se lleven a cabo cirugías en los recién nacidos intersexuales, como parece que es lo que actualmente exigen. Lógicamente, y dejando a un lado que buena parte de las personas intersexuales pueden asumir identidades trans como consecuencia de una errónea asignación de sexo/género en el momento del nacimiento, sería necesario plantearse cómo encajar en el discurso identitario LGTB las reivindicaciones de una “letra” que puede no reivindicarse como identitaria.

De este modo llegamos, en segundo lugar, a otra sigla que tan frecuentemente se incorpora a las letras habituales: la Q de queer que, partiendo de una concepción del sexo y el género diferentes a las que construyen las identidades LGTB, se opone a ellas al deconstruir sus fundamentos. El problema está servido entonces, ya que al escribir las siglas LGTBQ aunamos dos discursos reivindicativos que se anulan mutuamente, prácticamente dos lenguas activistas distintas, y se producen enfrentamientos entre identidades equivalentes pero asentadas en uno u otro planteamiento. El ejemplo más fácil es la oposición clásica entre personas bisexuales, que se sienten atraídas por ambos sexos, dentro del sistema sexo/género propio de lo LGTB que acepta la existencia de dos sexos con la posibilidad de inclusión de personas intersexuales; y personas pansexuales, que se sienten atraídas por más de un solo sexo -etimológicamente debieran ser “todos”-, según el sistema sexo/género defendido desde los posicionamientos queer que considera posibles más de dos sexos mucho más allá de la misma aceptación de las personas intersexuales.

Pero de un tiempo a esta parte, como resultado de la difusión de los posicionamientos queer, es habitual el juego de la incorporación de “letras” hasta convertir el aún poco conocido pero cada vez más habitual LGTB en un -más aún- impronunciable conglomerado donde se encuentran las conocidas personas lesbianas, gais, transexuales y bisexuales con otras identidades posibles como la ¿identidad? intersexual además de la propia Q de queer y, con ella, las que nacen de su discurso, como son pansexuales, intergénero, agénero, bigénero, asexuales, demisexuales, etc. Sólo incluyendo las mencionadas obtendríamos un LGTBIQIABAD, en que además la T podría resumir o no todas las identidades trans, que incluyen personas transexuales, transgénero, travestis y transformistas. Y por si fuera poco en algunas ocasiones el activismo queer juega con las identidades para ofrecer nuevas posibilidades que cuestionen las clásicas LGTB, con interesantes ejemplos como personas diversexuales, atraídas por quienes se presentan con identidades fuera de lo normativo, egosexuales, por quienes les recuerdan a ellas mismas, limnosexuales, interesadas únicamente por ficciones sexuales y no realidades…; pero hay quienes en lugar de compartir ese juego del discurso queer interpretan esas posibilidades como identidades afirmables y así las emplean para autodesignarse, convirtiendo de esta manera la categorización de la identidad sexo/género prácticamente en un objeto de consumo: es posible que se busque la etiqueta más exótica para designarse a uno mismo en el contexto en que dicha etiqueta, por la dificultad teórica que entraña, asegura un estatus teórico de quien la emplea, pasando de ser empleada para la reivindicación a utilizarse como signo de distinción intelectual. Además, para poder resumir el conjunto de posibles identidades, que aceptando todas aquéllas serían cientos, algunos jóvenes activistas han empezado a utilizar un símbolo + que sigue a las clásicas LGTB. Elegetebeplus, pronuncian, y aunque hay que valorar la intentona por no olvidar ninguna de las identidades posibles, creo necesario señalar cómo mediante esa visibilización de identidades teóricas y ese plus que trata de aunarlas junto a las ya conocidas se acaba produciendo una maraña discursiva que agrupa y pretende reivindicar derechos empleando al mismo tiempo todos los posicionamientos posibles, sin importar que, en el mayor número de las veces, unos y otros discursos se den de bruces en su forma de percibir la realidad. Y también, como consecuencia de esta visibilización de etiquetas, se produce una atomización del discurso reivindicativo -las personas pansexuales se reivindican en sus posicionamientos, las personas agénero en los suyos propios, etc- que dificulta una defensa global de derechos para la Diversidad Sexual y de Género, debilitando el trabajo activista y propiciando con la vindicación fragmentada la perpetuación de la siempre inquebrantable Cultura de la homofobia -y bifobia y transfobia y panfobia y agénerofobia…-. Es el mismo problema que habitualmente se señala a la izquierda política y que provoca en este caso que a una joven transexual se la perciba aún como “un maricón”, como en el caso que comentábamos al principio, a pesar de los muchos avances del discurso trans.

Aunque defendamos nuestras identidades, construídas ya desde nuestras prácticas sexuales, partiendo de nuestras orientaciones sexuales para llegar hasta nuestras filias más puntuales, ya desde nuestras expresiones de género, desde un posicionamiento más o menos queer, y teniendo siempre en cuenta, como en otras veces he señalado, que las construimos a partir de posiciones aprendidas de esa Cultura de la homofobia en que todos y todas nos hemos criado, tal como Alonso de Quijano construyó a don Quijote apoyándose en los libros de caballerías escritos en el mundo de Sancho; seguimos siendo percibidos de otro modo, tal como nos interpreta todo un contexto cultural que es el mismo que nos amenaza. Nuestro trabajo activista quizá deba insistir más aún en vencer el discurso de la homofobia -y bifobia y transfobia- haciendo más partícipe de nuestro discurso activista a quienes por desconocerlo siguen los planteamientos de la Cultura de la discriminación. La única forma de vencer la dialéctica discursiva es lograr implicar a más y más gente en nuestra propia forma de percibir y entender el mundo.

Ejemplo de este enfrentamiento encontramos no sólo las dos visiones de una misma realidad en cuanto a la agresión a la joven trans de la que hemos hablado; también las desafortunadísimas declaraciones de Carlos Zúñiga, empresario taurino adjudicatario de la plaza de Gijón que pide respeto para la tauromaquia arguyendo que es el Orgullo el que hace “daño a la vista de los niños“, cuyas afirmaciones han sido duramente contestadas por los colectivos LGTB y el pleno del Ayuntamiento de la ciudad, a excepción, como es habitual, del Partido Popular. La juventud del empresario nos llevaría a pensar que debiera estar más sensibilizado con nuestro discurso en defensa de los Derechos Humanos -también lo debería estar en relación a los Derechos de los animales-, si bien nos topamos con este suceso, que me recuerda una viñeta aparecida en el semanario satírico El Jueves de la pasada semana donde se explicaban las dos posiciones extremas frente a la Diversidad Sexual y de Género: a un personaje que decía “¡mirad, alguien raro! ¡Vamos a tirarle piedras!” se enfrentaba “otri” que predicaba “soy un skoliosexual pangénero y llamaré homófobo a todo el que no se refiera a mí con los pronombres “li/elli” propuestos en un artículo científico que sólo hemos leído diez personas”. A través del siempre utilísimo humor se nos hace evidente que dos posicionamientos tan enfrentados muy difícilmente pueden generar un punto de vista común y respetuoso, esto es, que con ese discurso activista tan poco cercano a la realidad según la perciben -y nos perciben- quienes comparten la Cultura de la homofobia el conflicto dialéctico es irresoluble y, en todo caso, acabaría venciendo la visión privilegiada que nos discrimina.

Ése mismo humor sirvió para que, en una viñeta de ABC, se satirizase la descoordinación del Ayuntamiento de Madrid bajo el mando de Manuela Carmena, pues en un huerto urbano que servía como ejemplo se enfrentaba la “concejalía de ecohuertos urbanos sostenibles”, que pretendía multar al agricultor a quien se le habían espigado las lechugas, con la “concejalía de activismo de los gais, lesbianas, transexuales, bisexuales e intersexuales”, que defendía el derecho de las lechugas a espigarse, pues es necesario recordar que las lechugas siempre se espigan si no se les corta el brote y se recolectan. Pese a que hay quien ha querido ver el fantasma de la homofobia en ese chiste gráfico -parece que queda muy poco del “Je suis Charlie” cuando el humor toca nuestros propios temas- es preciso reconocer la validez de la metáfora: nuestro trabajo consiste precisamente en defender el derecho de las lechugas a espigarse, y el dibujante entiende a la perfección qué perseguimos con nuestro discurso. El problema es que en ocasiones nuestro regodeo en las construcciones teóricas nos aleja de lo cotidiano edificando un castillo en el aire que aun siendo tan hermoso resulta inaccesible. Hagamos un discurso más transmisible para que, al menos, lo entendamos nosotros mismos. Que sirva la teoría para ilustrar la práctica, no para dificultarla, y así conseguiremos saber si somos quienes sentimos que somos o quienes nos perciben que somos, si preferimos a Sancho, a don Quijote, o queremos defender la convención del baciyelmo. Aprendamos a comunicarnos y a comprender debidamente las cosas que se nos dicen, y no condenemos la espiga cuando habla precisamente de quienes somos, y el propio Lorca la persiguió al esperar “la llegada del reino de la espiga” en que la libertad fuera posible. No siempre hay que teorizar plus, pero la necesidad de reivindicar más y mejor es constante.

Publicado en Cáscara Amarga el 15 de agosto de 2015.

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