¿Dónde está el país de las hadas? Qué es y para qué sirve la Cultura LGTB

En la mayoría de las páginas de noticias sobre temas que atañen a las personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales existe una sección dedicada a la Cultura. Así en esta Cáscara Amarga encontramos noticias como el estreno de Luz frágil, pieza dramática que dirige Luciano Murel, con la compañía Limbo Teatro, que estoy deseando ir a ver; reseñas de discos como el nuevo Cómo hemos cambiado, de Sole Giménez, de exposiciones como la de Thomas Knights, que reivindica la belleza pelirroja, incluso de sucesos de televisión, como las historias lésbicas que pueden tener lugar en esta edición de Gran Hermano, o la poca presencia de personajes transexuales en series de televisión frente al cada vez mayor número de lesbianas, gais y bisexuales, como advierte la estadounidense Alianza Gay y Lésbica. Todas estas noticias, de un modo u otro, hablan de cuestiones que a nosotros y nosotras, las personas no heterosexuales, nos resultan interesantes. Y todas apuntan hacia una cuestión que no está del todo resuelta: ¿existe la “Cultura LGTB”? y, en todo caso, ¿para qué nos sirve?

Para afrontar tan complicado debate debemos precisar, en primer lugar, qué entendemos por Cultura, porque Real Academia ofrece definiciones tan dispares como “cultivo”, “conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”, “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc”, e incluso “culto religioso”, sin que podamos obviar una interesante definición, la de cultura popular, descrita como el “conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo”. Para aportar una visión más científica podemos recurrir a la explicación clásica que diera Tylor en 1871 al precisar que la cultura es “aquel todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres, y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre”. Y no está de más tener muy en cuenta afirmaciones como la de Ruth Benedict, en 1939, cuando señala que “cada cultura es un todo comprensible sólo en sus propios términos”, o a Malinowski, para quien la cultura debería entenderse como una propia y completa cosmovisión, una «realidad sui generis». Dejando a un lado visiones de la Cultura en que es entendida tanto específicamente referida a lo artístico, como relativa a lo que no es puramente biológico, lo que está construído por el ser humano y su capacidad simbolizante, como la que nos ofrece Leslie White, quedémonos de todas ésta con la idea de que una cultura es una forma de interpretar el mundo, compuesta por todos los mecanismos necesarios para que el ser humano descifre lo que sucede a su alrededor, que incluyen desde el arte hasta la medicina, pasando por supuesto por la lengua.

De este modo, defender la existencia hoy de una cultura propia de las personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales se hace complicado, porque para que pudiéramos afirmarla sería precisa la existencia no sólo de una tradición artística, de la que luego hablaremos, sino también de unas técnicas médicas propias, de una lengua propia… Lo que hacemos, según considero, las personas no heterosexuales es adecuar la cultura en que hemos sido educadas, “enculturadas”, a la realidad específica que nos concierne. No tenemos una medicina propia, pero sí reclamamos que dentro de las técnicas médicas comunes en nuestro entorno se tenga en cuenta la realidad de la diversidad sexual y de género, y que el ginecólogo no presuponga, por ejemplo, que una mujer en su consulta va a ser siempre heterosexual, y que puede tener una vida sexual muy activa siendo lesbiana o bisexual. No tenemos una lengua propia, pero sí generamos palabras para denominar a determinados elementos y actitudes específicos de nuestra cotidianeidad, o nos reapropiamos de términos para usarlos como propios. Si entendemos la Cultura como una cosmovisión de una sociedad especifica, la nuestra, nuestra llamada “Cultura LGTB”, es en realidad una subcultura, porque depende en gran parte de una Cultura más amplia, de donde la subcultura extrae los rasgos culturales generales, en ocasiones reinterpretándolos, y a la que aporta además algunos de sus productos (sub)culturales, transformándola. Ambas caminan unidas por la historia, y los cambios culturales que afectan a la cultura madre afectan, en mayor o menor media, a la subcultura de la heterodoxia sexual, y ocurre en ocasiones al contrario.

Por un lado, como decimos, la llamada “Cultura LGTB” depende como es lógico de la diferenciación de esas cuatro letras, de las cuatro identidades fundamentales que conforman la mayor parte de la diversidad sexual y de género. Y al referirse de forma tan evidente a la sexualidad, es lógico también que su evolución dependa de los cambios de pensamiento sobre la sexualidad de la cultura madre. De esta suerte, está ya bastante comprobado que antes del siglo XVIII la diferenciación hoy básica entre personas heterosexuales y personas no heterosexuales no tenía sentido, porque la forma mentis, el modo de pensar hasta la Ilustración en los temas relativos al sexo eran muy diferentes a los de hoy. Hasta ese momento las prácticas sexuales no empiezan a conformar personalidades, identidades. Acostumbro dividir la Historia occidental, cuando afronto esta cuestión, en cuatro grandes períodos. El primero, la Antigüedad, está caracterizado por la diversidad de planteamientos en torno a la heterodoxia sexual, siendo posible encontrar sociedades que ensalzan las prácticas homosexuales, como la helénica, y otras que las persiguen fervientemente, como la hebrea. A continuación encontramos una larga época, la Edad Sodomítica, caracterizada por ser el pensamiento religioso el que interpreta la sexualidad, y abomina de las prácticas y comportamientos heterodoxos denominándolos sodomíticos y luego construyendo el concepto propio de la sodomía. Y es precisamente en torno al siglo XVIII cuando se abre un nuevo período, la Edad Homosexual, en que la sexualidad se convierte en un objeto de análisis médico y jurídico, que al plantear la heterodoxia sexual como una parte esencial de la persona acaba transformándolo en una identidad; gracias a lo que arribamos al último puerto, la Edad LGTB, en que esas identidades se convierten en reivindicaciones políticas. De este modo, las tan discutidas etiquetas para describir la heterodoxia sexual siguen una evolución diferenciada en dos grandes períodos: aquél en que las prácticas alternativas al canon sexual no constituían una identidad y esta en que sí lo hacen, y lo que fueran en Grecia el erómenos y el erastés se pasó a catalogar como sodomía cuando el cristianismo ocupó el pensamiento occidental, para convertirse en homosexualidad en el siglo XIX, desgajarse por fin en homosexualidad y transexualidad a mediados del XX, y reinventarse entonces esas etiquetas, siempre junto a una bisexualidad más o menos entendida como hoy lo hacemos, como las identidades políticas lesbiana, gay, bisexual y transexual. Con la irrupción del pensamiento queer, que pone en tela de juicio el binarismo, surgen nuevas formas, nuevas etiquetas, que empiezan a ser frecuentes: personas pansexuales, intergénero, antrosexuales… con la inclusión de reivindicaciones intersexuales componen, junto a las ahora clásicas LGTB, componen el crisol identitario de la diversidad sexual y de género. Pero no dejo de plantearme, siguiendo de lejos a Foucault, que afirma que las diferentes etiquetas decimonónicas surgen al calor de una sciencia sexualis interesada en catalogar y dispersar la heterodoxia sexual, si la nueva eclosión de identidades a que hoy asistimos no está produciendo también, y esta vez como consecuencia de nuestra propia actividad reivindicativa, una dispersión individualista de la otredad sexual que puede acabar haciendo imposible una única voz frente a la dominación heterocisgénero. Ése es el gran problema que puede suponer la incorporación de identidades queer al discurso activista, pues estas variopintas identidades, como se ha criticado en algunas ocasiones por especialistas como Susana López Penedo, pueden llegar a convertirse en sí mismas en objetos de consumo, en identidades de consumo. Con esta referencia a lo económico no podemos olvidar un gran cambio que experimenta la cultura madre occidental en paralelo a la evolución de la heterodoxia sexual: el cambio de práctica determinada a identidad se produce al mismo tiempo que triunfan las revoluciones burguesas. Es un proceso, por tanto, relacionado con la evolución de los sistemas de producción y, de esa suerte y volviendo al planteamiento anterior, la transformación actual del sistema capitalista pudiera ser causa más o menos lejana de la aparición de nuevas etiquetas relativas a la identidad sexual y de género.

Retomando el aspecto cultural, en lo que se refiere a la cultura entendida como artes sí encontramos a través de la historia un uso recurrente de determinados motivos, determinada tradiciones artísticas. Ganimedes, el hermoso joven raptado por Zeus, puede ser el ejemplo más significativo, pues recorre toda la historia de la Humanidad hasta nuestros días como un símbolo reconocible de la homosexualidad, si bien ha caído en el olvido y son ya pocos los que en las estatuas que coronan algunos edificios madrileños, antiguas sedes de La Unión y El Fénix, cuyo logo recuerda el mito del adolescente griego, reconocen un icono cultural propio de la homosexualidad. Muchos otros han sido completamente olvidados, como el clavel verde que a finales del XIX y principios del XX suponía un sistema de reconocimiento entre personas no heterosexuales; y otros siguen encriptados esperando a ser revelados, como el ya más conocido caso de La Sirenita de Andersen, mito al que recurrio el autor para expresar su afecto homosexual. Lo que hoy llamamos “Cultura LGTB” es el resultado de una revolución social que visibiliza realidades y construye nuevos símbolos, condenando al olvido a los antiguos. La bandera del arcoiris hace que nos olvidemos de los claveles verdes y de las alas de águila que raptaron a Ganimedes, las discotecas de baile individual dejan atrás los espacios para el baile en pareja entre personas del mismo sexo que fueron famosos en los años 20, el Matrimonio Igualitario y el debate en torno a él suplanta las ceremonias de unión que celebró el cristianismo en la Edad Media y los rituales de convivencia previos a la existencia de la figura legal que nos equiparaba a las personas heterosexuales. Y esto sólo en Occidente, porque existe también una globalización de esta “Cultura LGTB”, asociada a la cultura occidental, que transculturaliza personas no heterosexuales de otros territorios que juran la bandera del arcoiris dejando atrás tradiciones propias referidas a la heterodoxia sexual. El mundo de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales cambia, como señala Frèderic Martel en su Global gay, y cambia hacia una uniformidad fundamentada en Occidente: las hijras de la India, identidades a medio camino entre el hombre y la mujer de larguísima tradición, dejan paso a designaciones como personas transexuales.

¿Para qué sirve, entonces, esta “Cultura LGTB” que hemos construido desde Stonewall? Para hacernos libres, para identificarnos, para sentirnos parte de un grupo. Del mismo modo que la cultura de las mujeres conceptualizada desde la Librería de Milán, la “Cultura LGTB”, ésta que hoy disfrutamos, supone la consagración de nuestra diferencia, el conjunto de rasgos culturales que hemos sabido preservar y reestructurar una y otra vez para hoy poder mirarnos en ellos como en un espejo y reconocernos. Pero del mismo modo que esa cultura de las mujeres, la “Cultura LGTB”, estas tradiciones nuestras reinventadas, han sido desarrolladas desde un espacio que se nos ha asignado desde la heterosexualidad. Lo que hoy entendemos como culturalmente propio de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales puede que no deje de ser de algún modo una reinterpretación de lo que nos era propio cuando estábamos más claramente oprimidos. De alguna forma, lo que entendemos como “Cultura LGTB” puede ser incluso una forma de dominación disfrazada, que no nos conduce ahora a la hoguera o al manicomio, pero nos lleva al gimnasio, a las discotecas, a los trabajos precarios para conseguir independencia de una familia que quizá no nos entiende, para reinvertir nuestros escasos salarios en productos diseñados para personas LGTB: viajes específicos para personas LGTB, ropa diseñada para personas LGTB, libros, música y arte de relativa calidad creados para personas LGTB…

Ante esto urge generar nuestras propias formas culturales, cuestionando en todo momento su posible relación con los patrones de la heterosexualidad. Y a este respecto es necesario rescatar la figura de Harry Hay, fundador a mediados del siglo XX de la Mattachine Society, una de las primerísimas organizaciones en defensa de los derechos de las personas no heterosexuales, que con el tiempo, al observar la progresiva asimilación del movimiento con las heteronormatividad, decidió construir una pequeña comunidad, las Radical Faeries, las Hadas Radicales, que reivindican una identidad autoasignada como “hada”, no como “gay”, y se relacionan con lo espiritual y lo natural apartándose de los patrones de la norma LGTB, de los modelos homonormativos que son cuestionados por su relación indirecta con los modelos heteronormativos. Los elementos que componen sus identidades son tan dispares como integrantes tenga su comunidad, pero todas se reconocen bajo la misma etiqueta. Por eso, mientras hablamos de la “Cultura LGTB”, subcultura o producto de mercado destinado para lesbianas, gais, transexuales y bisexuales, yo te quiero invitar a descubrir conmigo otras posibilidades, otros mundos que creemos las personas no heterosexuales para nosotras mismas, sin más limitaciones que las que nos impongan nuestras alas. Ven conmigo a buscar el país de las hadas.

Esta semana participo en las Jornadas de Jóvenes sin Armarios de FELGTB. Este texto será parte de mi ponencia, y éste el himno que cantaré junto a las demás Hadas que allí pueda encontrar.

Un himno para las Hadas

Nosotras las extravagantes, las desubicadas,

nosotras que no encajamos en ningún puzzle;

con la fuerza que nos ofrece la Tierra,

con el ánimo que nos ofrece el Aire,

con la mano en el Agua y la mano en el Fuego;

nosotras las Hadas, las hijas de los bosques,

estamos aquí para reconocernos.

Hemos elegido nuestros nombres,

nombres para nosotras escogidos por nosotras,

hemos construido nuestros cuerpos a imagen y semejanza

únicamente de lo que somos y sentimos.

Yo soy como soy gracias a lo que nosotras somos,

nuestro sexo y género, nuestro deseo,

sólo nosotras podemos explicarlo.

Somos las Hadas de la próxima primavera,

y allí donde sonreímos amanece la Libertad.

Publicado en Cáscara Amarga el 11 de octubre de 2014.

 

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