La libertad de expresión no consiste en el ‘derecho a la homofobia’

La futura Ley LGTB que pretende sacar adelante la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transexuales se enfrenta a un momento crucial en su proceso de aprobación: desde la izquierda se alzan voces críticas contra el texto, poniendo en riesgo no solo un avance fundamental en el reconocimiento de los derechos de las personas no heterosexuales, sino vulnerando todo el discurso que garantiza la protección de las minorías.

Bien es cierto que el desarrollo de esta nueva Ley, que supondrá un hito activista a la altura de la aprobación del Matrimonio Igualitario, ha tenido que superar diferentes escollos; y es algo comprensible, pues el texto legislativo supone un avance de tal calado que requerirá de un gran esfuerzo didáctico por parte del movimiento activista para ser bien entendida su necesidad. Bien es cierto, igualmente, que quizá no sea la estrategia adoptada por la FELGTB la que yo considere más acertada en este punto, y que quizá hubiera sido preferible priorizar una reforma del Código Penal que condenase con vehemencia los delitos de odio, en general, y concretar luego una ley específicamente LGTB. Pero lo que no es permisible es que, como ya resulta demasiado frecuente, se equipare el discurso en defensa de los Derechos Humanos con una mal entendida ‘libertad de expresión’ que consiste única y precisamente en conculcar esos Derechos Humanos. Y eso es lo que está sucediendo ahora con nuestra Ley LGTB.

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Lo que nos une

¿Tengo yo algo en común con toda esta gente?

Iba a titular esta columna Lo que nos separa. Porque en mi peregrinaje por tierras españolas presentando La cultura de la homofobia he llegado este fin de semana al Pride de Maspalomas y aquí, que es donde escribo, tras una presentación que, como suele suceder, se convirtió en una entretenida charla sobre activismo LGTB, me sorprendió una de las mayores fiestas para público gay que he podido observar.

Yo, que soy un hombre que ya peina algunas canas y he estado siempre más cerca de los libros que del jolgorio, me encontré súbitamente rodeado de un tumulto de bacantes con camiseta de tirantes; y así, entre travestis, lederonas y jovencísimos extranjeros tuve la necesidad de preguntarme si era aquel mi sitio, si tengo yo algo en común con toda esta gente que practica de este modo su disidencia de las normas de la sexualidad y el género.

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La procesión del Santo Orgullo

Cualquier procesión de Semana Santa y nuestro Orgullo LGTB tienen más puntos en común de los que a primera vista parecen perceptibles, a pesar de que se acostumbre a presentarlos como si fueran antónimos.

Cualquier procesión de Semana Santa y nuestro Orgullo LGTB tienen más puntos en común de los que a primera vista parecen perceptibles, a pesar de que se acostumbre a presentarlos como si fueran antónimos.

Porque aunque se pretende hacer pasar una y otra celebración como opuestos absolutos, y se difunde así una sensación de radicalidad en ambos postulados que beneficia al discurso de odio y perjudica al reivindicativo en pos de una aceptable medianía no excesivamente empoderada, los elementos parateatrales de ambas celebraciones, con sus respectivos momentos de mayor importancia, los característicos atuendos que las visten, la interminable lista de parafernalias que las adornan y ensalzan la fe o la reivindicación, la ordenación ritual de sus participantes, e incluso un recorrido que se recuerda como históricamente inmutable pero que se ha ido adecuando a nuevas necesidades resultan al cabo bastante similares. No obstante, hay algunas diferenciaciones sobre las que no quiero dejar pasar la oportunidad de reflexionar.

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No se nace gay: se llega a serlo

La semana del 8 de marzo debería servirnos a quienes no somos los sujetos fundamentales del Feminismo para intentar averiguar, en tanto que apoyamos la lucha de las mujeres desde una segunda fila, cómo el Feminismo puede cambiarnos la vida también a nosotros.

Antes de ser gais, o lesbianas, o bisexuales, o transexuales, o lo que queramos afirmar que somos, no éramos nada. Así lo afirma Paco Vidarte en su Ética marica, y tiene toda la razón: antes de que se nos pudieran aplicar las categorías diferenciadoras de la orientación sexual o la identidad de género nadabamos indiferenciados en el vasto océano de la sexualidad libre. Pero entonces, mientras aprendíamos a ejercer el género y el deseo hegemónico, una interpelación con forma de injuria nos marcaba a fuego para siempre. Maricones o marimachos, nunca volveríamos a ser iguales.

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Nuestro problema es la diferencia

Recientemente, como consecuencia de una proposición no de ley que el partido Ciudadanos ha presentado en la Asamblea de Madrid, ha vuelto a la primera fila del debate activista en defensa de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales una cuestión interesante. Entre las poco ambiciosas reclamaciones de dicha iniciativa política se recogía la pretensión del partido naranja de «convertir nuestra región en una Comunidad abierta, amigable y tolerante con las personas LGTBI bajo la denominación ‘Comunidad de Madrid LGTBI friendly’»; texto que el Grupo Socialista quiso enmendar, sin éxito, corrigiendo ese tolerante por un actualizado respetuosa. ¿Qué debemos hacer? ¿Reclamamos respeto o tolerancia hacia las orientaciones sexuales e identidades de género no normativas? Sigue leyendo

Necesitamos un romanticismo gay

Parece que en nuestra identidad de varones atraídos sexualmente por otros varones no queda espacio para una afectividad saludable

No hace apenas dos semanas me sorprendió que un grupo musical queer español de los primeros años ’90 hubiera versionado el famoso bolero Ansiedad, en cuya letra se expresa libremente el deseo de encontrarse una persona en los brazos de otra «musitando palabras de amor». Me resultaba extraño que en ese contexto tan radical, tan alternativo, fuera posible hablar de amor, cuando hoy en la práctica totalidad del movimiento LGTB resulta una constante la condena del llamado amor romántico.

Parece que en nuestra identidad de varones atraídos sexualmente por otros varones no queda espacio para una afectividad saludable. Resulta algo lógico, si consideramos que al menos a lo largo de las últimas cuatro décadas esta identidad gay nuestra ha sido construida -y reconstruida- de manera fundamental en torno a la práctica de nuestra sexualidad, no a la estructura de nuestros afectos; y que a falta del desarrollo suficiente de un discurso autónomo sobre nuestras vinculaciones amorosas hayamos acabado adoptando como propio el que es desde hace siglos el modo correcto en que hombre y mujer deben amarse.

 

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Holocausto. Memoria y reparación.

¿Para cuándo un gran mea culpa que reconozca los errores propios y no trate de ubicar en el otro malvado toda responsabilidad por la homofobia, transfobia y bifobia?

El pasado viernes se conmemoraba el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Un 27 de enero, como aquel de 1945 en que fue liberado el campo de concentración de Auschwitz. Setenta y dos años después los actos de homenaje se han sucedido en todas las ciudades del planeta.

Llevamos a cabo un ejercicio de memoria imprescindible, e intentamos así concienciarnos de todos los horrores que se sucedieron durante el exterminio, con la intención de que, aprendiéndolos, podamos tratar de evitar que vuelvan a producirse. Recordamos al pueblo judío, al pueblo gitano, a otros muchos pueblos perseguidos, asesinados. Recordamos a lesbianas, gais, bisexuales y transexuales internados en campos de concentración.

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